Lo que hay que oír

Los sonidos del silencio

Este mundo desbocado, conocido a través de la ciudad, se va llenando cada vez más de ruidos que más que formar parte de la cotidianidad son interiorizados por las personas como elementos molestos contra lo que poco o nada se puede hacer. Ya desde finales del siglo XIX, con la irrupción de la máquina de vapor y las fábricas se anunciaba que a partir de entonces los ruidos serían de otro tipo, sórdidos y estruendosos, por muy refinados que, sin saberlo entonces, llegarán a ser poco más de un siglo después. Si bien es cierto que desde que el hombre es hombre ha estado acompañado por ruidos que no encuentran referente en la naturaleza, como los que se produjeron por primera vez cuando se prendió fuego de manera intencional o se picaron piedras para chozas o lanzas, sin dejar atrás el arado de madera y demás aperos precarios que hasta entonces se sucedían unos a otros de forma artesanal, paulatina y acorde a la época, hasta relajada.

La irrupción del automóvil daría inicio a una nueva etapa del ruido, es decir, comenzaría de una vez por todas la democratización del ruido. La fábrica, la máquina de vapor y sus ruidos no eran asequibles para las multitudes, en cambio el auto podía y puede penetrar, hacerse presente, en un número casi ilimitado de personas. La incomodidad de estas nuevas formas de ruido, también en sintonía con las anteriores en su propia época, hablará de un tiempo ansioso, histérico, escandaloso hasta el cansancio, a tal punto que comenzará dañando al oído y terminará desestabilizando, desde un sentido médico y más allá, a las personas. ¿Sabía usted las implicaciones físicas de perder el oído? Pero debido también al necesario crecimiento de las ciudades, las maquinarias comenzarán a formar parte del paisaje urbano en ciudades como ésta que están siempre inconclusas. Taladros, barrenas, tráilers y demás maquinaria útil para levantar edificios y puentes, desde su forma, es decir, su apariencia y hasta el aturdidor ruido que generan, son síntomas de una sociedad que requiere de ruidos ensordecedores porque quizá no soportaría el silencio que orillaría sin duda a escuchar las voces internas que mucho tienen que decirnos hoy día.

Sin embargo, en los últimos años hemos pasado de esa democratización a la personalización de ese ruido. Ya la cámara fotográfica nos anunciaba la llegada de tal apropiación. Muchos sufrimos los estragos de clicks y flashasos en algún evento académico o cultural. El que aquí firma ha sido víctima del asedio de esos ruidos cuando además del ruido, el portador busca la mejor toma, por lo que además de esas miles de fotos, el sujeto aquel tiene que moverse como perro recién soltado, por todo el lugar e incluso casi montándose en los expositores y el público asistente. No tengo nada contra los profesionales del flash, yo mismo me tuerzo cuanto sea necesario para capturar justo lo que quiero pero no lo hago en congresos, coloquios, misas o conciertos. Quizá por eso en esos templos ilustrados, las salas de conciertos para música clásica y los teatros, está prohibido tomar fotos. Pero como adelantábamos ya, estamos en otro periodo en el que cada quien puede elegir la manera en que hace ruido, contribuyendo poco a poco a la sordera de los adentros, lo que provocaría que griten cuando menos uno lo espere y quizá de maneras poco agradables. Peor aún es que ese ruido no se haga al exterior sino hacia uno mismo, gracias al iPod y celulares con reproductores mp3 o de radio. En las bibliotecas y las salas de conferencia cada vez son más comunes los dedazos en los teclados de las computadoras, sonidos que cambian de acuerdo sí, a la marca del aparato. La semana pasada una señora se cambió de lugar pues no soportó el ruido de las teclas mientras yo tuiteaba lo que consideraba más relevante de un coloquio.

Yo sé perfectamente que no puedo hacer mucho para hacer frente a tantos ruidos, incluso debo confesar que soy víctima, en ocasiones, de escuchar radio vía celular porque escucho las noticias pero no por mucho tiempo porque siento que tanto tiempo (el noticiario tiene una duración de dos horas) ausente de los ruidos de fuera y sólo escuchando las noticias me provoca un encierro sofocante. Prefiero sí, los ruidos propios de una ciudad como la mía, pese a lo incómodo que pudiera resultar. Hace poco escuché a un director de orquesta decir que los ruidos citadinos eran una suerte de sinfonía accesible para pocos y desde entonces trato de hallarles armonía y vaya que sí la tienen, es, creo, la armonía del caos y la beligerancia , sinfonía para la esquizofrenia. Desde que nació la abstracción en las artes podemos escuchar piezas cada vez menos rítmicas y melódicas en distintos géneros musicales, siendo el jazz experimental prueba absoluta de lo que aquí se dice, entre muchas otras como los géneros de rock y demás. La abstracción en las artes parte de la libre interpretación particular en cuanto a cualquier tipo de obra, donde toda opinión (supuestamente) está validada a priori. Como su nombre lo indica, se trata de abstraerse del mundo material para viajar a mundos que no tienen asidero en este terreno tridimensional y que de alguna manera nos ponen en contacto con esos adentros de otra manera, una intrincada pero que corre el riesgo de alejarse de eso que llamamos realidad disociando los vínculos con los demás. Regularmente esa abstracción cae en un mundo rosita o en realidad no es un medio para arribar a nuestros adentros y sus miedos aunque bien podría serlo. Para ser justos con la abstracción diremos que tal llegada dependerá de qué tan dispuestos estemos para enfrentarnos con nosotros mismos. El ruido armonizado nos puede hacer un llamado de atención a esos adentros si los escuchamos con detenimientos pues ese ruido extremo algo quiere decirnos, bramar. Tal vez debido a que esos ruidos ya están vociferando algo que no queremos escuchar es que el ruido comienza a interiorizarse. Estamos frente a la implosión del ruido.

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