San lunes: el placer acorralado

Desde hace algunos años, tanto en aplicaciones como en redes sociales de encuentro para hombres casi siempre homosexuales, hay una constante en los requerimientos que parecen más de una solicitud de empleo, que de un par que quieren pasar un buen rato. El tamaño del pene se ha convertido en un parámetro para decidir con quién se tiene sexo. Pero, ¿por qué? Bueno, la respuesta es sencilla al principio pero tiene un trasfondo más amplio.

La idea de que el tamaño importa, forma parte en principio de que entre más grande sea el pene, más placer se obtendrá y no se niega que esta suposición tenga algo de cierto. Al tener un tamaño mayor tanto en grosor como en el largo, un pene puede estimular más áreas debido a que provoca una mayor fricción. Pero el asunto no es el placer por el placer mismo, sino la necesidad social de obtener cada vez más placer a cualquier precio. Y es aquí donde la cosa se pone cada vez más dura. Resulta que como es más fácil obtener placer a través del pene, en los espacios mencionados más arriba parece ser requisito indispensable. Así también en las pláticas de amigos pasivos, de comadres, el tamaño del pene del hombre con el que se tuvo una aventura impresionante, resulta tema de conversación, cuando no al menos algo para presumir. Y es que el asunto tiene que ver más con cuestiones psicológicas en este punto. La idea de asociar el tamaño del pene con el éxito en una relación sexual, supone que aquel pasivo que tuvo sexo con un hombre con pene grande, goza no sólo de mayor placer, sino de un estatus superior, en tanto que él fue elegido por el “chiludo” o que éste fue elegido por el power bottom, término utilizado para llamar a los pasivos de alto rendimiento, quienes también deciden, de acuerdo a sus virtudes, quién habrá de penetrarlos. Pero paradójicamente, la cosa no para ahí. Derivado de este principio, resulta una patología: la creencia de que si no se tiene un pene grande o que si no se tiene sexo con alguien con un pene grande, no sólo no se obtendrá placer, sino que se caerá en el ancho mundo del fracaso. Es por ello que la depilación del pene ha tenido mucho éxito en el último año: sin vello púbico, el pene da la apariencia de mayor tamaño. En este momento, y aunque usted no lo crea, penetra sin miramientos otro principio: la lógica capitalista de la acumulación constante. 

Para todos es sabido que uno de los fundamentos del capitalismo es la acumulación de capital, hecho que sostiene la economía y que sirve para desarrollar las fuerzas de producción de forma incesante; así ha ocurrido desde hace algunos cuantos siglos y ya hemos visto algunos ejemplos de lo que se conoce como crisis de sobreproducción capitalista, que consta del exceso en la producción comparada con la escasez en la distribución de la misma. Se produce mucho pero se compra poco. Estas crisis son propias de este sistema en el que es preferible tirar a la basura toneladas de comida al año, antes que detener la producción de hamburguesas, por ejemplo. El hombre más rico del mundo, economía en desarrollo/crecimiento, la bolsa creció tantos puntos, etc; son frases utilizadas para enarbolar un discurso que encumbra al tamaño como un medio para obtener riqueza, éxito, desarrollo, plenitud. Pues bien, esta lógica también se introduce a la hora de elegir una pareja sexual y las consecuencias suelen ser las mismas. La crisis capitalista de la acumulación en el tamaño del pene, resulta en la paranoia colectiva de millones de homosexuales que buscan de forma voraz, encuentros con este tipo de hombres, así como la desvalorización de estos, como objetos de placer, y sólo gracias al tamaño de su pene. Muchos hombres no atractivos de acuerdo a los estándares comerciales de belleza pero con penes grandes, denuncian ser el placer culposo de muchos otros: “todos quieren coger conmigo pero nadie quiere ser mi pareja”. Otros lo toman como es y lo disfrutan, aunque el número de hombres insatisfechos sentimentalmente por el gran tamaño de su pene, también crece, irónicamente. Ya no son 17cm; parece que cada año la tasa de crecimiento sube un centímetro en promedio y al cierre del segundo semestre de 2013 se colocó en los 22cm. Negros, latinos y caucásicos son los más favorecidos con dicha tasa de crecimiento. 

“Nadie es monógamo con un pitochico”, decía un hombre homosexual de Ciudad de México, como para destacar este principio. Los hombres con un pene fuera de las exigencias sociales tienen que hacer gala de otros recursos para competir por carne en este rastro del deseo. Suele decirse que los hombres con pene grande no son buenos en la cama debido a que creen que sólo con sus medidas ya dan placer. Entonces quienes carecen de esos tamaños, usualmente son más dedicados a la hora del cortejo, aunque tampoco esto es una constante ni un deber ser. En redes sociales de contacto, quienes tienen un pene grande se describen menos que quienes no lo tienen. Las imágenes son suficiente presentación en muchos casos.

Se trata de la economía del placer: mayor satisfacción con el menor esfuerzo. Focalizar el placer en el tamaño del pene es más práctico que hacer uso de todo el cuerpo, pues esto implica un esfuerzo mayor, además de la necesidad de ocupar más tiempo; casi se trata de hacer una reflexión, y en una sociedad que no puede detenerse, es más sencillo, cuando se tiene un problema, empastillarse; en términos sexuales, es más útil recudirse al pene. Disfrutar del resto del cuerpo, implica además un mayor nivel de conocimiento tanto del propio cuerpo como del otro. Conocimiento, en una sociedad que apela por el carácter light de las relaciones sociales, implica cierto nivel de compenetración, de compromiso mutuo, por lo que debe desecharse en tanto supone hacer una pausa detener la producción social de placer, aunque éste tenga una duración ínfima a tal punto que es preciso recurrir a sesiones constantes para obtenerlo de nuevo.

Un amigo publicó en Facebook que aquellos que basan su placer en el tamaño de un pene, quizá tengan algún tipo de carencia, tanto emocional como económica o de otro tipo. Y quizá tenga razón en el sentido de que quien tiene un vacío buscará la manera de llenarlo (sin albur). En este sentido, el tamaño del pene podría ser una especie de neurosis colectiva, el desplazamiento de algún deseo. El tamaño de pene en estos términos implica la orientación, el encauzamiento perceptible de algo oculto en el interior. ¿Qué querrá decirnos el tamaño del pene como síntoma? 

Quizá asistimos a una época en la que el tamaño del pene habla de una crisis al interior del sujeto en una sociedad que le plantea muy pocos ámbitos para su propio crecimiento, ensanchamiento, ampliación, penetración, alza o desarrollo. Habría que comenzar a hablar del pene, en términos políticos.

 

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Homosexualidad en Rusia

ImagenLa historia contemporánea de Rusia es sin duda una de las más complejas de aquello que todavía hoy llamamos Occidente, con todos los riesgos, incluso metodológicos, que ello implica.

En tiempos de Lenin, la entonces URSS fue el primer país del mundo en despenalizar la homosexualidad, considerada por aquellos comunistas, como una de las características del ser humano oprimidas por el capitalismo y la Ilustración, su tierra fértil. En aquellos ayeres los homosexuales y las mujeres representaban una vanguardia de transformación radical que significaba entre otras cosas, una liberación de cualquier tipo de jerarquías discriminatorias y una igualdad que no sólo implicaba cuestiones económico laborales. El socialismo de Lenin iba más allá y buscaba una equidad sin precedentes. La mujer representaba un bastión imprescindible en la revolución proletaria, mientras que los homosexuales significaban ese gran paso a la igualdad y el respeto a una diversidad que es motor y materia prima de cualquier cambio, cualquier revolución.

Sin embargo, con la llegada de Stalin al poder las cosas cambiaron de forma también radical. Homosexuales y mujeres vieron perdidos sus avances y se colocaron en un lugar incluso más bajo que el que tenían en la Rusia de los zares. La clase obrera fue orillada a trabajos forzados para enorgullecer a un régimen totalitario que necesitaba hacer frente y demostrar un poderío forzado frente a los avances del capitalismo estadounidense. El pueblo ruso pagó caro la soberbia de Stalin y sus sucesores; aún hoy pagan un alto precio.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la llegada de la Guerra Fría no hizo esperar la batalla de los discursos. Por un lado Estados Unidos amagó con un discurso de libertades individuales de todo tipo, entre las que se encontraban la liberación sexual, la libertad de expresión y el arte contemporáneo como trincheras de un discurso individualista basado en el panóptico de Betham, mediante el cual se reconoció que el ejercicio del poder sobre el sujeto resultaba más efectivo cuando éste era separado de toda colectividad y vigilado en lo individual. Este tipo de control ofrecía individualidades y liberaciones como señuelos para hacerle creer al sujeto que él era dueño de su propia existencia, discurso tras el cual se escondía un nuevo tipo de prisión: el encarcelamiento en uno mismo, pero dentro de un tipo de sociedad estructurada, preestablecida antes de la “decisión” de la individualidad.

A ello el bloque socialista respondió con el endurecimiento de sus leyes y la criminalización de cualquier rasgo de aburguesamiento. La homosexualidad fue considerada desde Stalin una perversión urbano-burguesa, contradicción histórica irreconciliable dado que la homosexualidad no es una fabricación capitalista como la explotación o el sistema de acumulación de capital, ni mucho menos había surgido a partir de entonces. Presente en todo el mundo, en todos los pueblos, tiempos y espacios, la homosexualidad fue reducida a una práctica burguesa por la ignorancia de los conservadores estalinistas, quienes hicieron del socialismo un fascismo rojo. 

Tras la caída del muro de Berlín y la inminente desaparición de la URSS, Rusia se encontró en medio del huracán del neoliberalismo, que arrasó con lo que pudo pero fue incapaz de introducir su discurso de libertades individuales, que con mucho éxito introdujo en todo Occidente. El conservadurismo estalinista se unió entonces con la iglesia ortodoxa para controlar a uno de los países más grandes del mundo y someterlos al absolutismo, ahora completo. La iglesia ortodoxa vio con buenos ojos la represión a la homosexualidad y desde entonces ha sido piedra angular del apoyo que brinda a los gobiernos de aquel país que vive desde entonces en crisis económicas, políticas y sociales de todo tipo. 
En contraste, en los países europeos que formaron parte de la URSS, parecen tener posturas distintas respecto a la homosexualidad y a otro temas. Hoy, por ejemplo en Praga, se puede disfrutar de la vida sofisticada de la que gozan en ciudades  como París, con cafés en las calles, porno en Internet y jóvenes que exigen carros nuevos a sus padres, que nunca supieron lo que era tener un auto propio.

Es así como Stalin ha dejado una profunda herida en un país que se debate entre una población que vive en el pasado y otra que quiere entrar de lleno al progresismo sin tener más referencias que los diarios extranjeros. 

En 1917 la revolución bolchevique tuvo como uno de sus principales objetivos, acabar con los abusos de los zares, que tenían a Rusia sumida en el retraso. Por aquellos años era el único país donde todavía se utilizaba el arado de tierra, mientras que en resto de Europa ya era común el uso de tractores. Hoy parece ser que ciertos sectores del pueblo ruso se percatan que la tiranía se repite, casi 100 años después. Una Rusia que está al margen de la ola de avances sociales y que pareciera ir hacia atrás, como México con el regreso del PRI, pero allá en manos de Putin y ese fantasma que recorre Rusia, el venenoso fantasma del estalinismo.

La música pop y el activismo gay

Judy Garland, sin ser una cantante de música pop, o al menos como hoy lo conocemos, cautivó a tal grado el gusto de los homosexuales en Estados Unidos, que su muerte y la redada en un bar donde se conmemoraba el acto luctuoso, fue motivo suficiente para desatar el movimiento social más difundido en el mundo. La marcha del orgullo gay es el evento que quizá concurra a mayor número de asistentes en todo el mundo y se lleva a cabo el mismo día en distintas ciudades y en países diversos.

Desde sus inicios, el movimiento del orgullo gay, que ahora también cobija a distintas identidades de género y orientaciones sexuales, fue marcado por la música popular, sentimental, cuya letra no sólo tenía una recepción intimista, sino que reflejaba el clamor de esos homosexuales criminalizados por los últimos tres modos de producción en Occidente: feudalismo, socialismo y capitalismo, con todo lo que ello implica para la construcción simbólica del sujeto y que aún hoy causa estragos insospechados incluso por las instituciones dedicadas al bienestar del sujeto.

En este contexto, la música pop ocupó el lugar de la voz del clóset. Música de letras sencillas y ritmos que oscilan entre el dramatismo de la balada y la victoria del ritmo enérgico de muchos de sus exponentes como Madonna, Britney Spears, Lady Gaga y en el pop hispanohablante a cantantes como Thalía, Mónica Naranjo, Paulina Rubio, Ricky Martin, entre otros muchos.

La música pop es un género expiatorio mediante el cual el homosexual expresa aquello que no pude hacer de manera normal, como el resto de la sociedad. El éxito de este género musical entre un número significativo de homosexuales, aunque sin conocer, pues es prácticamente imposible hacerlo, la proporción respecto al total de homosexuales (sic); ese éxito y la intensidad que lo acompaña, son muestra de que hay algo en ese género que da al homosexual una posibilidad, un acceso a la expresión tanto de sus emociones como de sus ideales.

La industria discográfica, no es casualidad, ha sido la más receptiva hacia este nicho de mercado y aunque con finalidades muy distintas a la de ofrecer un espacio de redención o de derecho a la libertad de expresión homosexual, sino como negocio, la fórmula ha servido para beneficiar a ambos involucrados. Sin embargo, podría decirse que la música pop manipula la voluntad del sujeto envolviéndolo en una esfera abstraída de la realidad social y que impide a éste la toma de una postura ante problemas de primer orden y es verdad. Pero no podemos olvidar que la música pop supone de entrada el reconocimiento de un conflicto que rebasa, como habíamos dicho, el plano íntimo. Hay todo un reconocimiento individualista acerca de la situación actual de la sociedad en el momento en que a la par de las canciones de amor, coexisten las canciones de victoria o superación personal a partir de la superación de los conflictos que tratan de obstruir el éxito del sujeto. La música pop, invariablemente, se basa en estos dos principios para construir las letras y los ritmos de sus canciones. Esta fórmula, que se mueve entre la tristeza por un amor perdido, la añoranza de un amor imposible o la euforia del amor que comienza, sumados al simbolismo del orgullo y la exaltación de virtudes propias, así como la idea de romper y superar toda prueba y todo obstáculo, convierten a la música pop en una especie de anclaje gracias al cual se manifiesta la posibilidad soportar la existencia. El hecho de refugiarse en la música pop para expresar lo que en lo cotidiano es imposible, es ya en sí una prueba de reconocimiento de un conflicto que rebasa la individualidad y que está depositado en lo social. Es verdad que siempre se le ha cantado al amor y al desamor pero un hombre heterosexual no lo hace desde la voz de una cantante mujer de música pop.

Es cierto, sin embargo, que la música pop distrae el sujeto del acontecer político nacional e internacional pero eso no significa que se tenga un desconocimiento de la realidad social. La combinación de ambos simbolismos en el pop: sufrimiento y superación, constituyen la trama de la historia de la homosexualidad a través de los siglos.

En la marcha del orgullo gay ocurre un fenómeno peculiar. Mientras que en países de primer mundo se corona una reina cada año, que generalmente es una cantante de música pop, además de que ese día esta figura da un concierto abierto, en la Ciudad de México varios grupos de activistas se oponen a la existencia de esta figura y de la presencia de cantantes de este género bajo el argumento de que esas cantantes sólo viven de los homosexuales admiradores y no hacen un trabajo efectivo a favor de los derechos humanos de esta minoría. Puede que sea cierto, pero la relación entre cantante y admirador es exactamente la misma. La cantante utiliza al admirador para hacer negocio y el admirador utiliza a la cantante para expresarse. En el momento en que alguno de los dos infringe las “leyes del contrato”, éste se da por terminado mediante el olvido. La cantante se retirará y el admirador encontrará otra cantante o grupo al cual admirar. Hasta entonces la tarea se cumple: el homosexual acoge a la cantante de música pop en tanto médium. La crítica, más que hacerse a la música pop, se sugiere, debería hacerse a ese tipo de activismo que no conmueve ni convoca a las masas en torno a una causa digna de su seguimiento. La pregunta es, en fin, hacia dónde puede transitar el activismo para formar homosexuales capaces de comprender el sentido de la causa, y de hecho apostar por ella, dentro de una sociedad basada en la seducción, el hedonismo y la libertad individual.

Gay o no gay. La culturización de la política. La teoría queer al cadalso

El traje nuevo del rey…

Sumado al desprecio por la macha del orgullo, como una expresión anquilosada, que además no refleja la nueva homosexualidad en la sociedad de consumo, e incluso no representa a muchos homosexuales, nos encontramos con que muchos homosexuales consideran que defender la homosexualidad es una causa infructuosa, es decir, que pareciera no tener importancia pues ellos mismos suponen que la lucha de la marcha, por ejemplo, reduce la homosexualidad a su genitalidad. La excesiva carga sexual que envuelve a la marcha del orgullo ha provocado reacciones adversas de hombres y mujeres homosexuales que pugnan por la desestigmatización de la homosexualidad como promiscuidad, que a su parecer, es reflejada de manera grotesca durante esta manifestación.

El rechazo a la marcha es también el rechazo a la concepción de una homosexualidad superficial que pareciera importarle sólo el sexo, las compras, fiestas, drogas y el cuidado personal. Para estos homosexuales, la marcha representa todo aquello que deberíamos rebasar en pos de una inclusión efectiva. Así pues, en realidad no se hace un rechazo a la marcha como tal, sino al concepto y la simbología que acompaña al término. Pero no se trata de un repudio a la homosexualidad, y quizá en última instancia tampoco se trate de un rechazo a lo gay, al gay life style del que ya hemos hablado, sino más bien se busca erradicar esos aspectos negativos a una homosexualidad que busca ser participativa de las sociedades de consumo.

Estos homosexuales lo que buscan es exaltar su orientación sexual y por encima de ella, el gay life style como un elemento implicado en el desarrollo del capitalismo, uno de sus motores. Al respecto se ha escrito ya literatura que menciona, por ejemplo, cómo los homosexuales salvaron a la sociedad estadounidense[1]. Ahora, mediante la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo, cada vez más creciente en países de todo el mundo, se abre la puerta para exigir la participación de los homosexuales en la vida económica del planeta a través de la inclusión de campañas publicitarias, productos, servicios y atención especial a los nichos de mercado LGBT que representan ya en sí, una parte muy importante de las economías mundiales. En México, la derrama económica de este segmento deja ganancias superiores a los 5,000 millones de dólares al año, cifra nada despreciable. Según una publicación que aparece citada  la nota en el diario mexicano El Financiero, los homosexuales son más proclives a superarse en cuanto a su imagen y nivel de vida, acuden a más eventos culturales, comen más en restaurantes, están más al tanto de la moda, marcan tendencias y viajan con mayor frecuencia al extranjero [2]. Los homosexuales son considerados una variante del consumidor del siglo XXI, un impulsor emergente de la economía global. Sin embargo, este fenómeno ha provocado que se construya un tipo ideal de homosexual, un modelo aspiracional, término publicitario, que acapare los esfuerzos del homosexual de a pie para ser alcanzado.

La participación activa de los homosexuales en la industria turística a nivel mundial, empuja a gobiernos locales y nacionales, a generar políticas públicas de inclusión y defensa de derechos de este segmento. La derrama multimillonaria que dejan los homosexuales en los países que visitan, es un atractivo para las economías de muchos países desarrollados y en vías de desarrollo. De acuerdo con la nota, Alfonso Barquín, presidente de la agencia Global Travel Reps, este segmento siempre viaja, a pesar de recesiones, lo que supone ya una tendencia hacia el hedonismo propio de la sociedad de consumo y que es aprovechado por este sujeto antes condenado al silencio. En una nota del diario Excélsior, una reportera entrevista a una mujer homosexual, la cual hace mención de las ventajas del mercado LGBT y remata con una frase que contiene el discurso al que apelan los detractores de la marcha y los defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo y el pink market; dice: “En otros países hay pueblos dedicados a ese negocio,  hay muchos lugares como Canadá donde hay hoteles gay, bodas gay, es todo tan gay… Es gay con clase, no de carnaval”[3]. La contención, la mesura, el desdibujamiento no del presunto carácter festivo del homosexual, sino la adecuación, adaptación y la instrucción simbólica, el adiestramiento hacia la nueva homosexualidad en el capitalismo. No es instruir de manera directa, sino dirigir mediante la seducción.

Sin embargo, es preciso reconocer que el rechazo a la marcha, a la homosexualidad no sujeta a la moral capitalista de los placeres ordenados, es una postura política a favor de la ciudadanía participativa del modelo liberal de las sociedades actuales. No es la búsqueda de La inclusión social, sino la búsqueda de la inclusión a Esta sociedad, con sus normas y propósitos. Estamos ante la anulación del conflicto en pos de la participación colectiva de los homosexuales en la sociedad liberal. Para éstos, no hay más hostilidad por parte de la sociedad dada la pujante inclusión que gozan gracias a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, el ofrecimiento de bienes y servicios especializados, producto del auge del mercado rosa, así como de políticas públicas y tolerancia en sectores bien definidos como barrios gays, la moda, el arte, la publicidad y en menor medida los ambientes universitarios, que contrario a lo que se creería, son espacios donde la homofobia está presente y no en grados mínimos.

Esta etapa del capitalismo busca desvanecer al sujeto para hacer posible su libre elección y la tolerante multiculturalidad. Es el extrañamiento de un mundo de vida particular, es un ser arrancado de sus propias raíces. Se dirá que dejar a un lado la homosexualidad es el ideal de toda lucha homosexual, para así, crear y formar parte de una sociedad más justa, como menciona la teoría queer cuando hace una crítica a lo gay para dar paso a distintas identidades y clasificaciones que nacen y se agotan a partir de la relación genitalista del sujeto; no obstante, el problema es que no se busca erradicar la homosexualidad como si se tratase del Muro de Berlín, sino de anular todos los rasgos que acompañan a ese sujeto que es homosexual; es decir, con raíces no se hace referencia a su homosexualidad, sino a su procedencia, su historia de vida, su condición económica; en una palabra, religión, color: su clase social. No es lo mismo formar parte de los homosexuales derechohabientes del liberalismo cuando se es publicista blanco en Nueva York, Estados Unidos, que cuando se es estilista transexual en un barrio pobre de Lima, Perú. Y podría decirse que no importa qué se pierda o qué se haga a un lado en pos de la sociedad multicultural, ya que ésta es proveedora de derechos: igualdad y libertad, pero olvidamos que en realidad no se trata de una discusión que esté al nivel de la cultura, sino a nivel de la política. Esa supresión, más bien, Esta abolición de Esa homosexualidad tiene como objetivo no manifiesto sumar afiliados al proyecto capitalista de una sociedad global, con las ya sabidas consecuencias que ello implica. Cuando hablamos de abolición de la homosexualidad en pos de una sociedad tolerante e incluyente, en realidad lo que se busca es participar, ¡como ciudadano! De las actuales formas de explotación, racismo y devastación planetaria.

La refutación a este argumento es que aún sin la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y el descubrimiento del llamado mercado rosa, los homosexuales participan, como cualquier otro, en los procesos de dominación y de producción capitalistas. Sin embargo, es preciso recordar que existe una diferencia sustancial entre participar de ello como parte de una formación del sujeto, es decir, porque nació en una sociedad capitalista y es lo único que conoce o aún cuando hubiera nacido en un país socialista y conozca de capitalismo por la televisión estadounidense o los turistas extranjeros, por un lado; y por el otro, asumir un papel de impulsor no sólo de estos procesos, sino de la artillería fetichista y alienante del capitalismo. Y ni siquiera el sujeto reconoce su participación activa como promotor del modo de producción capitalista; él simplemente está a favor de una sociedad más tolerante, incluyente y que brinde mayores oportunidades; el sujeto piensa en una sociedad multicultural. Para Slavoj Žižek, el sujeto libre de elección, en su tolerante y multicultural significado occidental, puede surgir sólo como resultado de un violento proceso de extrañamiento de un mundo de vida particular, de un ser arrancado de las propias raíces[4]. Desde luego, no es que las categorías homosexual y gay sean consideradas aquí como rasgos culturales, sino que debe comprenderse que es desde esta particularidad de un sujeto, de la que se quiere partir para buscar la anulación del conflicto real y esterilizar cualquier posibilidad de reconocimiento de éste mediante la culturalización de la política, que tiene como objetivo legitimar los procesos capitalistas de explotación, tales como las reformas laborales, la minería a cielo abierto, el avance de las manchas urbanas, el desarrollo tecnológico y otras.

Cuando un homosexual se deslinda de ser considerado como gay u homosexual, puede que él suponga que no quiere ser relacionado con los referentes simbólicos que están alrededor de ambos conceptos para hacer evidente que la discriminación no debería recaer en él pues es un hombre o mujer productivos, responsable, sin vicios y otros talentos. Y esa consideración no supone, desde luego, que el sujeto forme parte de algún plan macabro, ¡una conspiración!, para dominar el mundo. Tampoco es considerar esos referentes como una oposición a las mencionadas relaciones de explotación. El juego de este concreto radica en cuáles son los componentes atravesados por los discursos de poder que en algún momento tienen como resultado la consolidación del poder capitalista.


[1] Cathy Crimmins, Cómo los homosexuales salvaron al mundo, México, Diana, 2007.

[2] Diario El Financiero, Nota del día 6 de agosto de 2012. http://www.elfinanciero.com.mx/item/32780/26

[4]Slavoj Žižek, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Buenos Aires, Paidós, 2009, p 176.

Ella es Ruth

Ella es Ruth

Sus padres la educaron para ser una mujer valiente. Desde pequeña fue instruida en deportes de combate, artes y ciencias. Nunca fue la mejor de su clase porque en realidad ella no tenía que demostrar absolutamente nada a nadie, le decían sus padres constantemente, a veces caminando por las calles de una ciudad para valientes, otras más yendo al Museo Nacional de Arte, su favorito, o incluso ella misma se lo recordaba en silencio mientras corría horas por el bosque de Tlalpan por las tardes, cuando papá y mamá regresaban de trabajar dando clases en la Universidad Nacional. Su infancia fue privilegiada, nadie lo puede negar.

Su piel trigueña, mezcla generosa de raíces purépechas y alemanas, provocaba suspiros aquí y allá, mientras que su cabello desdeñaba, pletórico de rizos, los piropos que a diario se le arrodillaban como el creyente a su deidad. Y es que ella es una mujer de bondades visuales que pocos se atreverían a pasar por alto. Sus ojos grandes y firmes son un arma de la cual ella no tiene la culpa de portar, arma que hace enmudecer al más diestro de los poetas. Sin embargo, ella tiene un defecto: es una mujer valiente. A cualquiera le sorprendería que la valentía fuera un defecto pero en un mundo de cobardes, toda muestra de cariño por una misma es motivo suficiente para ser el platillo perfecto para una vorágine de aves de rapiña. Su valentía es tal que nunca ha manejado un auto y prefiere por sobre todas las cosas, el pésimo transporte público de la ciudad, botín de guerra para traficantes gubernamentales, antes que refugiarse en la cárcel disfrazada de comodidad del automóvil. Ella sabe, como todo mexicano que se precie de serlo, que aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión. Además sabe que sus hijos, y los hijos de sus hijos, le agradecerán el amable gesto de ser una menos que contamine el aire de todos por un capricho-inseguridad individual. Hay quienes dicen que los fumadores deberían fumar en sus casas y no contaminar el aire del otro, ella dice que los escapes deberían desembocar en el interior de los autos. Que quede claro, ella no fuma, pero si de salud se trata, le gusta que las cosas sean serias y no demagogia disfrazada de preocupación. Como mujer valiente busca que las cosas sean en serio y hasta sus últimas consecuencias, por eso es enemiga de las medias tintas y aborrece la tibieza. Su filiación política es la propia de una mujer culta… No vota, pero si votara, no lo haría por el Partido Acción Nacional.

Ella tiene dos hijos, ambos varones. El mayor se llama Nahum y el pequeño lleva por nombre Sebastián. A ellos los educa como sus padres a ella, con una libertad y orientación que los derechos de los niños son para ella, tema de poca monta. Ambos hijos son del mismo padre, un amigo suyo que accedió a donar su semilla. Él se llama Michel, es filósofo y por el momento basta saber eso, con el tiempo también conoceremos un poco más de su vida.

Con sus dos hijos a los lados, ella camina todos los martes, día en que los críos salen temprano de la escuela, a recorrer algún museo, el que sea, el chiste es fomentar la imaginación y la sapiencia de sus hijos, hombres que ella sabe, forjarán el destino del mundo y por ello el celo de su educación y la gustosa responsabilidad con que los procura… Aunque ahora que lo recuerdo, hay una cosa que la atemoriza, la cocina. Nunca aprendió de sus padres las artes culinarias y en realidad no fue algo que le quitara el sueño hasta que conoció a Tania, una biotecnóloga apasionada a quien conoció hace poco más de un mes y quien le ha solicitado una cena en casa con platillos preparados por nuestra mujer valiente. Hasta ahora ha logrado evadir con una sonrisa nerviosa la solicitud pero sabe que pronto tendrá que sucumbir a ella. La verdad es que a la mujer valiente le agrada la mujer apasionada y tendrá que enfrentarse con el sartén y el recetario, con la estufa y el abrelatas para intentar reflejar un te quiero con una cena. A sus hijos también les cae bien Tania y cómo no habría de ser así, si cada que la apasionada visita a la valiente, los más beneficiados son ellos, a quienes les lleva siempre un libro, unos chocolates y dos horas de su tiempo para jugar. Terrible reto para el detergente es combatir las manchas de tierra y lodo que en la ropa quedan cuando una mujer apasionada juega con unos niños valientitos; tal parecer que el juego consiste en ver quién se ensucia más… Hoy nuestra mujer valiente se encuentra a las puertas de su museo favorito, los niños están en la escuela y aprovechó una junta en un restaurante aledaño al recinto para encontrarse con sus padres en el recuerdo y con su infancia en las señoriales escaleras del Museo Nacional de Arte. Toma aire, lo retiene y al cabo de unos segundos lo suelta en un enorme suspiro. Saluda al custodio de la entrada, camina hacia la taquilla, compra su boleto y justo antes de subir el primer escalón, decide que esta noche es la elegida para la cena del te quiero. Con el aplomo digno de una mujer valiente, recorre las salas recibiendo de todas las obras, los más sinceros aplausos.