Corridas de toros

Existe desde hace unas décadas una lucha encarnizada contra las corridas de toros; los activistas defensores de los derechos de los animales (sic) enarbolan una serie de acciones y discursos utilizando como una de sus herramientas principales el dolor físico del animal que muere a manos del torero. Haciendo uso de un peculiar dramatismo, propio de las cintas norteamericanas, las telenovelas mexicanas o los teletones privados, se busca conmover a las masas “mostrando” la brutalidad del sufrimiento que padece aquel toro. En realidad el animal sufre, como todo ser vivo, siente. Pero, ¿basta este hecho para criminalizar esa práctica? ¿Qué hay detrás de la tauromaquia?

Desde sus albores la humanidad ha sacrificado animales para subsistir, utilizándolos como alimento y vestido; así mismo modificó y adecuó a sus necesidades lo mismo que plantas, arroyos y los paisajes mismos. En realidad esta característica no es siquiera propiedad privada de los seres humanos. Todas las especies modifican su entorno y se sirven de otras especies para sobrevivir.

Sin embargo, lo propio de los hombres es la ritualidad. Dar sentido a sus experiencias ha sido una constante en las poblaciones más diversas y distantes del mundo pues no hay mejor manera, quizá, para asimilar, procesar, los hechos. Asimilar que era capaz de quitar la vida a otros animales no debió ser nada sencillo para los primeros hombres, igual que descubrir que él mismo muere, nace, abandona una “forma de ser” y cambia a otra cuando de niño pasa a adulto con todo lo que ello implica, por ejemplo. Dar muerte a otro animal, ver cómo su vida se desvanece en las propias manos es una experiencia que debe cimbrar al sujeto de manera profunda. Ahora bien, sumado a las incipientes creencias religiosas, es decir, siendo el animal un hijo de la tierra como el hombre o un obsequio de ésta para con él, lo cierto es que el hombre tuvo la necesidad de darle sentido al acto mismo de quitar la vida al animal. Escogiendo animales “puros”, levantando plegarias antes, durante y después del sacrificio, utilizando instrumentos especiales y únicos para ese sacrificio, además no realizado por cualquier persona, sino por personajes calificados ya fueren sacerdotes o maestros, el sacrificio animal ha distado mucho de ser la muerte simple y sin sentido, por deporte-gusto, como la conocemos hoy.

Es por eso que surge la pregunta acerca de hasta dónde conocemos, por ejemplo, el mundo de la tauromaquia, uno de los deportes occidentales que se debaten entre el tiempo antecedente al ilustrado y la racionalidad instrumental de nuestros tiempos. ¿Cuál es el sentido ritual de la tauromaquia? ¿Lo tiene? Y si lo tiene, ¿entonces qué defienden quienes le atacan? ¿Cuál es la relación que guardan torero y toro? ¿La afición va por el placer que le causa la manera en que se le da muerte a un animal? Si bien es cierto que en su mayoría la afición taurina no es precisamente la más preparada como debiera ser en sentido ritual, tampoco se puede tachar a esta práctica como si fuese semejante a la cacería de leones, osos, cebras o indios y negros que realizaban los conquistadores europeos aquí y allá.

Emitir algún juicio acerca de cualquier hecho o fenómeno permaneciendo y utilizando al hecho mismo como única referencia analítica es lo mismo que pretender averiguar cuál es el sabor de la naranja sólo probando la cáscara. Absolutamente ningún hecho que nos parezca atroz a la mirada occidental laica liberal, racionalista instrumental, puede ser catalogado a la ligera así, tal y como pretenden los llamados derechos humanos y su universalidad. El desconocimiento acerca de lo otro y pese a ello tomar acciones en su contra o educarlo, acotarlo, cuando no mejorarlo, han sido un lastre muy largo con el que carga Occidente desde hace ya varios, varios siglos. Universalidad de derechos es universalidad de creencias, homogeneidad de gustos, univocidad de pensamiento; nada más grave para la humanidad.

En otro sentido, aquella defensa que se hace del animal sólo porque se supone que este sufre, en realidad tiene un trasfondo. Se trata no de defender al animal, sino de cerrarle el paso, barrer, esconder que el dolor existe. La idea de sufrimiento, martirio y dolor es lo que mueve a estos sujetos, no todo el fenómeno siquiera. En realidad de lo que se trata es de librarse de que el dolor existe, negarlo, desconocerlo, o como dicen en mi pueblo, hacerse de la vista gorda.

Librarse del dolor, ¿por qué? Bien, Esta idea refiere a una escapatoria, a una imposibilidad de hacer frente a ello. Estamos ante una materialización del pragmatismo. Lipovetsky logró esbozarlo y la nombró la ética indolora. Se trata de eludir el dolor de todo tipo porque éste supone esfuerzo, complicación, situación que se antepone a la promesa liberal de hacer la vida más práctica, simple, rápida y feliz. Todo dolor, físico o emocional, orilla al sujeto a hacer un alto y con ello reflexionar por lo menos. Se busca librarse del dolor en una sociedad que no tiene las herramientas cosmogónicas para enfrentarlo. Como vimos en un principio, el dolor se ritualiza para que cobre sentido y pueda ser procesado por el sujeto de modo que éste pueda asimilarlo. En una sociedad de hedonismos simples, la idea de dolor, propio o ajeno es insoportable; así en la tauromaquia tanto en la ruptura amorosa. Y aunque se viva con la creencia de que basta con negar el dolor o querer erradicarlo para creer que éste dejará de existir es tan falso y peligroso como buscar que todo el mundo hable un mismo idioma para hacer la “comunicación” más fácil entre los hombres. Pero la violencia no desaparece, sólo se desplaza a otros territorios. Y tanto en las prácticas culturales como la tauromaquia, así como sucede con la ruptura amorosa, tratar de eliminar el dolor sólo produce que este halle después alguna salida, nunca esperada, para poder supurar. A ello se le conoce como el retorno de lo reprimido.

Esto no quiere decir que las prácticas llamadas violentas deban solaparse, sino que su tratamiento no debe hacerse tan a la ligera, como en el caso de la tauromaquia. Y un discurso semejante podría erigirse en torno al resto de los activismos y sus causas. En cualquier caso el hecho debe ser estudiando tomando en cuenta sus aristas complejas, mismas que lo situarán no en el lugar central de la discusión, sino quizá como efecto de un problema más complejo. A las corridas de toros no se les puede analizar desde el activismo, sino desde la antropología estructural, la sociología crítica y el psicoanálisis. Y si a estos argumentos no sobrevive esta práctica, entonces se hablará no desde la fiesta brava, sino desde el enfoque estructural.