Homosexualidad en Rusia

ImagenLa historia contemporánea de Rusia es sin duda una de las más complejas de aquello que todavía hoy llamamos Occidente, con todos los riesgos, incluso metodológicos, que ello implica.

En tiempos de Lenin, la entonces URSS fue el primer país del mundo en despenalizar la homosexualidad, considerada por aquellos comunistas, como una de las características del ser humano oprimidas por el capitalismo y la Ilustración, su tierra fértil. En aquellos ayeres los homosexuales y las mujeres representaban una vanguardia de transformación radical que significaba entre otras cosas, una liberación de cualquier tipo de jerarquías discriminatorias y una igualdad que no sólo implicaba cuestiones económico laborales. El socialismo de Lenin iba más allá y buscaba una equidad sin precedentes. La mujer representaba un bastión imprescindible en la revolución proletaria, mientras que los homosexuales significaban ese gran paso a la igualdad y el respeto a una diversidad que es motor y materia prima de cualquier cambio, cualquier revolución.

Sin embargo, con la llegada de Stalin al poder las cosas cambiaron de forma también radical. Homosexuales y mujeres vieron perdidos sus avances y se colocaron en un lugar incluso más bajo que el que tenían en la Rusia de los zares. La clase obrera fue orillada a trabajos forzados para enorgullecer a un régimen totalitario que necesitaba hacer frente y demostrar un poderío forzado frente a los avances del capitalismo estadounidense. El pueblo ruso pagó caro la soberbia de Stalin y sus sucesores; aún hoy pagan un alto precio.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la llegada de la Guerra Fría no hizo esperar la batalla de los discursos. Por un lado Estados Unidos amagó con un discurso de libertades individuales de todo tipo, entre las que se encontraban la liberación sexual, la libertad de expresión y el arte contemporáneo como trincheras de un discurso individualista basado en el panóptico de Betham, mediante el cual se reconoció que el ejercicio del poder sobre el sujeto resultaba más efectivo cuando éste era separado de toda colectividad y vigilado en lo individual. Este tipo de control ofrecía individualidades y liberaciones como señuelos para hacerle creer al sujeto que él era dueño de su propia existencia, discurso tras el cual se escondía un nuevo tipo de prisión: el encarcelamiento en uno mismo, pero dentro de un tipo de sociedad estructurada, preestablecida antes de la “decisión” de la individualidad.

A ello el bloque socialista respondió con el endurecimiento de sus leyes y la criminalización de cualquier rasgo de aburguesamiento. La homosexualidad fue considerada desde Stalin una perversión urbano-burguesa, contradicción histórica irreconciliable dado que la homosexualidad no es una fabricación capitalista como la explotación o el sistema de acumulación de capital, ni mucho menos había surgido a partir de entonces. Presente en todo el mundo, en todos los pueblos, tiempos y espacios, la homosexualidad fue reducida a una práctica burguesa por la ignorancia de los conservadores estalinistas, quienes hicieron del socialismo un fascismo rojo. 

Tras la caída del muro de Berlín y la inminente desaparición de la URSS, Rusia se encontró en medio del huracán del neoliberalismo, que arrasó con lo que pudo pero fue incapaz de introducir su discurso de libertades individuales, que con mucho éxito introdujo en todo Occidente. El conservadurismo estalinista se unió entonces con la iglesia ortodoxa para controlar a uno de los países más grandes del mundo y someterlos al absolutismo, ahora completo. La iglesia ortodoxa vio con buenos ojos la represión a la homosexualidad y desde entonces ha sido piedra angular del apoyo que brinda a los gobiernos de aquel país que vive desde entonces en crisis económicas, políticas y sociales de todo tipo. 
En contraste, en los países europeos que formaron parte de la URSS, parecen tener posturas distintas respecto a la homosexualidad y a otro temas. Hoy, por ejemplo en Praga, se puede disfrutar de la vida sofisticada de la que gozan en ciudades  como París, con cafés en las calles, porno en Internet y jóvenes que exigen carros nuevos a sus padres, que nunca supieron lo que era tener un auto propio.

Es así como Stalin ha dejado una profunda herida en un país que se debate entre una población que vive en el pasado y otra que quiere entrar de lleno al progresismo sin tener más referencias que los diarios extranjeros. 

En 1917 la revolución bolchevique tuvo como uno de sus principales objetivos, acabar con los abusos de los zares, que tenían a Rusia sumida en el retraso. Por aquellos años era el único país donde todavía se utilizaba el arado de tierra, mientras que en resto de Europa ya era común el uso de tractores. Hoy parece ser que ciertos sectores del pueblo ruso se percatan que la tiranía se repite, casi 100 años después. Una Rusia que está al margen de la ola de avances sociales y que pareciera ir hacia atrás, como México con el regreso del PRI, pero allá en manos de Putin y ese fantasma que recorre Rusia, el venenoso fantasma del estalinismo.

¿Qué es la homofobia?

 

La definición del diccionario de la RAE nos dice que se trata de la aversión obsesiva hacia las personas homosexuales, lo que quiere decir que hay algo en ella que tiene que ver directamente con algún transtorno psicológico que padece aquel que no puede convivir con personas homosexuales. Este tipo de padecimientos, la obsesión, se presenta como una perturbación anímica producida por una idea fija, que no es sino una reacción, una válvula de escape, de algo que está escondido dentro de la persona y que sale, se desplaza, a través de la homofobia. Se trata de un asalto a la mente, un secuestro a la tranquilidad.

Por otro lado, la homofobia también es considerada una reacción propia de quienes tienen frente a sí mismos un cuadro poco usual para los hombres, que se ven desarmados cuando otro hombre trata de seducirlos. El  miedo radica en que es un par quien se da a la tarea de la seducción, rompiendo toda normatividad acerca del cortejo, que dicta que es el hombre quien debe conquistar a la mujer. El cazador, se vuelve presa. De la mano viene otra concepción, en la que la homofobia es considerada la renuencia de un hombre, seguramente machista, a encontrarse en la situación en que él mismo ha puesto a tantas mujeres cuando les lanza piropos, por ejemplo. Aquí, el homofóbico no soporta la idea de ser él quien se encuentre ahora en circunstancias similares a las que se encuentra una mujer cuando éste trata de seducirla contra su voluntad. Desarmado, el homofóbico se reconoce vulnerable y reacciona, entonces, violento.

Pero también existen mujeres homofóbicas, quienes al momento de esgrimir una acción de homofobia, están reconociendo de facto la inferioridad de un homosexual frente a un varón heterosexual que es superior. Entonces, la mujer homofóbica se discrimina a ella misma, pues los valores que sirven para discriminar a un homosexual, han sido los mismos que se han utilizado para aludir a una presunta inferioridad de la mujer ante el hombre: delicadeza, fragilidad, etc., aunque ni homosexuales ni mujeres posean tales características por el simple hecho de serlo. Una mujer homofóbica se discrimina a ella misma, acepta su propia inferioridad.

Desde muchos ángulos la homofobia es un padecimiento, una desdicha, que sufren aquellos que no pueden aceptar la diferencia, la ambigüedad. Para ellos, la vida debe ser monolítica, unívoca, homogénea. Este tipo de pensamiento lo encontramos también en posturas políticas conservadoras, que no soportan la idea de cambio, transformación. Buscan que las cosas se mantengan como están y frenan cualquier signo de desarrollo o señal que implique algún tipo de variación,  como si la vida y la historia fueran estáticas, inmóviles. Niegan los principios básicos del mundo: alzamiento, rebelión; en fin, movimiento.

La homofobia es también un síntoma. Basta conocer un poco el perfil del homofóbico para saber que no es sólo odio o miedo lo que siente, sin que es el resultado de una serie de principios y valores que están inscritos en la propia cultura de Occidente moderno. La homofobia es sólo la focalización de un problema más complejo y más profundo. La homofobia no es el punto de origen, es tal vez sólo un punto de quiebre, de inflexión. En ese sentido no se trata de cuestionar la homofobia, sino la cultura que la hace posible. Mas sobre la pregunta ¿qué hacer con la homofobia, cómo atacarla? Tal vez sería conveniente, en lugar de tratar de educar a la ignorancia, brindar herramientas de defensa a los agraviados; es decir, dejar a un lado el paternalismo que supone que el discriminado es, en efecto, incapaz de defenderse. Muchas fracciones del activismo gay hoy en día son más discriminatorias al momento de querer esconder, en una especie de apartheid proteccionista para homosexuales, a aquellos que son segregados. Mientras exista un activismo proteccionista, no habrá una verdadera lucha contra la homofobia.

Es una pena que en pleno siglo XXI aún veamos esas manifestaciones de desprecio a la vitalidad del mundo y de la humanidad. Pero quizá pronto recordemos ésta con la burla con que miramos a aquellos que creían que la Tierra era plana y el centro del universo y del sistema solar. Porque la homofobia es miedo a la otredad, a lo diferente. Es suponer que es mejor el desierto estéril, a la selva pletórica de savia.

La música pop y el activismo gay

Judy Garland, sin ser una cantante de música pop, o al menos como hoy lo conocemos, cautivó a tal grado el gusto de los homosexuales en Estados Unidos, que su muerte y la redada en un bar donde se conmemoraba el acto luctuoso, fue motivo suficiente para desatar el movimiento social más difundido en el mundo. La marcha del orgullo gay es el evento que quizá concurra a mayor número de asistentes en todo el mundo y se lleva a cabo el mismo día en distintas ciudades y en países diversos.

Desde sus inicios, el movimiento del orgullo gay, que ahora también cobija a distintas identidades de género y orientaciones sexuales, fue marcado por la música popular, sentimental, cuya letra no sólo tenía una recepción intimista, sino que reflejaba el clamor de esos homosexuales criminalizados por los últimos tres modos de producción en Occidente: feudalismo, socialismo y capitalismo, con todo lo que ello implica para la construcción simbólica del sujeto y que aún hoy causa estragos insospechados incluso por las instituciones dedicadas al bienestar del sujeto.

En este contexto, la música pop ocupó el lugar de la voz del clóset. Música de letras sencillas y ritmos que oscilan entre el dramatismo de la balada y la victoria del ritmo enérgico de muchos de sus exponentes como Madonna, Britney Spears, Lady Gaga y en el pop hispanohablante a cantantes como Thalía, Mónica Naranjo, Paulina Rubio, Ricky Martin, entre otros muchos.

La música pop es un género expiatorio mediante el cual el homosexual expresa aquello que no pude hacer de manera normal, como el resto de la sociedad. El éxito de este género musical entre un número significativo de homosexuales, aunque sin conocer, pues es prácticamente imposible hacerlo, la proporción respecto al total de homosexuales (sic); ese éxito y la intensidad que lo acompaña, son muestra de que hay algo en ese género que da al homosexual una posibilidad, un acceso a la expresión tanto de sus emociones como de sus ideales.

La industria discográfica, no es casualidad, ha sido la más receptiva hacia este nicho de mercado y aunque con finalidades muy distintas a la de ofrecer un espacio de redención o de derecho a la libertad de expresión homosexual, sino como negocio, la fórmula ha servido para beneficiar a ambos involucrados. Sin embargo, podría decirse que la música pop manipula la voluntad del sujeto envolviéndolo en una esfera abstraída de la realidad social y que impide a éste la toma de una postura ante problemas de primer orden y es verdad. Pero no podemos olvidar que la música pop supone de entrada el reconocimiento de un conflicto que rebasa, como habíamos dicho, el plano íntimo. Hay todo un reconocimiento individualista acerca de la situación actual de la sociedad en el momento en que a la par de las canciones de amor, coexisten las canciones de victoria o superación personal a partir de la superación de los conflictos que tratan de obstruir el éxito del sujeto. La música pop, invariablemente, se basa en estos dos principios para construir las letras y los ritmos de sus canciones. Esta fórmula, que se mueve entre la tristeza por un amor perdido, la añoranza de un amor imposible o la euforia del amor que comienza, sumados al simbolismo del orgullo y la exaltación de virtudes propias, así como la idea de romper y superar toda prueba y todo obstáculo, convierten a la música pop en una especie de anclaje gracias al cual se manifiesta la posibilidad soportar la existencia. El hecho de refugiarse en la música pop para expresar lo que en lo cotidiano es imposible, es ya en sí una prueba de reconocimiento de un conflicto que rebasa la individualidad y que está depositado en lo social. Es verdad que siempre se le ha cantado al amor y al desamor pero un hombre heterosexual no lo hace desde la voz de una cantante mujer de música pop.

Es cierto, sin embargo, que la música pop distrae el sujeto del acontecer político nacional e internacional pero eso no significa que se tenga un desconocimiento de la realidad social. La combinación de ambos simbolismos en el pop: sufrimiento y superación, constituyen la trama de la historia de la homosexualidad a través de los siglos.

En la marcha del orgullo gay ocurre un fenómeno peculiar. Mientras que en países de primer mundo se corona una reina cada año, que generalmente es una cantante de música pop, además de que ese día esta figura da un concierto abierto, en la Ciudad de México varios grupos de activistas se oponen a la existencia de esta figura y de la presencia de cantantes de este género bajo el argumento de que esas cantantes sólo viven de los homosexuales admiradores y no hacen un trabajo efectivo a favor de los derechos humanos de esta minoría. Puede que sea cierto, pero la relación entre cantante y admirador es exactamente la misma. La cantante utiliza al admirador para hacer negocio y el admirador utiliza a la cantante para expresarse. En el momento en que alguno de los dos infringe las “leyes del contrato”, éste se da por terminado mediante el olvido. La cantante se retirará y el admirador encontrará otra cantante o grupo al cual admirar. Hasta entonces la tarea se cumple: el homosexual acoge a la cantante de música pop en tanto médium. La crítica, más que hacerse a la música pop, se sugiere, debería hacerse a ese tipo de activismo que no conmueve ni convoca a las masas en torno a una causa digna de su seguimiento. La pregunta es, en fin, hacia dónde puede transitar el activismo para formar homosexuales capaces de comprender el sentido de la causa, y de hecho apostar por ella, dentro de una sociedad basada en la seducción, el hedonismo y la libertad individual.

Gay o no gay. La culturización de la política. La teoría queer al cadalso

El traje nuevo del rey…

Sumado al desprecio por la macha del orgullo, como una expresión anquilosada, que además no refleja la nueva homosexualidad en la sociedad de consumo, e incluso no representa a muchos homosexuales, nos encontramos con que muchos homosexuales consideran que defender la homosexualidad es una causa infructuosa, es decir, que pareciera no tener importancia pues ellos mismos suponen que la lucha de la marcha, por ejemplo, reduce la homosexualidad a su genitalidad. La excesiva carga sexual que envuelve a la marcha del orgullo ha provocado reacciones adversas de hombres y mujeres homosexuales que pugnan por la desestigmatización de la homosexualidad como promiscuidad, que a su parecer, es reflejada de manera grotesca durante esta manifestación.

El rechazo a la marcha es también el rechazo a la concepción de una homosexualidad superficial que pareciera importarle sólo el sexo, las compras, fiestas, drogas y el cuidado personal. Para estos homosexuales, la marcha representa todo aquello que deberíamos rebasar en pos de una inclusión efectiva. Así pues, en realidad no se hace un rechazo a la marcha como tal, sino al concepto y la simbología que acompaña al término. Pero no se trata de un repudio a la homosexualidad, y quizá en última instancia tampoco se trate de un rechazo a lo gay, al gay life style del que ya hemos hablado, sino más bien se busca erradicar esos aspectos negativos a una homosexualidad que busca ser participativa de las sociedades de consumo.

Estos homosexuales lo que buscan es exaltar su orientación sexual y por encima de ella, el gay life style como un elemento implicado en el desarrollo del capitalismo, uno de sus motores. Al respecto se ha escrito ya literatura que menciona, por ejemplo, cómo los homosexuales salvaron a la sociedad estadounidense[1]. Ahora, mediante la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo, cada vez más creciente en países de todo el mundo, se abre la puerta para exigir la participación de los homosexuales en la vida económica del planeta a través de la inclusión de campañas publicitarias, productos, servicios y atención especial a los nichos de mercado LGBT que representan ya en sí, una parte muy importante de las economías mundiales. En México, la derrama económica de este segmento deja ganancias superiores a los 5,000 millones de dólares al año, cifra nada despreciable. Según una publicación que aparece citada  la nota en el diario mexicano El Financiero, los homosexuales son más proclives a superarse en cuanto a su imagen y nivel de vida, acuden a más eventos culturales, comen más en restaurantes, están más al tanto de la moda, marcan tendencias y viajan con mayor frecuencia al extranjero [2]. Los homosexuales son considerados una variante del consumidor del siglo XXI, un impulsor emergente de la economía global. Sin embargo, este fenómeno ha provocado que se construya un tipo ideal de homosexual, un modelo aspiracional, término publicitario, que acapare los esfuerzos del homosexual de a pie para ser alcanzado.

La participación activa de los homosexuales en la industria turística a nivel mundial, empuja a gobiernos locales y nacionales, a generar políticas públicas de inclusión y defensa de derechos de este segmento. La derrama multimillonaria que dejan los homosexuales en los países que visitan, es un atractivo para las economías de muchos países desarrollados y en vías de desarrollo. De acuerdo con la nota, Alfonso Barquín, presidente de la agencia Global Travel Reps, este segmento siempre viaja, a pesar de recesiones, lo que supone ya una tendencia hacia el hedonismo propio de la sociedad de consumo y que es aprovechado por este sujeto antes condenado al silencio. En una nota del diario Excélsior, una reportera entrevista a una mujer homosexual, la cual hace mención de las ventajas del mercado LGBT y remata con una frase que contiene el discurso al que apelan los detractores de la marcha y los defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo y el pink market; dice: “En otros países hay pueblos dedicados a ese negocio,  hay muchos lugares como Canadá donde hay hoteles gay, bodas gay, es todo tan gay… Es gay con clase, no de carnaval”[3]. La contención, la mesura, el desdibujamiento no del presunto carácter festivo del homosexual, sino la adecuación, adaptación y la instrucción simbólica, el adiestramiento hacia la nueva homosexualidad en el capitalismo. No es instruir de manera directa, sino dirigir mediante la seducción.

Sin embargo, es preciso reconocer que el rechazo a la marcha, a la homosexualidad no sujeta a la moral capitalista de los placeres ordenados, es una postura política a favor de la ciudadanía participativa del modelo liberal de las sociedades actuales. No es la búsqueda de La inclusión social, sino la búsqueda de la inclusión a Esta sociedad, con sus normas y propósitos. Estamos ante la anulación del conflicto en pos de la participación colectiva de los homosexuales en la sociedad liberal. Para éstos, no hay más hostilidad por parte de la sociedad dada la pujante inclusión que gozan gracias a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, el ofrecimiento de bienes y servicios especializados, producto del auge del mercado rosa, así como de políticas públicas y tolerancia en sectores bien definidos como barrios gays, la moda, el arte, la publicidad y en menor medida los ambientes universitarios, que contrario a lo que se creería, son espacios donde la homofobia está presente y no en grados mínimos.

Esta etapa del capitalismo busca desvanecer al sujeto para hacer posible su libre elección y la tolerante multiculturalidad. Es el extrañamiento de un mundo de vida particular, es un ser arrancado de sus propias raíces. Se dirá que dejar a un lado la homosexualidad es el ideal de toda lucha homosexual, para así, crear y formar parte de una sociedad más justa, como menciona la teoría queer cuando hace una crítica a lo gay para dar paso a distintas identidades y clasificaciones que nacen y se agotan a partir de la relación genitalista del sujeto; no obstante, el problema es que no se busca erradicar la homosexualidad como si se tratase del Muro de Berlín, sino de anular todos los rasgos que acompañan a ese sujeto que es homosexual; es decir, con raíces no se hace referencia a su homosexualidad, sino a su procedencia, su historia de vida, su condición económica; en una palabra, religión, color: su clase social. No es lo mismo formar parte de los homosexuales derechohabientes del liberalismo cuando se es publicista blanco en Nueva York, Estados Unidos, que cuando se es estilista transexual en un barrio pobre de Lima, Perú. Y podría decirse que no importa qué se pierda o qué se haga a un lado en pos de la sociedad multicultural, ya que ésta es proveedora de derechos: igualdad y libertad, pero olvidamos que en realidad no se trata de una discusión que esté al nivel de la cultura, sino a nivel de la política. Esa supresión, más bien, Esta abolición de Esa homosexualidad tiene como objetivo no manifiesto sumar afiliados al proyecto capitalista de una sociedad global, con las ya sabidas consecuencias que ello implica. Cuando hablamos de abolición de la homosexualidad en pos de una sociedad tolerante e incluyente, en realidad lo que se busca es participar, ¡como ciudadano! De las actuales formas de explotación, racismo y devastación planetaria.

La refutación a este argumento es que aún sin la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y el descubrimiento del llamado mercado rosa, los homosexuales participan, como cualquier otro, en los procesos de dominación y de producción capitalistas. Sin embargo, es preciso recordar que existe una diferencia sustancial entre participar de ello como parte de una formación del sujeto, es decir, porque nació en una sociedad capitalista y es lo único que conoce o aún cuando hubiera nacido en un país socialista y conozca de capitalismo por la televisión estadounidense o los turistas extranjeros, por un lado; y por el otro, asumir un papel de impulsor no sólo de estos procesos, sino de la artillería fetichista y alienante del capitalismo. Y ni siquiera el sujeto reconoce su participación activa como promotor del modo de producción capitalista; él simplemente está a favor de una sociedad más tolerante, incluyente y que brinde mayores oportunidades; el sujeto piensa en una sociedad multicultural. Para Slavoj Žižek, el sujeto libre de elección, en su tolerante y multicultural significado occidental, puede surgir sólo como resultado de un violento proceso de extrañamiento de un mundo de vida particular, de un ser arrancado de las propias raíces[4]. Desde luego, no es que las categorías homosexual y gay sean consideradas aquí como rasgos culturales, sino que debe comprenderse que es desde esta particularidad de un sujeto, de la que se quiere partir para buscar la anulación del conflicto real y esterilizar cualquier posibilidad de reconocimiento de éste mediante la culturalización de la política, que tiene como objetivo legitimar los procesos capitalistas de explotación, tales como las reformas laborales, la minería a cielo abierto, el avance de las manchas urbanas, el desarrollo tecnológico y otras.

Cuando un homosexual se deslinda de ser considerado como gay u homosexual, puede que él suponga que no quiere ser relacionado con los referentes simbólicos que están alrededor de ambos conceptos para hacer evidente que la discriminación no debería recaer en él pues es un hombre o mujer productivos, responsable, sin vicios y otros talentos. Y esa consideración no supone, desde luego, que el sujeto forme parte de algún plan macabro, ¡una conspiración!, para dominar el mundo. Tampoco es considerar esos referentes como una oposición a las mencionadas relaciones de explotación. El juego de este concreto radica en cuáles son los componentes atravesados por los discursos de poder que en algún momento tienen como resultado la consolidación del poder capitalista.


[1] Cathy Crimmins, Cómo los homosexuales salvaron al mundo, México, Diana, 2007.

[2] Diario El Financiero, Nota del día 6 de agosto de 2012. http://www.elfinanciero.com.mx/item/32780/26

[4]Slavoj Žižek, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Buenos Aires, Paidós, 2009, p 176.

Genealogía del verbo metrear

El Metro.

Transporte público de una ciudad convulsa, espacio donde se intercambian miradas, roces y aromas cinco millones de personas diariamente. El Metro del Distrito Federal ha sido desde siempre el espacio público por excelencia, dentro de nuestra capital. Quizá equiparable sólo con el zócalo de la ciudad, el Metro es testigo incómodo de los avatares de un espacio donde lo público en su carácter de anónimo posibilita un sinfín de acciones para sus habitantes. La ciudad, apuntan los sociólogos, es el espacio de la libertad, y agregaría que de la libertad fría, la libertad silenciosa.

Más a fondo, los espacios públicos.

~La calle y la marcha.

En la ciudad la interacción debe darse forzosamente en el espacio público para poder ser reconocida por la población. Los ritmos de vida que aquí se llevan hacen prácticamente imposible una convivencia a fondo, más seria y detallada acerca incluso de los grandes amigos. Los tiempos, su medición, son imprescindibles. De nada sirve un grupo de manifestantes encerrados en una especie de manifestódromo para luchar por sus demandas. La ciudad tiene que enterarse de lo que sucede, de lo contrario, nada existe. Lo privado se vuelve público debido a los altos niveles de despersonalización. “Ey, aquí estoy, dentro de todos los millones que somos, aquí estoy” es la consigna de los movimientos que se manifiestan en las calles. LA CALLE NO ES PUES, UN LUGAR DE TRÁNSITO, SINO DE EXPRESIÓN. LA CALLE ES EL VERDADERO FORO DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

~El Metro, lo público y lo privado.

Si la calle no es sólo un lugar de tránsito, entonces el Metro tampoco es sólo un medio de transporte. Éste funge también como espacio para las artes, el comercio formal e informal, la alimentación y para algunas autoridades, es también la mina de oro que tiene a este transporte en el estado deplorable en el que se encuentra. El Metro es el espacio de la corrupción mucho antes que ser el lugar idóneo para el encuentro entre similares.

¿Por qué el Metro?

Todos sabemos que mucho ante de que existiera la aún hoy reducida gama de bares para no ser molestados por gente homofóbica, el encuentro se llevaba a cabo en sitios para hombres como vapores y sanitarios, entre otros. En muchos casos, a falta de internet, se corría la voz y la gente iba conociendo nuevos lugares propicios para llevar a cabo tales acciones. Así nació la leyenda del Metro, en una ciudad que no atiborraba los vagones. El último siempre fue el menos accesible debido a la holganza citadina que propiciaba una movilidad muy corta más allá de los vagones centrales. El espacio pronto fue acogido por cientos de parejas homosexuales que viajaban más seguras en aquel vagón, lejos de las calumnias, ofensas y posibles abusos por parte de gente conservadora y también por varios solteros posiblemente amanerados que hallaban en ese vagón un lugar de refugio y descanso al acoso. Pero seamos honestos, el espacio sirvió también para el intercambio de miradas, roces y cuerpos. Y no hay nada de qué escandalizarse, así lo han hecho también parejas heterosexuales cuando tienen la oportunidad, en cualquier lugar en que ésta se les presente. Es una característica humana transgredir el espacio, romper con su linealidad objetiva. Y es este parámetro, el de lo objetivo, el que habla para oponerse a esta actividad que como hemos visto, no sólo es de índole sexual, sino que esconde también ciertas reservas respecto a los posibles tratos que hay por parte de gente homofíbica, fuera del llamado jotivagón. Estar en grupo suele ser más seguro que ir solo.

¿Por qué lo hacen?

Una de las tesis más importantes al respecto es que el homosexual al cobrar consciencia acerca del papel que tiene en las relaciones sociales, en tanto disidente del canon conductual, se libera de las que considera ataduras o de manera más sencilla, se apropia del estigma y lo transfigura de tal modo que actúa con base a las características de las que se le inviste, en este caso, al no participar del matrimonio lleva a cabo conductas opuestas a éste.

Otra de las teorías menciona que muchos homosexuales encuentran una salida a la pesadumbre que les causa la insatisfacción de lo cotidiano en el sexo. Tal tesis apela a la actividad sexual impulsiva como escapatoria de una realidad no placentera. Sin embargo, hay quienes mencionan que pese a que esta tesis sea altamente sostenible, no se reconoce porque es parte de la actividad no consciente del sujeto y por tanto no se reconoce y es de difícil estudio.

Una más menciona que tales conductas son posibles dentro de un marco social que propicie el liberalismo sexual, es decir, una sociedad hedonista que apele por la frivolidad del goce antes que cualquier otro rasgo o característica. Liberal al sujeto de todo formalismo, incluyendo el de la pareja monógama. Esta tesis se esgrime siguiendo los lineamientos de la sociedad de consumo.

La última se sostiene bajo el fundamento político de saber que lo que se hace es un ataque a cualquier orden establecido, más aún si se hace en espacios públicos. La clandestinidad será una respuesta a la normalización. Actuar bajo las sobras, a escondidas de un poder que vigila sin cesar es burlarse de él y gozarlo.

Sea cual sea el posible origen de este acto, lo cierto es que forma parte de las actividades que se realizan en toda urbe del tamaño de la Ciudad de México y que impone a sus habitantes condiciones tales que propicien actividades de éste y otros tipos. El sexo clandestino en lugares públicos se suma a la resignificación de los espacios como las marchas en las calles, los cafés en las banquetas y ahora las poco usuales e irruptivas bicicletas que transitan en aceras inundadas de gente y avenidas infestadas de autos. En la ciudad no se dispone mucho tiempo para planear las cosas y hay que hacerlas cuando se presenta la oportunidad. En la ciudad, el Metro es un refugio para el sujeto socavado.

Ella es Ruth

Ella es Ruth

Sus padres la educaron para ser una mujer valiente. Desde pequeña fue instruida en deportes de combate, artes y ciencias. Nunca fue la mejor de su clase porque en realidad ella no tenía que demostrar absolutamente nada a nadie, le decían sus padres constantemente, a veces caminando por las calles de una ciudad para valientes, otras más yendo al Museo Nacional de Arte, su favorito, o incluso ella misma se lo recordaba en silencio mientras corría horas por el bosque de Tlalpan por las tardes, cuando papá y mamá regresaban de trabajar dando clases en la Universidad Nacional. Su infancia fue privilegiada, nadie lo puede negar.

Su piel trigueña, mezcla generosa de raíces purépechas y alemanas, provocaba suspiros aquí y allá, mientras que su cabello desdeñaba, pletórico de rizos, los piropos que a diario se le arrodillaban como el creyente a su deidad. Y es que ella es una mujer de bondades visuales que pocos se atreverían a pasar por alto. Sus ojos grandes y firmes son un arma de la cual ella no tiene la culpa de portar, arma que hace enmudecer al más diestro de los poetas. Sin embargo, ella tiene un defecto: es una mujer valiente. A cualquiera le sorprendería que la valentía fuera un defecto pero en un mundo de cobardes, toda muestra de cariño por una misma es motivo suficiente para ser el platillo perfecto para una vorágine de aves de rapiña. Su valentía es tal que nunca ha manejado un auto y prefiere por sobre todas las cosas, el pésimo transporte público de la ciudad, botín de guerra para traficantes gubernamentales, antes que refugiarse en la cárcel disfrazada de comodidad del automóvil. Ella sabe, como todo mexicano que se precie de serlo, que aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión. Además sabe que sus hijos, y los hijos de sus hijos, le agradecerán el amable gesto de ser una menos que contamine el aire de todos por un capricho-inseguridad individual. Hay quienes dicen que los fumadores deberían fumar en sus casas y no contaminar el aire del otro, ella dice que los escapes deberían desembocar en el interior de los autos. Que quede claro, ella no fuma, pero si de salud se trata, le gusta que las cosas sean serias y no demagogia disfrazada de preocupación. Como mujer valiente busca que las cosas sean en serio y hasta sus últimas consecuencias, por eso es enemiga de las medias tintas y aborrece la tibieza. Su filiación política es la propia de una mujer culta… No vota, pero si votara, no lo haría por el Partido Acción Nacional.

Ella tiene dos hijos, ambos varones. El mayor se llama Nahum y el pequeño lleva por nombre Sebastián. A ellos los educa como sus padres a ella, con una libertad y orientación que los derechos de los niños son para ella, tema de poca monta. Ambos hijos son del mismo padre, un amigo suyo que accedió a donar su semilla. Él se llama Michel, es filósofo y por el momento basta saber eso, con el tiempo también conoceremos un poco más de su vida.

Con sus dos hijos a los lados, ella camina todos los martes, día en que los críos salen temprano de la escuela, a recorrer algún museo, el que sea, el chiste es fomentar la imaginación y la sapiencia de sus hijos, hombres que ella sabe, forjarán el destino del mundo y por ello el celo de su educación y la gustosa responsabilidad con que los procura… Aunque ahora que lo recuerdo, hay una cosa que la atemoriza, la cocina. Nunca aprendió de sus padres las artes culinarias y en realidad no fue algo que le quitara el sueño hasta que conoció a Tania, una biotecnóloga apasionada a quien conoció hace poco más de un mes y quien le ha solicitado una cena en casa con platillos preparados por nuestra mujer valiente. Hasta ahora ha logrado evadir con una sonrisa nerviosa la solicitud pero sabe que pronto tendrá que sucumbir a ella. La verdad es que a la mujer valiente le agrada la mujer apasionada y tendrá que enfrentarse con el sartén y el recetario, con la estufa y el abrelatas para intentar reflejar un te quiero con una cena. A sus hijos también les cae bien Tania y cómo no habría de ser así, si cada que la apasionada visita a la valiente, los más beneficiados son ellos, a quienes les lleva siempre un libro, unos chocolates y dos horas de su tiempo para jugar. Terrible reto para el detergente es combatir las manchas de tierra y lodo que en la ropa quedan cuando una mujer apasionada juega con unos niños valientitos; tal parecer que el juego consiste en ver quién se ensucia más… Hoy nuestra mujer valiente se encuentra a las puertas de su museo favorito, los niños están en la escuela y aprovechó una junta en un restaurante aledaño al recinto para encontrarse con sus padres en el recuerdo y con su infancia en las señoriales escaleras del Museo Nacional de Arte. Toma aire, lo retiene y al cabo de unos segundos lo suelta en un enorme suspiro. Saluda al custodio de la entrada, camina hacia la taquilla, compra su boleto y justo antes de subir el primer escalón, decide que esta noche es la elegida para la cena del te quiero. Con el aplomo digno de una mujer valiente, recorre las salas recibiendo de todas las obras, los más sinceros aplausos.