¿Positivismo de izquierda?

 

Mire, yo sé que nos encontramos en un periodo que permite a muchos la mezcolanza desmedida de maneras de ser. Uno, se supone, ya tiene la libertad de ser bueno con unos y malo con otros, es decir, tiene la libertad de donar a cuanta causa desgarradora surge, previamente mediatizada y sazonada con el debido ingrediente dramático telenovelero, pero sin abandonar prácticas individualistas como el consumismo extremo, curiosamente el causante de muchos de los padecimientos que luego vienen a defender las causas “más nobles del mundo”. También a uno le puede gustar la música más alternativa y al mismo tiempo ser un as de la cumbia y la salsa. Dicen que las fronteras de los gustos comienzan a borrarse en aras de saborear todo tipo de mieles de la vida. La liberalización del cuerpo tiene mucho de eso. Ahora está de moda ser bisexual o por lo menos echarse una canita al aire con alguien aunque la propia orientación sexual se presuma distinta a la que se comete bajo el manto protector de la libertad de exploración sensual. Lo más gracioso es que la gente dice descubrir que es bisexual en sentido carnal pero no en sentido psíquico, es decir, sin dejar a un lado sus nociones sociales, roles, de macho y hembra, mujer u hombre.

En realidad, dicen que toda idea sólida, toda forma de ser de una sola pieza debe morir en pos de la libertad, aunque una vez adquirida, no se sepa qué hacer con ella, como muestran las actitudes sociales de los jóvenes, y cada vez más jóvenes, más chamacos pues. En fin, el asunto es que toda solidez se ha perdido para dar paso al estado líquido de la personalidad, y hasta cierto punto esto puede servir para poder convivir o hacer más llevadera esta convivencia en un ambiente relajado, cínico e indiferente.

Hoy se tiene la libertad para ser homosexual de derecha, católico de izquierda y si me presiona, hasta de ser marxista guadalupano, claro que sí. Ya todo se puede y se vale pero… ¿es en serio? ¿no hay límites? Veamos.

Auguste Comte

Orden y progreso, lema del positivismo, filosofía cuya tesis central era que las sociedades tendían a avanzar, desarrollarse hacia un estadio de plenitud y armonía que la ciencia, y sólo la ciencia, podrían brindarle. Para ello era preciso librarse de ataduras subjetivas como la disidencia, la religiosidad y la duda pues el camino trazado por el Estado científico era el idóneo, el único, es decir, el Juan Camaney de los caminos para por fin crear la sociedad de nuestros sueños. Habría que pasar por dos estadios previos antes de arribar al que gracias a un proceso evolutivo del pensamiento y por tanto también organizativo no podría caber duda de que era el definitivo; estos  son el teológico, el metafísico y el positivo.

Bueno, le cuento. Estas tesis fueron siempre asociadas a gobiernos autoritarios, represivos de toda discrepancia. La Santa voluntad del Estado es la  legítima y verdadera revelación que la ciencia le daba al hombre para guiar su destino pues se supone, en un plano ideal, el Estado se guiaba sólo por principios objetivos y ningún juicio de valor ejercía influencia sobre él; era pues, la manera única de salvación de la especie y la garantía absoluta de la vida en sociedad; fuera del positivismo todo era caos, suciedad, trastornos, vileza y muerte. Europa fue la primera en sufrir, desafortunadamente, los estragos de estas tesis, mismas que están en los cimientos de la ideología nazi, por citar el ejemplo más claro. Otra aplicación de éstas, es también la ideología estadounidense, aquella que mediante los bienes y servicios del consumismo tiene como fin garantizar la libertad y la felicidad total de la sociedad, so pena de no mirar nunca, claro está, lo que se necesita para sostener tales niveles de consumo (deforestación, contaminación de mares, ríos y océanos, mega minería a cielo abierto, y un interminable etc., eso sin contar con los trastornos psicológicos que esa ideología provoca). El positivismo siempre ha formado parte de esa manera de pensar policíaca. ¿Por qué no creer que lo que dice el positivismo es verdad? ¿Por qué dudar? ¿Por qué no aceptar, con gusto además, que ese camino trazado por gente supuestamente objetiva es el mejor para todos? Mire usted. Bruno Traven, un poeta, llegó a decir que el día que todos habláramos inglés dejaríamos de ser humanos, ¿por qué? Muy sencillo. No es algo particular contra ese idioma, sino por lo que el acto implica. Hablar sólo un idioma implica a su vez, sólo una manera de comprender el mundo y mire, la humanidad, una de sus características es precisamente la multiplicidad de maneras para ver los distintos escenarios que se le presentan. Si fuera verdad que sólo hay una forma, La Forma, de organizarnos, de hablar, de vestir, de convivir, etc., ¿no cree usted que hubiera sido así desde el principio? ¿No cree que, de otro modo, ya habría sucedido desde mucho tiempo atrás? Lo comento porque recientes estudios descubrieron el asentamiento humanos más antiguo, hasta ahora, que data de hace poco más de 780,000 años, tiempo suficiente, creo, para que ya hubiera madurado la especie desde por lo menos los primeros 100,000. ¿No cree usted que la constante humana es precisamente la diferencia, la variedad? Yo estoy seguro que sí; de lo contrario imagínese que en lugar de que la norma fuera ser heterosexual, lo correcto hubiera sido ser homosexual. Lo digo porque lo normal no es otra cosa que lo que entra dentro de la norma y la norma humana no obedece a principios naturales, sino a consensos sociales, es decir, a la cultura, que es una mezcla de intereses particulares, grupales y en esos términos, una laxa justificación de orden natural. En realidad lo normal es lo que un grupo decide qué es no porque sea lo correcto absoluto, sino porque es lo correcto relativo a ciertas particularidades.

En América Latina también hemos conocido al positivismo muy de cerca. En

Porfirio Díaz

México, por ejemplo, ya desde Juárez y su ideal de alfabetizar a todo el país el Estado se dio a la tarea de aniquilar comunidades indígenas enteras que no querían perder (legítimamente) sus lenguas, y los usos y costumbres que las acompañan. Claro que un país con más de 50 idiomas no es del todo sencillo de manejar, más cuando por manejar entendemos manipular, someter. Siempre será más fácil ejercer el dominio sobre muchos otros, si éstos todos son una población homogénea a la que uno mismo (el Estado) a forjado desde los cimientos y que por lo tanto conoce a pie puntillas. Ya después llegarían Porfirio Díaz y sus años de dictadura bajo la que el país conocería por fin la Modernidad de la que se había perdido desde hacía más de un siglo. Fue cuando se dieron a conocer grupos importantes como el de los científicos, que estaban a cargo de las tareas imprescindibles para eso que se llamó desarrollo nacional. La educación fue un tema elemental en estos sucesos. Nació la Escuela Nacional Preparatoria, cuyo lema ha sido desde entonces “Amor, orden y progreso”. Nadie niega los avances y aportaciones de la ciencia, como tampoco las del gusto afrancesado de don Porfirio. El Palacio de Bellas Artes y el ángel de la Independencia (Victoria alada) le quedaron hermosos. Sin embargo siempre queda la pregunta: ¿por qué tuvieron que ser así las cosas? Es decir, ¿qué necesidad de obligar a millones a suscribirse a esa lógica? ¿No se supone que cuando uno está convencido de algo lo hace por gusto y no por obligación? ¿No conoce el positivismo otra herramienta de convencimiento que la imposición? Parece ser que no. Desarrollo sin esclavitud era inconcebible; sacar a los indios de sus comunidades para enrolarlos en las filas del obraje fue el talante más consistente del porfiriato. Claro, los sueldos de miseria e incluso la absoluta ausencia de ellos también fue constante en este ímpetu desarrollista. ¿Puede existir desarrollo sin sometimiento? Un análisis riguroso nos lleva a la única respuesta posible: NO. No por lo menos bajo la lógica histórica de esta sociedad que data por lo menos de cinco siglos, cuando antes de ser ilustrada era católica y colonial. Tampoco hay mucha diferencia, a nivel filosófico y cosmogónico, entre estas dos corrientes, etapas, de Occidente pero ese es otro tema que se puede discutir con un tequilita. Si la única vía de persuasión es esa, entonces el rumbo al que se invita no puede ser en nombre del bien común, sino sólo en aras del bienestar particular.

La Ciudad de México enfrenta un panorama similar al de los “mejores” años de don Porfirio, y mire que fueron bastantitos. Arrasar con grupos de vendedores ambulantes en el Centro Histórico, fíjese bien el argumento, para limpiar las calles y liberarlas para que luzcan su esplendor, es una medida positivista por donde quiera que se la mire. ¿Limpiar, liberar? Los ambulantes, por consecuencia, ensucian y esclavizan las calles, situación que no es del todo falsa pero que ha devenido pérdida de vida en el corazón de la ciudad más importante de América Latina. ¿Qué oportunidades se le ofrecen a la población que ejerce el comercio ilegal? ¿Cómo llegaron ahí? Se dice que hay empleos formales para muchos de ellos pero la paradoja es tal que contrasta con el ideal de sociedad que vende promesas sin ton ni son. El salario que se ofrece es directamente proporcional a los sueños que puede comprar… pero en sentido contrario. Para obtener las dádivas de una sociedad que disfraza de pan y vino sus mercancías, es preciso echar mano de acciones ilegales, lo saben el vendedor ambulante y el empresario más rico del mundo. ¿Por qué no se les ofrece a todos una educación de calidad y empleos bien remunerados? Muy fácil; la sociedad no necesita que todos sean ilustrados. Algunos deben ser obreros y saber y aceptar su lugar como tales (sociedad de hormigas) y claro, los menos aptos sobran (darwinismo social) y son empujados a la ilegalidad; están fuera, no son necesarios.

Otro ejemplo, y este muy reciente, es la obstinación por la construcción de eso que llaman Súper Vía. Se trata de una avenida que conectará dos zonas por donde transitan vehículos de nada fácil acceso para la mayoría de la población y que de manera amplia benefician a gente de colonias muy adineradas. Es verdad que se reducirían contaminantes con esta vía pues hasta ahora el largo trayecto para conectar los los puntos en cuestión y el pesado tránsito vehicular generan muchos contaminantes pero de la mala planeación no tienen la culpa los habitantes de la colonia paupérrima que están demoliendo en aras de un beneficio que no es común. A esto hay que sumarle el daño ambiental que causará su construcción al contaminar ahora una zona boscosa, de esas que ya no abundan en la ciudad. Ante esto uno se pregunta cómo es posible que unos cuanto prefieran rapidez para visitarse en lugar de bosques fuertes y sanos que palíen la contaminación ambiental y cómo es posible que no les importe lanzar al hacinamiento a familias enteras, ¡a toda una colonia!

¿Así es como actúa la izquierda del siglo XXI? ¿Con acciones como esas quieren que todas las corrientes de izquierda en el país se inscriban a una candidatura que presume de representar los más altos ideales de nuestra cosmovisión? De ninguna manera podría considerarse que acciones como estas, que pudieran parecer epifenoménicas, sin importancia, pudieran salir de las filas de la izquierda. Y más si sabemos que son los detalles los que de verdad hablan, dicen algo (mucho) de la personalidad de sujetos y gobiernos. Hacer alarde de los leyes que benefician a grupos vulnerabilizados (porque ninguno la vulnerabilidad no es una condición natural de ningún grupo o sujeto, sino un lugar donde se los ha colocado) y tratar de sepultar acciones como las mencionadas, ¿a qué obedece? Se trata de querer cubrir lo que en verdad se es. El positivismo nunca ha sido un estandarte de la izquierda, no podría serlo. A esas tesis sólo acuden los enemigos de la vastedad, de la riqueza plural humana. Ese “deber ser” que nos recuerda a la milicia sólo puede ser defendido por fundamentalistas del orden, de lo que ellos creen correcto porque es lo apropiado para ellos y sólo para ellos. Ningún orden que orille a un ser humano al lugar del paria, de residuo, sobrante o escoria puede ser nombrado de izquierda. Tal ideal nos recuerda a la gobernadora de Arizona y su positivista-cuasi fascista ley anti inmigrantes. ¿Afear un estado o una ciudad? ¿Qué sería lo bonito y por qué eso es bonito y no también lo otro llamado feo? Es verdad, no hay estética sin ideología, lo que podríamos llevar a ese embellecimiento que tanto presume el gobierno local del Distrito Federal, un embellecimiento que huele a hospital, donde todo está dispuesto de tal modo que no hay espacio para la mancha, el desorden. Si no fuera porque mancha y desorden comparten significantes simbólicos con vitalidad, error y éste con humanidad, y específicamente desorden con duda y ésta con conocimiento, nada tendría en contra de las pretensiones ideológicas de limpiar calles, parques y avenidas que van más allá de la superficialidad de los hechos. Hágase un ejercicio hermenéutico, un análisis discursivo y más a profundidad, una arqueología del saber acerca de la gestión de este gobierno que se autonombra de izquierda.

No sé qué le habrán dicho al gobernador del Distrito Federal que es izquierda pero es claro que sus acciones distan mucho de tener como fundamento esta concepción del mundo. La objetividad racional que dice estar detrás de las acciones de este gobierno se llama razón instrumental, de la que se habló cuando se descubrió que Auschwitz no era producto de la descomposición de la sociedad, sino fruto de ese espíritu positivista, racional instrumental, objetivista, progresista de ese modo, de un desarrollo que para sostenerse tiene que erradicar lo otro distinto estorboso porque lo propio no le basta para reclamar la verdad unívoca que reclama para sí.

Usted sabrá por quién vota, el presente trabajo tiene como finalidad dar a conocer en un plano más estudiado aquellas políticas públicas locales, sus efectos y más aún, sus fundamentos teóricos. La decisión está en usted pero tómese a considerar lo aquí expuesto. Este es un análisis sociológico de un caso particular y sirva para contribuir a la crítica.

Marcelo Ebrard

Marcelo Ebrard

El positivismo no es ni nunca podrá ser de izquierda.