Ella es Ruth

Ella es Ruth

Sus padres la educaron para ser una mujer valiente. Desde pequeña fue instruida en deportes de combate, artes y ciencias. Nunca fue la mejor de su clase porque en realidad ella no tenía que demostrar absolutamente nada a nadie, le decían sus padres constantemente, a veces caminando por las calles de una ciudad para valientes, otras más yendo al Museo Nacional de Arte, su favorito, o incluso ella misma se lo recordaba en silencio mientras corría horas por el bosque de Tlalpan por las tardes, cuando papá y mamá regresaban de trabajar dando clases en la Universidad Nacional. Su infancia fue privilegiada, nadie lo puede negar.

Su piel trigueña, mezcla generosa de raíces purépechas y alemanas, provocaba suspiros aquí y allá, mientras que su cabello desdeñaba, pletórico de rizos, los piropos que a diario se le arrodillaban como el creyente a su deidad. Y es que ella es una mujer de bondades visuales que pocos se atreverían a pasar por alto. Sus ojos grandes y firmes son un arma de la cual ella no tiene la culpa de portar, arma que hace enmudecer al más diestro de los poetas. Sin embargo, ella tiene un defecto: es una mujer valiente. A cualquiera le sorprendería que la valentía fuera un defecto pero en un mundo de cobardes, toda muestra de cariño por una misma es motivo suficiente para ser el platillo perfecto para una vorágine de aves de rapiña. Su valentía es tal que nunca ha manejado un auto y prefiere por sobre todas las cosas, el pésimo transporte público de la ciudad, botín de guerra para traficantes gubernamentales, antes que refugiarse en la cárcel disfrazada de comodidad del automóvil. Ella sabe, como todo mexicano que se precie de serlo, que aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión. Además sabe que sus hijos, y los hijos de sus hijos, le agradecerán el amable gesto de ser una menos que contamine el aire de todos por un capricho-inseguridad individual. Hay quienes dicen que los fumadores deberían fumar en sus casas y no contaminar el aire del otro, ella dice que los escapes deberían desembocar en el interior de los autos. Que quede claro, ella no fuma, pero si de salud se trata, le gusta que las cosas sean serias y no demagogia disfrazada de preocupación. Como mujer valiente busca que las cosas sean en serio y hasta sus últimas consecuencias, por eso es enemiga de las medias tintas y aborrece la tibieza. Su filiación política es la propia de una mujer culta… No vota, pero si votara, no lo haría por el Partido Acción Nacional.

Ella tiene dos hijos, ambos varones. El mayor se llama Nahum y el pequeño lleva por nombre Sebastián. A ellos los educa como sus padres a ella, con una libertad y orientación que los derechos de los niños son para ella, tema de poca monta. Ambos hijos son del mismo padre, un amigo suyo que accedió a donar su semilla. Él se llama Michel, es filósofo y por el momento basta saber eso, con el tiempo también conoceremos un poco más de su vida.

Con sus dos hijos a los lados, ella camina todos los martes, día en que los críos salen temprano de la escuela, a recorrer algún museo, el que sea, el chiste es fomentar la imaginación y la sapiencia de sus hijos, hombres que ella sabe, forjarán el destino del mundo y por ello el celo de su educación y la gustosa responsabilidad con que los procura… Aunque ahora que lo recuerdo, hay una cosa que la atemoriza, la cocina. Nunca aprendió de sus padres las artes culinarias y en realidad no fue algo que le quitara el sueño hasta que conoció a Tania, una biotecnóloga apasionada a quien conoció hace poco más de un mes y quien le ha solicitado una cena en casa con platillos preparados por nuestra mujer valiente. Hasta ahora ha logrado evadir con una sonrisa nerviosa la solicitud pero sabe que pronto tendrá que sucumbir a ella. La verdad es que a la mujer valiente le agrada la mujer apasionada y tendrá que enfrentarse con el sartén y el recetario, con la estufa y el abrelatas para intentar reflejar un te quiero con una cena. A sus hijos también les cae bien Tania y cómo no habría de ser así, si cada que la apasionada visita a la valiente, los más beneficiados son ellos, a quienes les lleva siempre un libro, unos chocolates y dos horas de su tiempo para jugar. Terrible reto para el detergente es combatir las manchas de tierra y lodo que en la ropa quedan cuando una mujer apasionada juega con unos niños valientitos; tal parecer que el juego consiste en ver quién se ensucia más… Hoy nuestra mujer valiente se encuentra a las puertas de su museo favorito, los niños están en la escuela y aprovechó una junta en un restaurante aledaño al recinto para encontrarse con sus padres en el recuerdo y con su infancia en las señoriales escaleras del Museo Nacional de Arte. Toma aire, lo retiene y al cabo de unos segundos lo suelta en un enorme suspiro. Saluda al custodio de la entrada, camina hacia la taquilla, compra su boleto y justo antes de subir el primer escalón, decide que esta noche es la elegida para la cena del te quiero. Con el aplomo digno de una mujer valiente, recorre las salas recibiendo de todas las obras, los más sinceros aplausos.

 

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