Letra grande

Uno de los problemas más fuertes a los que se enfrentan los escritores, subrayo escritores, es que muy comunmente se suele decir de sus obras que son muy extensas o que son muy cortas. Muchos de los textos más sobresaliente de la historia tienen esa particularidad aunque claro, no es una constante. En realidad no existe ni un número de páginas o medidas de un libro apropiados para decidir si una obra es “buena” o no, incluso este criterio podría resultar absurdo y de hecho lo es, en primera instancia. En una ocasión, cuando acompañé a un amigo a comprar un libro de Paul Auster, la señorita que nos atendió ofreció una serie de ventajas acerca de la obra de este autor, de la que no recuerdo ahora el título. Entre tanta virtud una saltó por encima de las demás y es que la mujer en cuestión tuvo a bien decirnos que la obra de Auster es ágil (en efecto) y que para ella un buen autor es aquel que no rebusca en su pluma aquello que te puede decir de manera sencilla, sin rodeos, porque en tanto más vueltas se le den al asunto, más oportunidad tienen para engañarte… La acuciosa mujer me dejó pensando acerca de las obras aquellas que leí, de editorial Porrúa, cuya colección  “Sepan cuántos” tiene la característica de estar editada con una tipografía casi TImes New Roman 8 y por si fuera poco, a doble columna, ¿por qué? no sabemos. Similar pero sin esa curiosa doble columna, la sobras de otros tantos novelistas además de extensa, está editada con una tipografía de tamaño pequeño, muy pequeño. Esto no quiere decir absolutamente nada a la hora de saber si algún texto será atractivo o no pero por favor, es un criterio que no debe tomarse tan a la ligera, es decir, ¿conoce usted alguna obra de algún autor comercial que se equipare a las de Tolstoi, Dostoievsky, Cervantes, Saramago, entre otros? Sí, es verdad, hay libros grandes con letras chiquitas como las de los autores de las novelas estadounidenses, que uno puede reconocer como faltas de contenido en tanto que su discurso simplista, en términos de temática y abordaje, hacen que uno conozca la trama completa desde las primeras páginas. Pocos como Auster en la literatura gringa que logran pese a la cortedad de su idioma, crear obras de trascendencia temporal, la verdad. Casi todos los autores de aquella nación son encarnaciones del personaje central de esa serie televisiva y luego hecha película llamada Sex and the city (Sexo y la ciudad), Carrie Bradshaw, que sin duda nos hace recordar a la muñeca rubia de colección, también gringa, Barbie. Sí, andamos muy agrindados hoy pero es que cuando uno ve que la tendencia literaria de un país con unas lenguas, lenguaje, idiomas y discursos muy por encima de los gringos, que se encaminan a las formas del vecino país del norte, hay que alarmarnos y contrarrestar esos efectos nocivos.

Uno de los casos más sonados en nuestros días son los libros de la grinda Meyer, esos que hablan de vampiros y otros temas similares que según los conocedores están asesinando al género. Vaya usté a saber pero lo cierto es que llevando al cadalso a esas obras, además de lo discusiones que se dan en torno a que si sus obras inducen prácticas que devuelven a la mujer a su papel de sumisión esclavizante y demás, queremos contribuir con un análisis de los simbolismos. Por lo general los libros de esas obras son grandes, anchos, como los libros que en el imaginario colectivo se refieren a las caricaturizaciones arquetípicas de la gente estudiosa: Ciro Pera Loca (Disney) Pitufo filósofo que quiera usted o no, son referentes muy difundidos de alguien estudioso, además de que ciertamente la gente dedicada al estudio lee mucho, libros grandes, medianos y pequeños. Los libros que guardan y resguardan las obras de Meyer son enormes, como la Biblia, Don Quijote, por decir sólo algunos. Quien lee esas obras puede estar pensando que por el tamaño del libro, en una sociedad donde el tamaño importa, se lee una obra más que emblemática para la literatura mundial, una en la que están depositados grandes conocimientos, discursos finos o quizá una obra que coloca al lector en el sitio de la gente culta. Pero ay qué pena, qué pena para Meyer. Los libros cuentan con una tipografía enorme, párrafos de risa, que si uno pudiera homologar todas las obras a una sola tipografía y tamaño de la misma, las obras de Meyer se quedarían tan sólo en la introducción de cualquier otro texto, si no es que en el índice, ¡ja! Claro, quien las lee puede decir que ahí está la neta, la filosofía de las filosofías porque de manera inconsciente, los simbolismos del tamaño y a lo que remite le dan un aura a esa obra, tan sólo por el libro.

¿Pero existen parámetros para conocer y distinguir una obra “buena” de una obra “mala”? En un mundo donde se supone que todo mundo tiene derecho a decir lo que sea de cualquier tema, siendo además una opinión validada desde el primer momento, se supone que esas fronteras de lo bueno y lo malo se borran y dan paso a una libertad total, emancipación final del ser humano. Sin embargo, ¿quienes leen a Meyer, leerán a Saramago o visceversa? La pregunta es absurda pero la intención denuncia que esa libertad de leer lo que se quiera tiene un costo muy alto. Una de las pretensiones de esta sociedad es que hay que probar de todo, pero parece ser que sólo en drogas y sexo. Claro, yo no tengo nada en contra de eso, mucho menos en lo relativo al sexo pero vayamos un poquito más allá, busquemos placer no sólo en eso. Una conocida me dijo que hay que leer de todo, reclamándome que no había leído las obras de Meyer, a lo que respondí que sí, en efecto, era necesario leer de todo, a Meyer y Dostoievsky, a Coelho y Benedetti. Sólo así podremos conocer qué nos gusta y qué no, pero también podremos distinguir entre una pluma virtuosa y una tramposa. Es cierto lo que dijo la vendedora de libros acerca de la obra de Auster; su discurso sencillo dice mucho, pese a la simpleza de su idioma, que podría decir poco. Dirán que qué hay de Shakespeare, pero bueno, si algún autor contemporáneo puede revolucionar el idioma inglés, entonces me callo. Auster no necesita ser tan intrincado como Shakespeare ni creo que sea su intención. Sin embargo, como ya se dejó ver entre estas líneas, no es lo mismo la sencillez de Auster que la simpleza de Meyer, la vulgar simpleza de Meyer.

Y bueno, por qué tanto alarde se preguntará usted, por qué no dejar que la gente lea lo que quiera y ya. El problema se bifurca. Por un lado está el hecho de que en verdad esa gente crea que lo que lee, escudado en los simbolismos de un libro enorme, sea de calidad. ¿Qué es calidad? Bueno, diremos que esa regresión de la mujer a la esclavitud, implícita en las obras de Meyer, esa ideología escondida en sus líneas, tiene intenciones de perpetuar un orden cuyos alcances han contribuido a vejaciones de todo tipo. Además, no podemos dejar a un lado que esa gente además de guiarse sin saberlo por esa doctrina, tarde o temprano la difundirá, la defenderá y la transmitirá en cuanto espacio le sea posible, peor aún si tiene hijos, quienes serán criados con estos principios.

Lo que queremos decir hasta aquí es que la calidad de un libro no está sólo en sus líneas sino en lo que se desprende de ellas, lo que hay detrás, las condiciones que hacen posible tal escritura. Ya Borges decía que aquellos que dicen que el arte no tiene por qué tomar posturas políticas lo dicen para atacar posturas distintas a las de ellos. El problema es ese de las repercusiones, la contextualización y las consecuencias que tienen las obras. Por sí sola la obra de Meyer no tiene nada de mala, pero no olvidemos que esos libros los leen personas que interactúan con más personas con las que discuten entre todas ellas se van intercambiando conocimientos, puntos de vista que pueden ir permeando las mentes de otros. Cuando una ideología como la que soporta las obras de Meyer se reproduce a través de sus lectores hacia una sociedad que lee cada vez menos a esos otros, estamos frente a un problema grande: la libertad de leer lo que se quiera, en realidad quiere decir que se lea aquello que disfrazado de ligereza, es simple y además no es así como tan libre.

Las líneas que aquí se escriben poco pueden hacer para paliar los efectos de Meyer y no es la intención. Se trata sólo de ofrecer un punto de vista que puede contribuir a la crítica de la pretensión absurda de eso que llaman libertad de expresión, ja.

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