5 de mayo

Hay algo que no termino de comprender acerca de la famosa Batalla de Puebla. En la primaria me dijeron que esta lucha patriótica había sido para defendernos de la invasión francesa… Y desde ahí comenzó a gestarse en lo más profundo de mi ego, un tipo de rencor o quizá nostalgia de lo irreal acerca de este evento.

México es un país de los llamados multiculturales, término que se utiliza en algunos sectores académicos de las ciencias sociales para nombrar a aquellos que cuentan con una variedad considerable de pueblos interactuando en un mismo territorio, así como influencias muy diversas en el sentido de las cosmovisiones, las costumbres, etc. Claro que nuestros países latinoamericanos con su riquísima historia, tienen un sin fin de sincretismos únicos en el mundo. No hay que olvidar que el mestizaje de siglos ha dado muy buenos frutos en todos los aspectos que envuelven a la cultura.

Ahora bien, si las cosas son como las han planteado, entonces hay un problema. Está bien, quizá, que se defienda a una nación de influencias extranjeras en la medida de lo posible. Muchos presumen de un mundo globalizado (lo que sea que eso signifique puntualmente). Lo que me preocupa es esa discriminación que se ha hecho de las influencias. Por ejemplo, en el caso mexicano, yo no me atrevería a hablar de un nacionalismo sin elementos europeos e indígenas. Entonces, si se defendió al país de la invasión francesa, ¿qué quedó? Terrible; en lugar de haber sido los franceses, fueron los estadounidenses. Y nada pudo salir peor.

Yo hubiera preferido mil veces ver en las mesas de todo México, una botella de vino acompañando los alimentos y no ese brebaje de cañería llamado Coca Cola. Y qué pasaría si en lugar de hamburguesas fueran croissants o en lugar de meternos el inglés (no británico, sino gringo) hasta en la sopa, en las primarias más recónditas enseñaran francés como una buena opción. No sé usted, estimado lector, pero yo hubiese preferido la moda francesa a esa manera tan burda de vestir, muy al estilo de las fundas para autos, que tienen los estadounidenses y que toma cada vez más auge en el país.

Si nada se puso hacer ante la conquista española, es decir, si ya nos habíamos equivocado una vez tuvimos la oportunidad de reivindicarnos con la historia aceptando un poco de la cultura de un país que sí sabe a Europa. Porque a mí no me engañan, España no se ha distinguido ser un país de letras, ciencia y filosofía. Es más, los entonces reinos de Europa, le aplicaron la de “los espejitos” a España con todas las riquezas que se robaron de aquí. España no se quedó con casi nada de lo extraído y uno puede ver lo que el resto del continente logró y sigue logrando con lo que le llevaron hasta sus manos en bandeja de plata.

No tengo nada contra España, su idioma me fascina y qué curioso, así como han sucedido las cosas, lo defiendo por encima del inglés a ultranza. Tal vez si fuera el inglés británico no habría tanto problema pero, ¿hablar inglés hamburgueser0? No, gracias. El chiste es que creo que algo pudimos aventajar con la invasión francesa; luego los expulsábamos y listo, ja. Pero con los estadounidenses no es tan fácil, su invasión es muy refinada (pese a lo burdo de su cultura) y es más difícil de quitar que el salitre de las paredes. Dicen que no es invasión, sino parte de la globalización pero a quién quieren engañar, hay hoy cientos de países en el mundo a los que no les interesa en lo absoluto lo que Estados Unidos pudiera “ofrecerles”.

El asunto es que desaprovechamos una oportunidad de oro para poder sentirnos más cerca de Chanel, Burdeos y en sentido personal, de mi querido y adorado Michel Foucault.

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