Chacal No. 5

Sin ánimos de ofender a Coco ni a su fragancia, sino más bien tomando de ella sólo las caracterísicas épicas, de pleitesía que recaen sobre ésta última, intentamos trasladar esa carga a un plano más terreno, al tiempo que esperamos se comprenda el sarcasmo para aludir al tema y su relevancia.

Desde hace algunos años, manifestándose más claramente en la figura de David Beckham, la figura del metrosexual parecía insertar de lleno al hombre en la androginia, es decir, en el cuidado femenino de su cuerpo, ampliando el rango de ventas en cosméticos pero también igualando al hombre con la mujer, por lo menos en el cuidado superficial de su cuerpo. Las exigencias que recaían sobre las mujeres, hacían que éstas se colocaran en planos superiores y comenzaran a evidenciar lo que ya muchos conocían: las mujeres deciden con quién estar. Pero más allá de este hecho, cuestionable en un plano más profundo del que no tiene caso ocuparse ahora, la cuestión implicó que los hombres comenzaran a esforzarse en el arreglo personal debido a que la competencia ampliaba sus requerimientos y había que entrarle o de lo contrario se sufriría el desprecio que la publicidad se encargó de hacer caer sobre quienes no “seguían amablemente” las nuevas normas de ser hombre.

Muchos hombres homosexuales vieron en este hecho, la oportunidad perfecta para reclamar, de una vez por todas, su autoridad en el tema del cuidado del cuerpo y hacer público, es decir, más evidente, uno de los elementos que ha caracterizado desde hace siglos al homosexual: el cuidado de sí, manifestado ahora en la sobre explotación del cuidado corporal y que marcaría la pauta para conformar eso que algunos llaman gay life style. Moda, cosméticos, “salud” y demás temas han sido los más recurrentes en ese auge de la vanidad masculina. Incluso hay quienes dicen que esa corriente llamada metrosexualidad no es sino una manera discreta, muy discreta, para poder por fin vender productos cosméticos y demás a los homosexuales atraídos por ese tipo de cuidado. Me sumo a esta tesis.

Sin embargo, y conforme fue creciendo la admiración y el esmero por ese cuidado comenzaba a rayar en lo esquizoide, un sujeto, a veces homosexual aunque no indispensablemente adscrito a tales juicios, comenzó a ganarse por sus propios méritos el gusto de cada vez más hombres disidentes todos ellos, si bien no consigo mismos pero sí con respeto al otro, de esa instigadora nueva forma de pulcritud exagerada que de manera implícita y debido a la fabricación, medición y búsqueda de una perfección imposiblemente humana, socavaba algunos, si no es que muchos de los rasgos que atraen a un hombre hacia otro hombre. si acaso es verdad aquella sentencia que expresó nuestra querida correligionaria Virginia Woolf, cuando dijo que toda mente superior es andrógina, lo cierto también es que la androginia que proporciona lo metrosexual no es intelectual sino pura y llanamente epidérmica.

Sólo en recientes fechas algunos medios como éste han desempolvado aquella otra característica de un grupo que ante la condición en la que fue colocado, se planteó dudas y se cuestionó el mundo desde su exilio mediante las artes y en general, el cultivo de su ser, es decir, el cuidado de sí de extracción griega antigua y que desde el Renacimiento y hasta la caída del Muro de Berlín, era bastión de ese grupo cooptado ahora por intereses de mercado que vieron en éste una oportunidad de resurgir.

Este hombre rudo, de extracción humilde y de aspecto varonil tradicional, es decir, heredero posmoderno del macho mexicano, lo que sea que posmoderno signifique, aclaro, cuyo quehacer es primordialmente del orden de los oficios aunque en ocasiones también ubicable en alguna profesión, llama la atención por sus rasgos elementales que sin duda evocan a un pasado en el que el hombre era concebido como el arquetipo de lo fuerte, lo dominante, lo bravío. Quizá como postura política antagónica de la pretensión minimalista de la masculinidad suave, es decir, aquella que apela por grandes músculos pero acompañándose de recatados modos y cuidados delicados, este hombre, llamado chacal, con sus cuerpo igual de musculoso que el de los modelos re revista e incluso sin necesidad de llegar a tal, logró con su aspereza ser acogido por esos hombres que se sintieron atraídos por el significante indómito de la masculinidad tosca, como ingrediente principal de las aventuras del cuerpo y sus humores en interacción-fricción cutánea. Piezas fundamentales: lo adusto, lo austero, rígido y abrupto.

El chacal representa lo que en antropología se conoce como lo crudo, lo mundano, frente a lo cocido, lo etéreo. Las virtudes que invisten a este hombre invitan al regreso a lo básico, a ese momento agónico, terreno, y que sin duda hace referencia al principio dionisiaco del placer. El macho, el adusto del que hablábamos, severo y huraño, es también atractivo sí, por el reto que representa acceder a sus veleidades, ya mencionadas en este espacio y conocidas por algunos. Quizá Allen a esto se refería cuando dijo que el sexo es sucio sólo cuando se hace bien y a esta idea recurren quienes confieren al chacal, debido a su hosquedad, requisito indispensable, cualidades excesivas en materia lasciva. Finalmente lo que se reconoce se hace con base en un ejercicio antitético, negador de lo establecido, del deber ser disfrazado de opción y derecho, propio del modelo metrosexual del hombre.

Eros y Thanatos

Eros y Thanatos

El chacal ha existido desde tiempos remotos sólo que ahora su figura ha cobrado brillo como respuesta a lo dicho y también como forma de acceso a un tipo de goce que otros tiempos y otros espacios estaba configurado de tal manera que no podían estar separados Eros y Tánatos sino que ambos le daban sentido al otro. La idea desde luego va más allá de un acto puramente carnal y ofrece una serie de rasgos que laurean la masculinidad fragosa esbozando tal vez o sentenciando de una vez por todas que el machismo es profundamente homosexual.

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