Los gregarios y los de horda

Sí, somos más de veinte millones de habitantes en la ciudad de México y su área metropolitana, que más bien es como su ladilla o sanguijuela metropolitana, porque vienen a hacer el tráfico más pesado, a colmar el transporte público y desquiciar las calles pero no todos los impuestos que pagan se quedan aquí; una parte, la que se refiere al salario sí la retiene el gobierno del Distrito Federal pero obviamente, como viven del otro lado del espejo, los impuestos de recaudación predial, vehicular y similares se quedan en aquella vecina demarcación. Pero bueno, el chiste no es ese, si no fuera porque de vivir aquí, quién sabe cómo nos iría porque soportar esos tumultos en horario de oficina es una cosa, pero aguantarlos las 24 horas del día es otro cantar aunque tendría su chiste. No sé por qué hay gente que se fastidia cuando sale a la calle y se enfrenta con cientos de miles. Esta es una ciudad de enormes rituales, esfuerzos sobrehumanos para hacer llevadera la vida. Uno que otro golpe accidental a nadie le hace daño, incluso hay quienes puede convivir alegres en esos apretujones en horas pico, en el transporte público o en las calles, cada uno en su auto. Muchísima gente en las calles, tanta que pareciera ser una imagen de algún éxodo en el que cada quien huye de sus propios demonios para  tristemente encontrarse con los del resto. Ensimismados, pululan millones de almas en esos mausoleos de historias que los más simples llaman banquetas. Muchos los llamados y poco los elegidos para escuchar aquellas oraciones multitudinarias. Uno puede acudir a las avenidas más transitadas y sentarse o quedarse en pie a escuchar el vaivén de los autos, los camiones y demás vehículos que con el sonido que provocan motores, bocinas, balatas y mentadas de madre. No me crea, hágalo y verifique si existen similitudes entre los sonidos de las grandes avenidas en horarios tranquilos, porque aún los hay, y los que existen en el mar. Lo mismo, aunque menos audible la similitud, entre las horas pico y una tormenta. Este es un botón, una vivencia muy personal que no tiene la intención de compartir un momento agradable pese, o quizá gracias a los indoblegables talantes de este rincón del universo.

Uno de los pocos momentos en los que esas multitudes se agradecen son cuando se juntan por algún motivo. Las manifestaciones son un ejemplo de ello pese a que muchas de ellas están comandadas por gente no grata que usa los discursos para sacar provecho, pero eso no nos importa ahora; lo que a nosotros nos incumbe es la gente de a pie, esos cientos de miles que desahogan sus rabias contra un enemigo invisible, divino por sus características, pero que tiene una presencia tan arraigada que ha causado tantos trastornos físicos y mentales que si no fuera por esas válvulas de escape quién sabe qué sería de esa gente, pero bueno, no sólo existen esos encuentros dionisiacos de corte politicoide, también los hay bastante amenos y festivos e igual de vibrantes y estremecedores. Estamos hablando desde luego, de un concierto masivo, esos donde son más de ocho mil asistentes. Nadie que no sea fan va a uno de esos y la mayoría se sabe casi todas las canciones; corearlas, gritar y ver al artista prometido cantar tus temas favoritos es alucinante. El escenario, es decir el recinto, es muy importante; algunos conciertos adquieren una mística peculiar cuando se hacen en espacios abiertos aunque no por eso dejan atrás a los que llevan a cabo en foros hechos especialmente para ese fin. ¡Se me enchina el cuero nomás de recordar aquellos conciertos en el Foro Sol, el Zócalo capitalino, el Auditorio Nacional, el Palacio de los Deportes y otros tantos lugares. Lo cierto es que el artista es un medio entre todos y cada uno de los asistentes; podría jurar que éste lo sabe y por eso se rinde a su público, ofreciéndole un concierto digno del hecho heroico de hermanar a tantas almas en un mismo coro y frenesí. Los gritos, los gritos, los gritos, oraciones al vacío que tan necesario es rendirle honores de vez en cuando, son las voces que expresan de manera perfecta lo desbordante de la experiencia. A mí no me cuentan, estoy seguro de que algo implica a niveles biológicos la suma de tantas energías arrojadas en tan poco tiempo. A ver, siendo la música un vehículo transfigurador de la realidad, imagine usted su poderío cuando se le magnifica y se potencia el número de escuchas sumando a este binomio, la reunión. ¡Eso es una bomba energética! Lo digo sin temor a ser tachado de metafísico; sé además que la física y la química, si se busca un poco, estarán de mi lado, pero sé también que esas energías no comprensibles para los simples mortales ahí están y en última instancia ni usted ni yo necesitamos una comprobación de ese tipo aunque las ciencias nos pueden dar más luz acerca del tema… Usted y yo lo sabemos porque lo sentimos.

Y qué decir de un partido de fútbol en un estadio, o de su deporte favorito. Es el mismo principio. Aunque su seguro servidor lleva ya mucho rato sin ir a uno de esos encuentros, aún se guarda el recuerdo de aquel memorable México-El Salvador de hace ya más de 15 años en el estadio Azteca. ¡Qué evento, qué fiesta! Sólo recuerdo, del partido, que ganó la selección de mi país pero eso no importa, la fiesta estaba en las gradas. Todo mundo gritando GOL, es un momento que se tatuó en mis adentros, además claro, de las miles de personas que se pararon a bailar el famoso y mexicanísimo “jarabe tapatío”. Yo entre ellos. Sigo buscando quién quiera ir conmigo a uno de esos partidos pero casi todos mis amigos son reacios a mis invitaciones y los demás pues no sé porqué pero no hemos coincidido. En fin, el chiste es que si usted puede, hágalo, se lo recomiendo mucho aunque como a mí, a usted no le guste ese deporte que atrae a las multitudes, algo se puede hacer para remediar ese asunto… La pasarán bien, yo lo sé.

Y creo que hasta aquí estuvo bueno por ahora, ya no tocamos el punto de las marchas lgbttti porque eso requiere otro tratamiento.