Una defensoría involuntaria y no académica de la música POP

Nadie resiste una faena larga, los obreros y campesinos que trabajan más de 16 horas seguidas diarias o peor aún, los oficinistas (varios) que laboran durante periodos de tiempo similares, a la larga, y no tanto (sin albur), comienzan a presentar trastornos diversos, desde mareos hasta enfermedades físicas y mentales; algunos, los más dramáticos, incluso se desmayan o caen postrados en la cama de los chiqueos y apapachos. Es comprensible, el cuerpo humano no fue diseñado para tales labriegos, no por holganza, sino por defectos de fábrica. Si consideramos que las horas de sueño que requiere el cuerpo para reponer las energías gastadas durante la vigilia son mínimo siete (mismas que considero demasiadas), sólo quedaría una hora para transportarse, comer cinco veces al día (recomendadísimo con una dieta sabrosa y nutritiva), ver la telenovela, noticiario o programa unitario cualquiera que la televisión ofrezca y para llevar a cabo las diversas tareas que el organismo requiere para recordarnos que formamos parte de la naturaleza por muchas que sean nuestras pretensiones wannabes de robot o accesorio de un “smart phone”, entonces alguien debe ceder, entre el trabajo y el sueño, un poco de su tiempo, y si consideramos que en esta sociedad vulgar se privilegia el escándalo de lo perecedero por encima de la discreción trascendental, entonces el sueño y otras actividades de hedonismo digno tendrán que sacrificarse para poder presumir a gusto cuanto colguije o chunche se pueda uno colgar, como si en lugar de personas fuéramos aparadores o percheros.

Situación similar viven los pensadores y artistas, principalmente los de izquierda, que aunque parezca pleonasmo, a veces pareciera que no lo es tanto. Oh sí, recién he descubierto que en la derecha hay pensadores o por lo menos gente que hace su luchita, eso sí, de manera muy digna y respetable. En fin, el chiste es que estas personas dedican básicamente todo su día (estado de vigilia) a pensar y sentir en torno a su práctica o con base en ella, acerca de los fenómenos más epifenoménicos y postivisitamente más insignificantes posibles. Apuntes aquí y allá, caras reflexivas o gestos de un placer delirante en soliloquio e incluso hablando solos, todos estos personajes se pasan el día entero sobre explotando su cerebro aunque muchas veces tal exceso no lleve a algo concreto o siquiera vislumbren aterrizarlo. El asunto es que todos necesitan una tregua, un momento para dejar en ceros al cerebro o al cuerpo, algunos durmiendo pero otros tantos viendo lo que se transmite por TV; de lo que se trata es de mover el cuerpo y las hormonas lo menos posible. Y es precisamente cuando uno comienza a tomarle gusto al pop en todas sus manifestaciones, desde las pretendidas y autonombradas artes, hasta su versión más democrática: la música de esta muy corriente musical. Si consideramos que para disfrutar de este sensible género es preciso entrar en estado de trance muy al estilo de las drogadicción sintética combinada con la personalidad de algún personaje de la caricatura japonesa más actual y con una pizca de riqueza intelectual de supermercado, tipo libro de autoayuda o sexología, best seller gringo o novela histórica mexicana taquillera para los más profundos, entonces estaremos disfrutando de las mieles del pop, un recurso a veces necesario e incluso satisfactorio como esos tres tacos extras de suadero, un san lunes, un litro de helado de su sabor favorito o un grito de gol. Hasta en las guerras más cruentas es necesaria una tregua, un descansito, una fiesta barata; en fin, una ocasión para mandar todo a la Chingona (en palabras de Margo Glantz).

Y es precisamente cuando como caído del cielo, como epifanía o jinete del Apocalipsis, llega a nosotros gracias a su aplastante masificación, toda la artillería del género musical llamado pop para coadyuvarnos en ese desmayo simbólico del pensamiento. Ejercicio riquísimo y por demás satisfactorio. Sin ánimos de ofender a quienes se suscriben al gusto por este género musical, sino más bien reconociéndoles mediante este homenaje su agrado y aplaudiendo la existencia del mismo, lo que aquí se busca es no pedirle peras al olmo ni tres pies a la Gaga; si bien es cierto que el pop existe por ser un dispositivo de poder, también debemos reconocer que hay algo del goce en él, un goce accesible muy agradable cuando le hallas el chiste. El verdadero crítico teoriza, no sataniza. Claro que sin un cultivo del ser se corre el riesgo de convertirse en fan obsesivo de algún cantante o grupo pero esta situación no es relativa sólo a este género en particular; la única diferencia entre lo llamado alternativo y el pop es el número de suscriptores. Todos saben que algo deja de ser “alternativamente” atractivo cuando comienza a democratizarse y no es para menos, la “gente pop” se rige por cánones sencillos. Y créeme, corear una canción de estas e incluso bailarla no provocará una diáspora cognitiva de tu cerebro, te lo garantizo, claro, siempre y cuando tus fundamentos teóricos se encuentre tan bien cimentados que una triste sacudida popera no los derribe; quizá por ahí va lo del miedo o fobia al pop, porque puede ser que ponga en tela de juicio la solidez de tus conocimientos tal y como sucede con el machismo y la homofobia. Todos sabemos que ese temor-odio se debe a que expone la fragilidad de una supuesta heterosexualidad defendida a ultranza que no resiste nada, ni siquiera el acto natural de que un hombre al que le gustan los hombres te volteé a ver porque le gustaste. La homofobia es el miedo al gusto y el odio a saber que lo que se ha creído que se es ha sido un engaño de toda la vida. Así que aquí sólo hay de dos sopas, escuchar música pop o jotear… cuál prefiere.

P.D.: No le pidas al pop lo que deberías hacer tú.

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San lunes, la libertad de Christian Chávez

Hermoso, simplemente maravilloso. El nuevo video de Christian Chávez, que nos da un respiro a todos los homosexuales del mundo, llega en el momento preciso, justo cuando este sector de la población requería una figura de liderazgo, compromiso y entrega con la noble causa de defender a un grupo vapuleado por milenios y cuyo golpe más reciente a su integridad corrió a cargo del gobierno del Distrito Federal cuando decidió cerrar a las 22:00horas los tres últimos vagones de todos los trenes del Metro para que esos sodomitas del mal no hicieran lo que todos hacen (homosexuales o no) en cualquier espacio público, a cualquier hora del día. Sería muy tonto creer que la carga erótica que pudiera tener para algún enfermo la oficina de Marcelo no lo llevara a tener la idea de cometer en el escritorio algún acto rijoso. Cada quien…

El chiste es que justo cuando un grupo de activistas logró la legalización del matrimonio entre parejas homosexuales y su posibilidad de adoptar hijos, llega Christian Chávez gritando a los cuatro vientos que ya no hay nada que confesar y que está cansad@ de pedir perdón. ¡Bárbaro, lapidario! El señor me recordó a las mejores frases, las más dramáticas de doña Yolanda Vargas Dulché y sus novelas que desbordantes de sensibilidad lacrimosa fueron galardonadas por la televisión mexicana a la que le dio muchas de sus mejores telenovelas. El caso particular es de llamar la atención porque como ya bien saben los teóricos más rigurosos, el matrimonio representa una especie de contención e incluso una atadura muy disimulada cuyos efectos pueden ser benéficos para los contrayentes en cuestión de certidumbre, por lo menos legal, y si es posible también de un anhelo de fidelidad. En fin, resulta que al matrimonio se le opone ahora el anhelo de un cantante que reclama su libertad sin restricciones como lo único que quiere, con la venia de las luchadoras incansables Anahí y Amandititita. La libertad del individuo por encima del sometimiento a una relación “estable de matrimonio”. Esta lectura no es evidente, sino que está implícita y se obtiene de hacer un análisis discursivo de la obra que el video nos ofrece.

El video nos muestra a un sujeto que entra a un bar y de inmediato es seducido por las mieles de esa peculiar libertad festiva pero que gracias a las tonalidades ocres y obscuras propias del lugar y enfatizadas por las prendas que a veces hacen juego con estos significantes subterráneos propios de bares clandestinos y en ocasiones de una luminosidad sofisticada, llenos de brillantes, joyas, pieles y demás elementos que además de glamour se mezclan con un el erotismo significante de la ropa rasgada, vestidos de cuero con accesorios de picos y demás. Los juegos de luces, naturales de un antro, al ser intrépidos, incesantes y rápidos, envuelven en una atmósfera vertiginosa, en la que el sujeto en cuestión es transportado por lógica a un microcosmos eufórico en el que se da rienda suelta a lo prohibido por las autoridades clericales más conocidas del orbe. ¿Pero es libertad hacer lo opuesto a lo que dictan las leyes de alguna religión o sólo se trata de una liberación superficial con respecto a éstas para entrar a otro tipo de yugo: la obligatoriedad de un goce que al ser imperativo deja de ser tal?

“Libertad, yo vivo en libertad, no me voy a frenar, yo busco libertad” es el mantra que repite el cantante para hacer hincapié en su denuncia; la frase es una demanda, una consigna que el autor lanza para tomar una posición ante unas imágenes que a lo largo del video hacen alusión a la represión brutal que vive este sector aquí y en otras partes del mundo, como en Irán. La conjunción de estos dos discursos nos brinda los dos extremos más evidentes de un hecho. Por un lado la barbarie en su máxima expresión y por otro, la utilización de la palabra libertad no como un acto de escapatoria, sino como una diáspora homosexual, huir de la crueldad; en realidad no estamos frente a un acto libertario, sino ante una evasión del hecho. El homosexual emprende un éxodo hacia un territorio, el que sea, que lo saque de su opresión. No se trata de liberarse, sino de huir, buscar un refugio. Propio de nuestros tiempos, se trata de refugiarse en la indiferencia. Gilles Lipovetsky en una de sus obras menciona que cuando todo afuera se derrumba el sujeto ya sólo puede salvarse como individuo. Libertad es entonces una excusa para eludir el problema. El video nos muestra la evocación al acto de inhalar cocaína, usando un polvo brillante que un hombre esparce soplando, sobre el rostro del protagonista provocando en éste una reacción semejante a la del estado de drogadicción. Al tiempo que esto sucede, el cantante entona la frase “… que tengo mil razones para tocar el cielo y gritar libertad…” Tocar el cielo o frases semejantes son muy recurridas dentro del grupo de personas que acuden a las drogas para tener experiencias “extrasensoriales”.

Al final el ambiente es festivo en un ambiente sombrío, que resulta ser el espacio propicio para esa libertad con sabor a renuncia; estamos ante un escenario de la que algunos llaman postmodernidad. Se trata pues de equiparar el abandono y la indiferencia con la libertad. La libertad se vuelve deserción. Desgano e indolencia, tibieza y desinterés. La libertad que ofrece Christian Chávez, al ser una escapatoria, se convierte en un refugio, quizá otro tipo de encierro, un búnker indoloro que desdeña toda impiedad en su contra no haciendo algo para remediarla, sino basándose en el principio de que ante la imposibilidad de forjar un porvenir el sujeto se fuga de la sociedad para salvarse él solo.

Al final el video cae en tierra fértil. Hace mención de un ideal básico: la necesidad de un grupo por librarse de su situación histórica. Se apuesta por la fácil accesibilidad de una acción política: el éxtasis corporal. Se venera a aquellas sustancias que desatan reacciones de extremo placer en el cuerpo. Se vela por la explosión química del cerebro. Se trata de salir corriendo del problema y embarcarse en el navío del arrebato y la euforia como sustitutos de la felicidad.

Y dicho sea de paso, ya vi al señor Chávez como el Hidalgo de Zona Rosa, la Eva Perón de la glorieta de Insurgente o el Che Guevara de los Cabaretitos. Este tipo de activismo siempre es reconfortante para el pensamiento porque da la oportunidad de disfrutar las causas en un ambiente lúdico y por demás ameno. Semejante a una conocida cantante del mismo género, Christian Chávez va con todo con este video para posicionarse como el Lady Gaga de este lado del Río Bravo.

“Li-li-li-liber-ta-ta-ta-ta-tad”