Homofobia en la película “No se aceptan devoluciones”

La historia transcurre de forma normal, sin contratiempos, hasta que luego de seis años de abandono, aparece la madre de la hija de Valentino (Derbez), para reclamar la custodia de la infante. Hasta entonces, la vida de la niña había sido una fantasía construida por el padre, una mentira que la tenía feliz y sin tomarle importancia a un padecimiento cardiaco. Sin embargo, cuando aparece la madre, la historia da un giro de 180°. La mujer en cuestión, resulta ser lesbiana, exitosa y sofisticada; todo un estereotipo estadounidense del gay life style. Entonces la mentira se derrumba y sale a flote el padecimiento de la niña a tal grado que ella muere al final de la película, en los brazos del padre. 

Aunque no se especifica en la cinta, es notorio que la madre busca unirse a las filas de las familias homoparentales que se anuncian en los aparadores, al último grito de la moda en los derechos humanos. Su posición como una lesbiana exitosa y sofisticada, es un simbolismo propio del discurso promotor del matrimonio igualitario y el gay life style que lo sostiene. Se espera que sean este tipo de homosexuales quienes contraigan matrimonio y adopten/tengan hijos. Y la madre se valdrá de todos los recursos a su alcance, incluso de una prueba de paternidad de la niña que resulta desfavorable para el personaje que interpreta Derbez.

Nuevamente hablamos del discurso moralista que tacha a la homosexualidad como perjudicial para los infantes, al grado tal que puede causarles la muerte, según la cinta, dado que tras la aparición de la madre, comienza a derrumbarse el sueño/mentira fabricado por el padre, cuyo desenlace será la muerte de la niña. Todo iba bien mientras el padre se quedaba con la imagen de la típica gringa adolescente que fue a Acapulco a embriagarse y tener sexo con todo mundo y que abandona a su hija quizá en pos de seguir en la fiesta. El padre sostenía su mentira bajo el argumento de que no podía decirle la verdad a su hija, un pretexto que al parecer sirvió para separar a la niña del mundo exterior y volverla estúpida, tanto que no parecía percatarse que era la misma foto de su madre la que aparecía en todos los fotomontajes; incluso hasta no percatarse del error  ortográfico en el apellido de un futbolista. Pero es la misma madre, ya fuera de clóset, la que derriba la mentira que siempre había sido el orgullo de la niña a un nivel tal que ésta no podía distinguir entre ficción y realidad.  Es la madre quien rompe la relación neurótica entre el padre y la hija, caracterizada por una serie de trampas mentales que el padre le impone a la menor. La manipulación de éste sobre la niña, podría ser calificada de perversión: el padre juega con la voluntad de la niña a discreción hasta el punto que le hace creer que sólo con un amuleto que porta ella, él regresa de la muerte cada vez que realiza una escena como doble en cintas de cine.

¿Pero, por qué una lesbiana destruye el sueño de su propia hija en aras de su propio orgullo-emancipación-interés? Durante el juicio por la custodia, el argumento de la madre es que su empleo es más seguro que el del padre y que con ella, no habría riesgo de orfandad. Ella incluso tiene pareja; él, no. Él se ha dedicado por entero al cuidado de la niña. Al final, el juez otorga la custodio al padre y cuando la pareja de la madre duda de la paternidad de Valentino y la madre comprueba mediante una prueba que éste no es el padre de la menor, entonces ambos huyen de Estados Unidos y regresan a Acapulco, donde nadie cree las historias de valentía que cuenta la niña sobre su padre. Finalmente, la relación patológica entre el padre y la hija termina cuando ésta muere.

Al parecer, la misión de la madre era liberar del yugo manipulador a su hija, aunque con argumentos poco sostenibles. Nadie parece percatarse de que lo que en realidad quería el padre, es quedarse con la hija para tener la valentía que sin ella jamás tendría. Él se vuelve valiente no para cuidar a la hija, sino para disfrutar de una vida exitosa y utilizar a la niña como justificación. La audiencia prefiere la perversión controladora de un padre que devasta a su hija.

Homosexualidad en Rusia

ImagenLa historia contemporánea de Rusia es sin duda una de las más complejas de aquello que todavía hoy llamamos Occidente, con todos los riesgos, incluso metodológicos, que ello implica.

En tiempos de Lenin, la entonces URSS fue el primer país del mundo en despenalizar la homosexualidad, considerada por aquellos comunistas, como una de las características del ser humano oprimidas por el capitalismo y la Ilustración, su tierra fértil. En aquellos ayeres los homosexuales y las mujeres representaban una vanguardia de transformación radical que significaba entre otras cosas, una liberación de cualquier tipo de jerarquías discriminatorias y una igualdad que no sólo implicaba cuestiones económico laborales. El socialismo de Lenin iba más allá y buscaba una equidad sin precedentes. La mujer representaba un bastión imprescindible en la revolución proletaria, mientras que los homosexuales significaban ese gran paso a la igualdad y el respeto a una diversidad que es motor y materia prima de cualquier cambio, cualquier revolución.

Sin embargo, con la llegada de Stalin al poder las cosas cambiaron de forma también radical. Homosexuales y mujeres vieron perdidos sus avances y se colocaron en un lugar incluso más bajo que el que tenían en la Rusia de los zares. La clase obrera fue orillada a trabajos forzados para enorgullecer a un régimen totalitario que necesitaba hacer frente y demostrar un poderío forzado frente a los avances del capitalismo estadounidense. El pueblo ruso pagó caro la soberbia de Stalin y sus sucesores; aún hoy pagan un alto precio.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la llegada de la Guerra Fría no hizo esperar la batalla de los discursos. Por un lado Estados Unidos amagó con un discurso de libertades individuales de todo tipo, entre las que se encontraban la liberación sexual, la libertad de expresión y el arte contemporáneo como trincheras de un discurso individualista basado en el panóptico de Betham, mediante el cual se reconoció que el ejercicio del poder sobre el sujeto resultaba más efectivo cuando éste era separado de toda colectividad y vigilado en lo individual. Este tipo de control ofrecía individualidades y liberaciones como señuelos para hacerle creer al sujeto que él era dueño de su propia existencia, discurso tras el cual se escondía un nuevo tipo de prisión: el encarcelamiento en uno mismo, pero dentro de un tipo de sociedad estructurada, preestablecida antes de la “decisión” de la individualidad.

A ello el bloque socialista respondió con el endurecimiento de sus leyes y la criminalización de cualquier rasgo de aburguesamiento. La homosexualidad fue considerada desde Stalin una perversión urbano-burguesa, contradicción histórica irreconciliable dado que la homosexualidad no es una fabricación capitalista como la explotación o el sistema de acumulación de capital, ni mucho menos había surgido a partir de entonces. Presente en todo el mundo, en todos los pueblos, tiempos y espacios, la homosexualidad fue reducida a una práctica burguesa por la ignorancia de los conservadores estalinistas, quienes hicieron del socialismo un fascismo rojo. 

Tras la caída del muro de Berlín y la inminente desaparición de la URSS, Rusia se encontró en medio del huracán del neoliberalismo, que arrasó con lo que pudo pero fue incapaz de introducir su discurso de libertades individuales, que con mucho éxito introdujo en todo Occidente. El conservadurismo estalinista se unió entonces con la iglesia ortodoxa para controlar a uno de los países más grandes del mundo y someterlos al absolutismo, ahora completo. La iglesia ortodoxa vio con buenos ojos la represión a la homosexualidad y desde entonces ha sido piedra angular del apoyo que brinda a los gobiernos de aquel país que vive desde entonces en crisis económicas, políticas y sociales de todo tipo. 
En contraste, en los países europeos que formaron parte de la URSS, parecen tener posturas distintas respecto a la homosexualidad y a otro temas. Hoy, por ejemplo en Praga, se puede disfrutar de la vida sofisticada de la que gozan en ciudades  como París, con cafés en las calles, porno en Internet y jóvenes que exigen carros nuevos a sus padres, que nunca supieron lo que era tener un auto propio.

Es así como Stalin ha dejado una profunda herida en un país que se debate entre una población que vive en el pasado y otra que quiere entrar de lleno al progresismo sin tener más referencias que los diarios extranjeros. 

En 1917 la revolución bolchevique tuvo como uno de sus principales objetivos, acabar con los abusos de los zares, que tenían a Rusia sumida en el retraso. Por aquellos años era el único país donde todavía se utilizaba el arado de tierra, mientras que en resto de Europa ya era común el uso de tractores. Hoy parece ser que ciertos sectores del pueblo ruso se percatan que la tiranía se repite, casi 100 años después. Una Rusia que está al margen de la ola de avances sociales y que pareciera ir hacia atrás, como México con el regreso del PRI, pero allá en manos de Putin y ese fantasma que recorre Rusia, el venenoso fantasma del estalinismo.

¿Qué es la homofobia?

 

La definición del diccionario de la RAE nos dice que se trata de la aversión obsesiva hacia las personas homosexuales, lo que quiere decir que hay algo en ella que tiene que ver directamente con algún transtorno psicológico que padece aquel que no puede convivir con personas homosexuales. Este tipo de padecimientos, la obsesión, se presenta como una perturbación anímica producida por una idea fija, que no es sino una reacción, una válvula de escape, de algo que está escondido dentro de la persona y que sale, se desplaza, a través de la homofobia. Se trata de un asalto a la mente, un secuestro a la tranquilidad.

Por otro lado, la homofobia también es considerada una reacción propia de quienes tienen frente a sí mismos un cuadro poco usual para los hombres, que se ven desarmados cuando otro hombre trata de seducirlos. El  miedo radica en que es un par quien se da a la tarea de la seducción, rompiendo toda normatividad acerca del cortejo, que dicta que es el hombre quien debe conquistar a la mujer. El cazador, se vuelve presa. De la mano viene otra concepción, en la que la homofobia es considerada la renuencia de un hombre, seguramente machista, a encontrarse en la situación en que él mismo ha puesto a tantas mujeres cuando les lanza piropos, por ejemplo. Aquí, el homofóbico no soporta la idea de ser él quien se encuentre ahora en circunstancias similares a las que se encuentra una mujer cuando éste trata de seducirla contra su voluntad. Desarmado, el homofóbico se reconoce vulnerable y reacciona, entonces, violento.

Pero también existen mujeres homofóbicas, quienes al momento de esgrimir una acción de homofobia, están reconociendo de facto la inferioridad de un homosexual frente a un varón heterosexual que es superior. Entonces, la mujer homofóbica se discrimina a ella misma, pues los valores que sirven para discriminar a un homosexual, han sido los mismos que se han utilizado para aludir a una presunta inferioridad de la mujer ante el hombre: delicadeza, fragilidad, etc., aunque ni homosexuales ni mujeres posean tales características por el simple hecho de serlo. Una mujer homofóbica se discrimina a ella misma, acepta su propia inferioridad.

Desde muchos ángulos la homofobia es un padecimiento, una desdicha, que sufren aquellos que no pueden aceptar la diferencia, la ambigüedad. Para ellos, la vida debe ser monolítica, unívoca, homogénea. Este tipo de pensamiento lo encontramos también en posturas políticas conservadoras, que no soportan la idea de cambio, transformación. Buscan que las cosas se mantengan como están y frenan cualquier signo de desarrollo o señal que implique algún tipo de variación,  como si la vida y la historia fueran estáticas, inmóviles. Niegan los principios básicos del mundo: alzamiento, rebelión; en fin, movimiento.

La homofobia es también un síntoma. Basta conocer un poco el perfil del homofóbico para saber que no es sólo odio o miedo lo que siente, sin que es el resultado de una serie de principios y valores que están inscritos en la propia cultura de Occidente moderno. La homofobia es sólo la focalización de un problema más complejo y más profundo. La homofobia no es el punto de origen, es tal vez sólo un punto de quiebre, de inflexión. En ese sentido no se trata de cuestionar la homofobia, sino la cultura que la hace posible. Mas sobre la pregunta ¿qué hacer con la homofobia, cómo atacarla? Tal vez sería conveniente, en lugar de tratar de educar a la ignorancia, brindar herramientas de defensa a los agraviados; es decir, dejar a un lado el paternalismo que supone que el discriminado es, en efecto, incapaz de defenderse. Muchas fracciones del activismo gay hoy en día son más discriminatorias al momento de querer esconder, en una especie de apartheid proteccionista para homosexuales, a aquellos que son segregados. Mientras exista un activismo proteccionista, no habrá una verdadera lucha contra la homofobia.

Es una pena que en pleno siglo XXI aún veamos esas manifestaciones de desprecio a la vitalidad del mundo y de la humanidad. Pero quizá pronto recordemos ésta con la burla con que miramos a aquellos que creían que la Tierra era plana y el centro del universo y del sistema solar. Porque la homofobia es miedo a la otredad, a lo diferente. Es suponer que es mejor el desierto estéril, a la selva pletórica de savia.

Puta… pero no pendeja

… Y la ética de la amistad

Existe actualmente un incremento en la escalada de violencia hacia homosexuales en esta ciudad. Las recientes medidas a favor de una igualdad jurídica han despertado a ese sector de la población que hasta entonces se había mantenido en el endeble territorio de la tolerancia. Sin embargo, de un tiempo para acá, han visto cómo lo que ellos consideran de su propiedad, el matrimonio y por tanto las instituciones y en general el Estado, ha sido tomado por un grupo que no merece, según ellos, ningún tipo de reconocimiento. Ya en el Metro de la Ciudad de México se pueden observar en el llamado jotivagón, personajes poco comunes hasta antes de que sucediera lo del cierre del mismo a partir de las 10:00pm y que causó revuelo en los noticiarios de todo el país. Señoras que dicen a las parejitas “¿Saben que lo que hacen está mal..?” o señores que van leyendo muy “inocentemente” la Biblia en voz alta, como cuando después de la Marcha Gay se reúnen grupos de cristianos para orar por nuestras almas y “purificar” de algún modo el zócalo capitalino. Entre otros, estos personajes hacen lo posible por incomodar a los sí, me van a disculpar, tradicionales usuarios de este vagón en específico, gente que hizo de él, lo que los punks y demás hicieron con lo que ahora conocemos como Tianguis Cultural del Chopo. La situación es que a últimas fechas los grupos conservadores, no sé de qué porque los homosexuales (sujetos que ahora tienen ese nombre pero que antes fueron llamados de otras muchas maneras en todo tiempo y en todo lugar) existimos desde mucho tiempo antes que el cristianismo y el judaísmo, de donde el primero salió; en fin, el chiste es que estos grupúsculos ahora hacen uso de herramientas más frontales y peligrosas como antaño o quizá no tanto, o quizá no siempre.

Los crímenes de odio por homofobia aumentan, la discriminación sutil aumenta y muchas veces ésta se descara. Muchos hombres buscan ligar a otros en bares gays con el objetivo de asaltarlo, cuando no matarlos. Y es este el problema del que quiero hablar. Existe una tendencia hacia la liberalización de las prácticas sexuales que por sí misma no tiene nada de malo, si no estuviéramos inscritos en este contexto. También hay una doble moral por parte de quien lleva a cabo esta práctica pues si bien la realiza casi sin miramientos, tampoco quiere ser descubierto, en muchos casos, por sus colegas o amigos en los lugares propicios para éstas. Del otro lado, los amigos, hacen en muchas ocasiones señalamientos acerca de la actitud de sus amigos que llevan a cabo estas prácticas. Y es ahí donde estos sujetos mal intencionados aprovechan para cometer los delitos. El que liga no tiene la confianza para avisar a sus amigos porque sabe que puede haber un señalamiento y los amigos dejan en manos del que liga su suerte. Pero amistad es también compartir responsabilidades y si bien el que liga es responsable de sus actos, ante este escenario, hay que hacer un frente común para disminuir esas posibilidades de delito lo más que se pueda. En la amistad también hay ética y es necesario, justo ahora, que nos apoyemos en este terreno para prevenir posibles lamentaciones.

¿No ligar, salir con miedo? Eso sería como quien dice que no aprende a nadar por miedo a ahogarse, forma segura para prevenir un accidente pero las pulsiones que llevan a millones a cometer ese acto de abandono al placer pueden ser muchas y quizá lo que deberíamos atender son precisamente esos motivos que llevan a un homosexual a ver en el sexo desmedido una salida, quizá un refugio o incluso una postura política; no sabemos y es una tarea que hay que realizar pero mientras eso sucede, ya que llevará mucho tiempo que rinda frutos o siquiera poner en la mesa de discusión ese tema, hay que ayudarnos. No podemos ni tenemos el derecho a juzgar, en última instancia, el proceder de los otros; más bien tendríamos que profundizar nuestros debates y ofrecer opiniones más serias y cultas (no en sentido elitista, sino cognitivo). Es peor negar el problema o pensar que podemos lograr erradicar esas “conductas”. Yo diría que se trata, antes bien, de ofrecer respuestas ante los panoramas que se vislumbran a la luz de los hechos.

Desde luego este comentario va enfocado a liberarnos de esa doble moral que posibilita crímenes en nuestra contra. La solidaridad es una buena arma en esta lucha que se está librando desde hace siglos y a la que aún le faltan otros tantos más para dirimirse. Mas en nuestro aquí y en nuestro ahora, esa unión llamada amistad puede contribuir de manera impresionante a evitar actos delictivos.