San lunes, carnaval

Bueno, un año más nos regala este maravilloso mes, marzo. Bien dice el dicho que si febrero es loco, el mes en cuestión lo es otro poco y no es para menos. Sus celebraciones son combinación perfecta de su clima extraño. Para comenzar inauguramos la liturgia de marzo ni más ni menos que con el carnaval, espíritu festivo que posee una tremenda fuerza espiritual al hallarse justo del otro lado de lo etéreo puro y casto. La mundanidad de nuestro festejo es desde luego un recurso del que han echado mano las culturas más diversas bajo la forma de La Fiesta. En realidad nos enfrentamos a un gran momento en el que las energías contenidas pueden liberarse sin mesura. La fiesta ofrece esa gran posibilidad de dar rienda suelta a los instintos más bajos porque es la evocación de la sacralidad terrena. Sí, también los asuntos mórbidos tienen un fin ritual que los eleva por encima de la experiencia cotidiana y los coloca en una piedra sacrifical. No es por nada que Sabines canonizara putas. Los homosexuales del Metro también deberían ser elevados al sitio de los santos. Este mundo que se perfila a la mundanidad simplista, por desgracia, no puede conocer las virtudes mágicas de la fiesta pues al llevar la práctica a lo cotidiano la despoja de todo halo divino. Los disfrutes de lo sagrado, sea etéreo o mundano, no pueden disfrutarse de manera repetitiva casi catatónica, cotidiana o común pues la repetición incesante y acelerada no es una propiedad de lo divino, lo mágico, sino de lo fabril-mercantil. Lo que se disfruta no se hace siempre y a toda hora, eso  lo sabe el arte.

Anuncios