La música pop y el activismo gay

Judy Garland, sin ser una cantante de música pop, o al menos como hoy lo conocemos, cautivó a tal grado el gusto de los homosexuales en Estados Unidos, que su muerte y la redada en un bar donde se conmemoraba el acto luctuoso, fue motivo suficiente para desatar el movimiento social más difundido en el mundo. La marcha del orgullo gay es el evento que quizá concurra a mayor número de asistentes en todo el mundo y se lleva a cabo el mismo día en distintas ciudades y en países diversos.

Desde sus inicios, el movimiento del orgullo gay, que ahora también cobija a distintas identidades de género y orientaciones sexuales, fue marcado por la música popular, sentimental, cuya letra no sólo tenía una recepción intimista, sino que reflejaba el clamor de esos homosexuales criminalizados por los últimos tres modos de producción en Occidente: feudalismo, socialismo y capitalismo, con todo lo que ello implica para la construcción simbólica del sujeto y que aún hoy causa estragos insospechados incluso por las instituciones dedicadas al bienestar del sujeto.

En este contexto, la música pop ocupó el lugar de la voz del clóset. Música de letras sencillas y ritmos que oscilan entre el dramatismo de la balada y la victoria del ritmo enérgico de muchos de sus exponentes como Madonna, Britney Spears, Lady Gaga y en el pop hispanohablante a cantantes como Thalía, Mónica Naranjo, Paulina Rubio, Ricky Martin, entre otros muchos.

La música pop es un género expiatorio mediante el cual el homosexual expresa aquello que no pude hacer de manera normal, como el resto de la sociedad. El éxito de este género musical entre un número significativo de homosexuales, aunque sin conocer, pues es prácticamente imposible hacerlo, la proporción respecto al total de homosexuales (sic); ese éxito y la intensidad que lo acompaña, son muestra de que hay algo en ese género que da al homosexual una posibilidad, un acceso a la expresión tanto de sus emociones como de sus ideales.

La industria discográfica, no es casualidad, ha sido la más receptiva hacia este nicho de mercado y aunque con finalidades muy distintas a la de ofrecer un espacio de redención o de derecho a la libertad de expresión homosexual, sino como negocio, la fórmula ha servido para beneficiar a ambos involucrados. Sin embargo, podría decirse que la música pop manipula la voluntad del sujeto envolviéndolo en una esfera abstraída de la realidad social y que impide a éste la toma de una postura ante problemas de primer orden y es verdad. Pero no podemos olvidar que la música pop supone de entrada el reconocimiento de un conflicto que rebasa, como habíamos dicho, el plano íntimo. Hay todo un reconocimiento individualista acerca de la situación actual de la sociedad en el momento en que a la par de las canciones de amor, coexisten las canciones de victoria o superación personal a partir de la superación de los conflictos que tratan de obstruir el éxito del sujeto. La música pop, invariablemente, se basa en estos dos principios para construir las letras y los ritmos de sus canciones. Esta fórmula, que se mueve entre la tristeza por un amor perdido, la añoranza de un amor imposible o la euforia del amor que comienza, sumados al simbolismo del orgullo y la exaltación de virtudes propias, así como la idea de romper y superar toda prueba y todo obstáculo, convierten a la música pop en una especie de anclaje gracias al cual se manifiesta la posibilidad soportar la existencia. El hecho de refugiarse en la música pop para expresar lo que en lo cotidiano es imposible, es ya en sí una prueba de reconocimiento de un conflicto que rebasa la individualidad y que está depositado en lo social. Es verdad que siempre se le ha cantado al amor y al desamor pero un hombre heterosexual no lo hace desde la voz de una cantante mujer de música pop.

Es cierto, sin embargo, que la música pop distrae el sujeto del acontecer político nacional e internacional pero eso no significa que se tenga un desconocimiento de la realidad social. La combinación de ambos simbolismos en el pop: sufrimiento y superación, constituyen la trama de la historia de la homosexualidad a través de los siglos.

En la marcha del orgullo gay ocurre un fenómeno peculiar. Mientras que en países de primer mundo se corona una reina cada año, que generalmente es una cantante de música pop, además de que ese día esta figura da un concierto abierto, en la Ciudad de México varios grupos de activistas se oponen a la existencia de esta figura y de la presencia de cantantes de este género bajo el argumento de que esas cantantes sólo viven de los homosexuales admiradores y no hacen un trabajo efectivo a favor de los derechos humanos de esta minoría. Puede que sea cierto, pero la relación entre cantante y admirador es exactamente la misma. La cantante utiliza al admirador para hacer negocio y el admirador utiliza a la cantante para expresarse. En el momento en que alguno de los dos infringe las “leyes del contrato”, éste se da por terminado mediante el olvido. La cantante se retirará y el admirador encontrará otra cantante o grupo al cual admirar. Hasta entonces la tarea se cumple: el homosexual acoge a la cantante de música pop en tanto médium. La crítica, más que hacerse a la música pop, se sugiere, debería hacerse a ese tipo de activismo que no conmueve ni convoca a las masas en torno a una causa digna de su seguimiento. La pregunta es, en fin, hacia dónde puede transitar el activismo para formar homosexuales capaces de comprender el sentido de la causa, y de hecho apostar por ella, dentro de una sociedad basada en la seducción, el hedonismo y la libertad individual.

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Una defensoría involuntaria y no académica de la música POP

Nadie resiste una faena larga, los obreros y campesinos que trabajan más de 16 horas seguidas diarias o peor aún, los oficinistas (varios) que laboran durante periodos de tiempo similares, a la larga, y no tanto (sin albur), comienzan a presentar trastornos diversos, desde mareos hasta enfermedades físicas y mentales; algunos, los más dramáticos, incluso se desmayan o caen postrados en la cama de los chiqueos y apapachos. Es comprensible, el cuerpo humano no fue diseñado para tales labriegos, no por holganza, sino por defectos de fábrica. Si consideramos que las horas de sueño que requiere el cuerpo para reponer las energías gastadas durante la vigilia son mínimo siete (mismas que considero demasiadas), sólo quedaría una hora para transportarse, comer cinco veces al día (recomendadísimo con una dieta sabrosa y nutritiva), ver la telenovela, noticiario o programa unitario cualquiera que la televisión ofrezca y para llevar a cabo las diversas tareas que el organismo requiere para recordarnos que formamos parte de la naturaleza por muchas que sean nuestras pretensiones wannabes de robot o accesorio de un “smart phone”, entonces alguien debe ceder, entre el trabajo y el sueño, un poco de su tiempo, y si consideramos que en esta sociedad vulgar se privilegia el escándalo de lo perecedero por encima de la discreción trascendental, entonces el sueño y otras actividades de hedonismo digno tendrán que sacrificarse para poder presumir a gusto cuanto colguije o chunche se pueda uno colgar, como si en lugar de personas fuéramos aparadores o percheros.

Situación similar viven los pensadores y artistas, principalmente los de izquierda, que aunque parezca pleonasmo, a veces pareciera que no lo es tanto. Oh sí, recién he descubierto que en la derecha hay pensadores o por lo menos gente que hace su luchita, eso sí, de manera muy digna y respetable. En fin, el chiste es que estas personas dedican básicamente todo su día (estado de vigilia) a pensar y sentir en torno a su práctica o con base en ella, acerca de los fenómenos más epifenoménicos y postivisitamente más insignificantes posibles. Apuntes aquí y allá, caras reflexivas o gestos de un placer delirante en soliloquio e incluso hablando solos, todos estos personajes se pasan el día entero sobre explotando su cerebro aunque muchas veces tal exceso no lleve a algo concreto o siquiera vislumbren aterrizarlo. El asunto es que todos necesitan una tregua, un momento para dejar en ceros al cerebro o al cuerpo, algunos durmiendo pero otros tantos viendo lo que se transmite por TV; de lo que se trata es de mover el cuerpo y las hormonas lo menos posible. Y es precisamente cuando uno comienza a tomarle gusto al pop en todas sus manifestaciones, desde las pretendidas y autonombradas artes, hasta su versión más democrática: la música de esta muy corriente musical. Si consideramos que para disfrutar de este sensible género es preciso entrar en estado de trance muy al estilo de las drogadicción sintética combinada con la personalidad de algún personaje de la caricatura japonesa más actual y con una pizca de riqueza intelectual de supermercado, tipo libro de autoayuda o sexología, best seller gringo o novela histórica mexicana taquillera para los más profundos, entonces estaremos disfrutando de las mieles del pop, un recurso a veces necesario e incluso satisfactorio como esos tres tacos extras de suadero, un san lunes, un litro de helado de su sabor favorito o un grito de gol. Hasta en las guerras más cruentas es necesaria una tregua, un descansito, una fiesta barata; en fin, una ocasión para mandar todo a la Chingona (en palabras de Margo Glantz).

Y es precisamente cuando como caído del cielo, como epifanía o jinete del Apocalipsis, llega a nosotros gracias a su aplastante masificación, toda la artillería del género musical llamado pop para coadyuvarnos en ese desmayo simbólico del pensamiento. Ejercicio riquísimo y por demás satisfactorio. Sin ánimos de ofender a quienes se suscriben al gusto por este género musical, sino más bien reconociéndoles mediante este homenaje su agrado y aplaudiendo la existencia del mismo, lo que aquí se busca es no pedirle peras al olmo ni tres pies a la Gaga; si bien es cierto que el pop existe por ser un dispositivo de poder, también debemos reconocer que hay algo del goce en él, un goce accesible muy agradable cuando le hallas el chiste. El verdadero crítico teoriza, no sataniza. Claro que sin un cultivo del ser se corre el riesgo de convertirse en fan obsesivo de algún cantante o grupo pero esta situación no es relativa sólo a este género en particular; la única diferencia entre lo llamado alternativo y el pop es el número de suscriptores. Todos saben que algo deja de ser “alternativamente” atractivo cuando comienza a democratizarse y no es para menos, la “gente pop” se rige por cánones sencillos. Y créeme, corear una canción de estas e incluso bailarla no provocará una diáspora cognitiva de tu cerebro, te lo garantizo, claro, siempre y cuando tus fundamentos teóricos se encuentre tan bien cimentados que una triste sacudida popera no los derribe; quizá por ahí va lo del miedo o fobia al pop, porque puede ser que ponga en tela de juicio la solidez de tus conocimientos tal y como sucede con el machismo y la homofobia. Todos sabemos que ese temor-odio se debe a que expone la fragilidad de una supuesta heterosexualidad defendida a ultranza que no resiste nada, ni siquiera el acto natural de que un hombre al que le gustan los hombres te volteé a ver porque le gustaste. La homofobia es el miedo al gusto y el odio a saber que lo que se ha creído que se es ha sido un engaño de toda la vida. Así que aquí sólo hay de dos sopas, escuchar música pop o jotear… cuál prefiere.

P.D.: No le pidas al pop lo que deberías hacer tú.