Genealogía del verbo metrear

El Metro.

Transporte público de una ciudad convulsa, espacio donde se intercambian miradas, roces y aromas cinco millones de personas diariamente. El Metro del Distrito Federal ha sido desde siempre el espacio público por excelencia, dentro de nuestra capital. Quizá equiparable sólo con el zócalo de la ciudad, el Metro es testigo incómodo de los avatares de un espacio donde lo público en su carácter de anónimo posibilita un sinfín de acciones para sus habitantes. La ciudad, apuntan los sociólogos, es el espacio de la libertad, y agregaría que de la libertad fría, la libertad silenciosa.

Más a fondo, los espacios públicos.

~La calle y la marcha.

En la ciudad la interacción debe darse forzosamente en el espacio público para poder ser reconocida por la población. Los ritmos de vida que aquí se llevan hacen prácticamente imposible una convivencia a fondo, más seria y detallada acerca incluso de los grandes amigos. Los tiempos, su medición, son imprescindibles. De nada sirve un grupo de manifestantes encerrados en una especie de manifestódromo para luchar por sus demandas. La ciudad tiene que enterarse de lo que sucede, de lo contrario, nada existe. Lo privado se vuelve público debido a los altos niveles de despersonalización. “Ey, aquí estoy, dentro de todos los millones que somos, aquí estoy” es la consigna de los movimientos que se manifiestan en las calles. LA CALLE NO ES PUES, UN LUGAR DE TRÁNSITO, SINO DE EXPRESIÓN. LA CALLE ES EL VERDADERO FORO DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

~El Metro, lo público y lo privado.

Si la calle no es sólo un lugar de tránsito, entonces el Metro tampoco es sólo un medio de transporte. Éste funge también como espacio para las artes, el comercio formal e informal, la alimentación y para algunas autoridades, es también la mina de oro que tiene a este transporte en el estado deplorable en el que se encuentra. El Metro es el espacio de la corrupción mucho antes que ser el lugar idóneo para el encuentro entre similares.

¿Por qué el Metro?

Todos sabemos que mucho ante de que existiera la aún hoy reducida gama de bares para no ser molestados por gente homofóbica, el encuentro se llevaba a cabo en sitios para hombres como vapores y sanitarios, entre otros. En muchos casos, a falta de internet, se corría la voz y la gente iba conociendo nuevos lugares propicios para llevar a cabo tales acciones. Así nació la leyenda del Metro, en una ciudad que no atiborraba los vagones. El último siempre fue el menos accesible debido a la holganza citadina que propiciaba una movilidad muy corta más allá de los vagones centrales. El espacio pronto fue acogido por cientos de parejas homosexuales que viajaban más seguras en aquel vagón, lejos de las calumnias, ofensas y posibles abusos por parte de gente conservadora y también por varios solteros posiblemente amanerados que hallaban en ese vagón un lugar de refugio y descanso al acoso. Pero seamos honestos, el espacio sirvió también para el intercambio de miradas, roces y cuerpos. Y no hay nada de qué escandalizarse, así lo han hecho también parejas heterosexuales cuando tienen la oportunidad, en cualquier lugar en que ésta se les presente. Es una característica humana transgredir el espacio, romper con su linealidad objetiva. Y es este parámetro, el de lo objetivo, el que habla para oponerse a esta actividad que como hemos visto, no sólo es de índole sexual, sino que esconde también ciertas reservas respecto a los posibles tratos que hay por parte de gente homofíbica, fuera del llamado jotivagón. Estar en grupo suele ser más seguro que ir solo.

¿Por qué lo hacen?

Una de las tesis más importantes al respecto es que el homosexual al cobrar consciencia acerca del papel que tiene en las relaciones sociales, en tanto disidente del canon conductual, se libera de las que considera ataduras o de manera más sencilla, se apropia del estigma y lo transfigura de tal modo que actúa con base a las características de las que se le inviste, en este caso, al no participar del matrimonio lleva a cabo conductas opuestas a éste.

Otra de las teorías menciona que muchos homosexuales encuentran una salida a la pesadumbre que les causa la insatisfacción de lo cotidiano en el sexo. Tal tesis apela a la actividad sexual impulsiva como escapatoria de una realidad no placentera. Sin embargo, hay quienes mencionan que pese a que esta tesis sea altamente sostenible, no se reconoce porque es parte de la actividad no consciente del sujeto y por tanto no se reconoce y es de difícil estudio.

Una más menciona que tales conductas son posibles dentro de un marco social que propicie el liberalismo sexual, es decir, una sociedad hedonista que apele por la frivolidad del goce antes que cualquier otro rasgo o característica. Liberal al sujeto de todo formalismo, incluyendo el de la pareja monógama. Esta tesis se esgrime siguiendo los lineamientos de la sociedad de consumo.

La última se sostiene bajo el fundamento político de saber que lo que se hace es un ataque a cualquier orden establecido, más aún si se hace en espacios públicos. La clandestinidad será una respuesta a la normalización. Actuar bajo las sobras, a escondidas de un poder que vigila sin cesar es burlarse de él y gozarlo.

Sea cual sea el posible origen de este acto, lo cierto es que forma parte de las actividades que se realizan en toda urbe del tamaño de la Ciudad de México y que impone a sus habitantes condiciones tales que propicien actividades de éste y otros tipos. El sexo clandestino en lugares públicos se suma a la resignificación de los espacios como las marchas en las calles, los cafés en las banquetas y ahora las poco usuales e irruptivas bicicletas que transitan en aceras inundadas de gente y avenidas infestadas de autos. En la ciudad no se dispone mucho tiempo para planear las cosas y hay que hacerlas cuando se presenta la oportunidad. En la ciudad, el Metro es un refugio para el sujeto socavado.