Homosexualidad en Rusia

ImagenLa historia contemporánea de Rusia es sin duda una de las más complejas de aquello que todavía hoy llamamos Occidente, con todos los riesgos, incluso metodológicos, que ello implica.

En tiempos de Lenin, la entonces URSS fue el primer país del mundo en despenalizar la homosexualidad, considerada por aquellos comunistas, como una de las características del ser humano oprimidas por el capitalismo y la Ilustración, su tierra fértil. En aquellos ayeres los homosexuales y las mujeres representaban una vanguardia de transformación radical que significaba entre otras cosas, una liberación de cualquier tipo de jerarquías discriminatorias y una igualdad que no sólo implicaba cuestiones económico laborales. El socialismo de Lenin iba más allá y buscaba una equidad sin precedentes. La mujer representaba un bastión imprescindible en la revolución proletaria, mientras que los homosexuales significaban ese gran paso a la igualdad y el respeto a una diversidad que es motor y materia prima de cualquier cambio, cualquier revolución.

Sin embargo, con la llegada de Stalin al poder las cosas cambiaron de forma también radical. Homosexuales y mujeres vieron perdidos sus avances y se colocaron en un lugar incluso más bajo que el que tenían en la Rusia de los zares. La clase obrera fue orillada a trabajos forzados para enorgullecer a un régimen totalitario que necesitaba hacer frente y demostrar un poderío forzado frente a los avances del capitalismo estadounidense. El pueblo ruso pagó caro la soberbia de Stalin y sus sucesores; aún hoy pagan un alto precio.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la llegada de la Guerra Fría no hizo esperar la batalla de los discursos. Por un lado Estados Unidos amagó con un discurso de libertades individuales de todo tipo, entre las que se encontraban la liberación sexual, la libertad de expresión y el arte contemporáneo como trincheras de un discurso individualista basado en el panóptico de Betham, mediante el cual se reconoció que el ejercicio del poder sobre el sujeto resultaba más efectivo cuando éste era separado de toda colectividad y vigilado en lo individual. Este tipo de control ofrecía individualidades y liberaciones como señuelos para hacerle creer al sujeto que él era dueño de su propia existencia, discurso tras el cual se escondía un nuevo tipo de prisión: el encarcelamiento en uno mismo, pero dentro de un tipo de sociedad estructurada, preestablecida antes de la “decisión” de la individualidad.

A ello el bloque socialista respondió con el endurecimiento de sus leyes y la criminalización de cualquier rasgo de aburguesamiento. La homosexualidad fue considerada desde Stalin una perversión urbano-burguesa, contradicción histórica irreconciliable dado que la homosexualidad no es una fabricación capitalista como la explotación o el sistema de acumulación de capital, ni mucho menos había surgido a partir de entonces. Presente en todo el mundo, en todos los pueblos, tiempos y espacios, la homosexualidad fue reducida a una práctica burguesa por la ignorancia de los conservadores estalinistas, quienes hicieron del socialismo un fascismo rojo. 

Tras la caída del muro de Berlín y la inminente desaparición de la URSS, Rusia se encontró en medio del huracán del neoliberalismo, que arrasó con lo que pudo pero fue incapaz de introducir su discurso de libertades individuales, que con mucho éxito introdujo en todo Occidente. El conservadurismo estalinista se unió entonces con la iglesia ortodoxa para controlar a uno de los países más grandes del mundo y someterlos al absolutismo, ahora completo. La iglesia ortodoxa vio con buenos ojos la represión a la homosexualidad y desde entonces ha sido piedra angular del apoyo que brinda a los gobiernos de aquel país que vive desde entonces en crisis económicas, políticas y sociales de todo tipo. 
En contraste, en los países europeos que formaron parte de la URSS, parecen tener posturas distintas respecto a la homosexualidad y a otro temas. Hoy, por ejemplo en Praga, se puede disfrutar de la vida sofisticada de la que gozan en ciudades  como París, con cafés en las calles, porno en Internet y jóvenes que exigen carros nuevos a sus padres, que nunca supieron lo que era tener un auto propio.

Es así como Stalin ha dejado una profunda herida en un país que se debate entre una población que vive en el pasado y otra que quiere entrar de lleno al progresismo sin tener más referencias que los diarios extranjeros. 

En 1917 la revolución bolchevique tuvo como uno de sus principales objetivos, acabar con los abusos de los zares, que tenían a Rusia sumida en el retraso. Por aquellos años era el único país donde todavía se utilizaba el arado de tierra, mientras que en resto de Europa ya era común el uso de tractores. Hoy parece ser que ciertos sectores del pueblo ruso se percatan que la tiranía se repite, casi 100 años después. Una Rusia que está al margen de la ola de avances sociales y que pareciera ir hacia atrás, como México con el regreso del PRI, pero allá en manos de Putin y ese fantasma que recorre Rusia, el venenoso fantasma del estalinismo.

Gay o no gay. La culturización de la política. La teoría queer al cadalso

El traje nuevo del rey…

Sumado al desprecio por la macha del orgullo, como una expresión anquilosada, que además no refleja la nueva homosexualidad en la sociedad de consumo, e incluso no representa a muchos homosexuales, nos encontramos con que muchos homosexuales consideran que defender la homosexualidad es una causa infructuosa, es decir, que pareciera no tener importancia pues ellos mismos suponen que la lucha de la marcha, por ejemplo, reduce la homosexualidad a su genitalidad. La excesiva carga sexual que envuelve a la marcha del orgullo ha provocado reacciones adversas de hombres y mujeres homosexuales que pugnan por la desestigmatización de la homosexualidad como promiscuidad, que a su parecer, es reflejada de manera grotesca durante esta manifestación.

El rechazo a la marcha es también el rechazo a la concepción de una homosexualidad superficial que pareciera importarle sólo el sexo, las compras, fiestas, drogas y el cuidado personal. Para estos homosexuales, la marcha representa todo aquello que deberíamos rebasar en pos de una inclusión efectiva. Así pues, en realidad no se hace un rechazo a la marcha como tal, sino al concepto y la simbología que acompaña al término. Pero no se trata de un repudio a la homosexualidad, y quizá en última instancia tampoco se trate de un rechazo a lo gay, al gay life style del que ya hemos hablado, sino más bien se busca erradicar esos aspectos negativos a una homosexualidad que busca ser participativa de las sociedades de consumo.

Estos homosexuales lo que buscan es exaltar su orientación sexual y por encima de ella, el gay life style como un elemento implicado en el desarrollo del capitalismo, uno de sus motores. Al respecto se ha escrito ya literatura que menciona, por ejemplo, cómo los homosexuales salvaron a la sociedad estadounidense[1]. Ahora, mediante la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo, cada vez más creciente en países de todo el mundo, se abre la puerta para exigir la participación de los homosexuales en la vida económica del planeta a través de la inclusión de campañas publicitarias, productos, servicios y atención especial a los nichos de mercado LGBT que representan ya en sí, una parte muy importante de las economías mundiales. En México, la derrama económica de este segmento deja ganancias superiores a los 5,000 millones de dólares al año, cifra nada despreciable. Según una publicación que aparece citada  la nota en el diario mexicano El Financiero, los homosexuales son más proclives a superarse en cuanto a su imagen y nivel de vida, acuden a más eventos culturales, comen más en restaurantes, están más al tanto de la moda, marcan tendencias y viajan con mayor frecuencia al extranjero [2]. Los homosexuales son considerados una variante del consumidor del siglo XXI, un impulsor emergente de la economía global. Sin embargo, este fenómeno ha provocado que se construya un tipo ideal de homosexual, un modelo aspiracional, término publicitario, que acapare los esfuerzos del homosexual de a pie para ser alcanzado.

La participación activa de los homosexuales en la industria turística a nivel mundial, empuja a gobiernos locales y nacionales, a generar políticas públicas de inclusión y defensa de derechos de este segmento. La derrama multimillonaria que dejan los homosexuales en los países que visitan, es un atractivo para las economías de muchos países desarrollados y en vías de desarrollo. De acuerdo con la nota, Alfonso Barquín, presidente de la agencia Global Travel Reps, este segmento siempre viaja, a pesar de recesiones, lo que supone ya una tendencia hacia el hedonismo propio de la sociedad de consumo y que es aprovechado por este sujeto antes condenado al silencio. En una nota del diario Excélsior, una reportera entrevista a una mujer homosexual, la cual hace mención de las ventajas del mercado LGBT y remata con una frase que contiene el discurso al que apelan los detractores de la marcha y los defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo y el pink market; dice: “En otros países hay pueblos dedicados a ese negocio,  hay muchos lugares como Canadá donde hay hoteles gay, bodas gay, es todo tan gay… Es gay con clase, no de carnaval”[3]. La contención, la mesura, el desdibujamiento no del presunto carácter festivo del homosexual, sino la adecuación, adaptación y la instrucción simbólica, el adiestramiento hacia la nueva homosexualidad en el capitalismo. No es instruir de manera directa, sino dirigir mediante la seducción.

Sin embargo, es preciso reconocer que el rechazo a la marcha, a la homosexualidad no sujeta a la moral capitalista de los placeres ordenados, es una postura política a favor de la ciudadanía participativa del modelo liberal de las sociedades actuales. No es la búsqueda de La inclusión social, sino la búsqueda de la inclusión a Esta sociedad, con sus normas y propósitos. Estamos ante la anulación del conflicto en pos de la participación colectiva de los homosexuales en la sociedad liberal. Para éstos, no hay más hostilidad por parte de la sociedad dada la pujante inclusión que gozan gracias a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, el ofrecimiento de bienes y servicios especializados, producto del auge del mercado rosa, así como de políticas públicas y tolerancia en sectores bien definidos como barrios gays, la moda, el arte, la publicidad y en menor medida los ambientes universitarios, que contrario a lo que se creería, son espacios donde la homofobia está presente y no en grados mínimos.

Esta etapa del capitalismo busca desvanecer al sujeto para hacer posible su libre elección y la tolerante multiculturalidad. Es el extrañamiento de un mundo de vida particular, es un ser arrancado de sus propias raíces. Se dirá que dejar a un lado la homosexualidad es el ideal de toda lucha homosexual, para así, crear y formar parte de una sociedad más justa, como menciona la teoría queer cuando hace una crítica a lo gay para dar paso a distintas identidades y clasificaciones que nacen y se agotan a partir de la relación genitalista del sujeto; no obstante, el problema es que no se busca erradicar la homosexualidad como si se tratase del Muro de Berlín, sino de anular todos los rasgos que acompañan a ese sujeto que es homosexual; es decir, con raíces no se hace referencia a su homosexualidad, sino a su procedencia, su historia de vida, su condición económica; en una palabra, religión, color: su clase social. No es lo mismo formar parte de los homosexuales derechohabientes del liberalismo cuando se es publicista blanco en Nueva York, Estados Unidos, que cuando se es estilista transexual en un barrio pobre de Lima, Perú. Y podría decirse que no importa qué se pierda o qué se haga a un lado en pos de la sociedad multicultural, ya que ésta es proveedora de derechos: igualdad y libertad, pero olvidamos que en realidad no se trata de una discusión que esté al nivel de la cultura, sino a nivel de la política. Esa supresión, más bien, Esta abolición de Esa homosexualidad tiene como objetivo no manifiesto sumar afiliados al proyecto capitalista de una sociedad global, con las ya sabidas consecuencias que ello implica. Cuando hablamos de abolición de la homosexualidad en pos de una sociedad tolerante e incluyente, en realidad lo que se busca es participar, ¡como ciudadano! De las actuales formas de explotación, racismo y devastación planetaria.

La refutación a este argumento es que aún sin la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y el descubrimiento del llamado mercado rosa, los homosexuales participan, como cualquier otro, en los procesos de dominación y de producción capitalistas. Sin embargo, es preciso recordar que existe una diferencia sustancial entre participar de ello como parte de una formación del sujeto, es decir, porque nació en una sociedad capitalista y es lo único que conoce o aún cuando hubiera nacido en un país socialista y conozca de capitalismo por la televisión estadounidense o los turistas extranjeros, por un lado; y por el otro, asumir un papel de impulsor no sólo de estos procesos, sino de la artillería fetichista y alienante del capitalismo. Y ni siquiera el sujeto reconoce su participación activa como promotor del modo de producción capitalista; él simplemente está a favor de una sociedad más tolerante, incluyente y que brinde mayores oportunidades; el sujeto piensa en una sociedad multicultural. Para Slavoj Žižek, el sujeto libre de elección, en su tolerante y multicultural significado occidental, puede surgir sólo como resultado de un violento proceso de extrañamiento de un mundo de vida particular, de un ser arrancado de las propias raíces[4]. Desde luego, no es que las categorías homosexual y gay sean consideradas aquí como rasgos culturales, sino que debe comprenderse que es desde esta particularidad de un sujeto, de la que se quiere partir para buscar la anulación del conflicto real y esterilizar cualquier posibilidad de reconocimiento de éste mediante la culturalización de la política, que tiene como objetivo legitimar los procesos capitalistas de explotación, tales como las reformas laborales, la minería a cielo abierto, el avance de las manchas urbanas, el desarrollo tecnológico y otras.

Cuando un homosexual se deslinda de ser considerado como gay u homosexual, puede que él suponga que no quiere ser relacionado con los referentes simbólicos que están alrededor de ambos conceptos para hacer evidente que la discriminación no debería recaer en él pues es un hombre o mujer productivos, responsable, sin vicios y otros talentos. Y esa consideración no supone, desde luego, que el sujeto forme parte de algún plan macabro, ¡una conspiración!, para dominar el mundo. Tampoco es considerar esos referentes como una oposición a las mencionadas relaciones de explotación. El juego de este concreto radica en cuáles son los componentes atravesados por los discursos de poder que en algún momento tienen como resultado la consolidación del poder capitalista.


[1] Cathy Crimmins, Cómo los homosexuales salvaron al mundo, México, Diana, 2007.

[2] Diario El Financiero, Nota del día 6 de agosto de 2012. http://www.elfinanciero.com.mx/item/32780/26

[4]Slavoj Žižek, Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Buenos Aires, Paidós, 2009, p 176.