San lunes, el gran ausente

La euforia ha terminado por suplir a la felicidad. El fervor con que millones se desbordan al festejo dirigido del 14 de febrero, que emula barato lo que se ve en las cintas más comerciales como muestras de amor y demás. La clásica cena, el cine, la caminata al atardecer y todos los ejemplos que utilizan los mortales para guiarse este día le han quitado cualquier rastro de dignidad a la ocasión ya de por sí vejada, quizá desde sus inicios.

Una sociedad que grita en un día cualquiera lo que no se atreve a demostrar el resto del año hacen de este día un tema preocupante, quizá porque sólo hoy lo hacen de esa manera y peor aún, porque quizá no encuentren la forma de expresarse por otros medios que no sean los materiales o vivenciales sesgados por la propaganda cinematográfica estadounidense. ¿Tan poca es la creatividad humana? No lo creo, y apoyo a todos aquellos que por cualquier motivo hacen frente a estos festejos porque han reconocido en ellos algo que se pierde, y no es que sea malo festejar al amor o la amistad, pero tales acotamientos en cuanto a los cómo son los que inquietan a cada vez más gente. Por desgracia, el simple hecho de mencionar “feliz día de San Valentín” ya lleva una carga simbólica mercantil de la que el enunciado no puede librarse. En todo caso no debería culparse a los detractores de la fecha, sino a la publicidad que lo que toca corrompe. Quizá por eso en las cintas respetables se cuida que no aparezca ningún logotipo de ninguna marca para no viciar lo que es espectador admira. Y es que el cine, como el amor, son idilios que no pueden ser perturbados por las campañas publicitarias que inundan la vida cotidiana. El cine y el amor son dos actos de escapismo.

Expresar las emociones sólo cuando se tiene permitido hacerlo es uno de los actos más alarmantes para una sociedad pues además de que se les dicta cuándo, también se les dice cómo y dónde hacerlo. El peligro es la normalización; esta fecha ha devenido una suerte de juridización, algo así como la militarización de las emociones, que recibe y obedece órdenes de cómo y qué hacer.

La inocencia y la ingenuidad de millones que anhelan expresarse no debería ser motivo para reducir su necesidad o gusto por exclamar un te amo de manera tan cooptada como en esta ocasión. Quienes creen, no saben lo que hay detrás o se niegan a aceptarlo e incluso no les importa, ellos quieren hablar, ser escuchados. En realidad puede ser que no les importen las consecuencias en términos de voluntad de sus actos pues para ellos, los socavados, les basta y sobra con expresarse así. Han sido imposibilitados y ellos han aceptado que algún poder los sobaje de tal modo que les impida cualquier demostración fuera de sus normas, sus leyes. Es lo que podríamos llamar una suerte de suspiro en la agonía.

Otro discurso errado es el que habla acerca de la posibilidad de la existencia del amor sin violencia. En realidad el enunciado pretende eliminar las cotas de agresión física y verbal en una relación amorosa en pos de una tranquilidad quieta, semejante a las aguas mansas, inmóviles, que se pueden apreciar en algún momento dado en un lago, en una cisterna o tinaco. Pero la sola idea de pretender una relación tranquila, despoja de ella su ars amoroso. Violencia es exceso, desborde, intensidad, significantes nada despreciables cuando se habla de amor. Estos actos que le son inherentes, no pueden ser controlados a voluntad plena de la persona y por lo tanto, su tratamiento no puede pretender en ningún momento su acotación ya que ello equivaldría a un baile sin esmero, como hacen las academias de baile, muchas de ellas, que sólo enseñan a marcar los pasos, a mover el cuerpo siguiendo una lista de movimientos y nada más. Las obras de arte que han perdurado fueron hechas con amor, es decir, con una pasión tal que en muchos casos llevaron a sus creadores al borde de la muerte, de manera literal, entregándose a tales niveles que renunciaron a la calma y la mesura, poniendo en riesgo su vida. Así se ama, y como dice el poeta, si no se ama demasiado, no se ama suficiente. Es por eso que las relaciones amorosas son complicadas, más si tomamos en cuenta que por definición, son dispares, es decir, ninguno de los dos puede amar con la misma intensidad y de la misma manera que el otro y convivir con ello puede parecer complicado, quizá holgazán. Una sociedad que privilegia la simpleza, la poca capacidad de enfrentar retos, muy probablemente no soporte una relación amorosa cuando la tenga enfrente y por ello prefiera un amor “sin violencia”. El abandono es un sentimiento de época igual que la holganza.

El amor muere en manos del liberalismo. No puede existir en una sociedad que privilegia las relaciones mercantiles a las relaciones humanas.

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