Homosexualidad en Rusia

ImagenLa historia contemporánea de Rusia es sin duda una de las más complejas de aquello que todavía hoy llamamos Occidente, con todos los riesgos, incluso metodológicos, que ello implica.

En tiempos de Lenin, la entonces URSS fue el primer país del mundo en despenalizar la homosexualidad, considerada por aquellos comunistas, como una de las características del ser humano oprimidas por el capitalismo y la Ilustración, su tierra fértil. En aquellos ayeres los homosexuales y las mujeres representaban una vanguardia de transformación radical que significaba entre otras cosas, una liberación de cualquier tipo de jerarquías discriminatorias y una igualdad que no sólo implicaba cuestiones económico laborales. El socialismo de Lenin iba más allá y buscaba una equidad sin precedentes. La mujer representaba un bastión imprescindible en la revolución proletaria, mientras que los homosexuales significaban ese gran paso a la igualdad y el respeto a una diversidad que es motor y materia prima de cualquier cambio, cualquier revolución.

Sin embargo, con la llegada de Stalin al poder las cosas cambiaron de forma también radical. Homosexuales y mujeres vieron perdidos sus avances y se colocaron en un lugar incluso más bajo que el que tenían en la Rusia de los zares. La clase obrera fue orillada a trabajos forzados para enorgullecer a un régimen totalitario que necesitaba hacer frente y demostrar un poderío forzado frente a los avances del capitalismo estadounidense. El pueblo ruso pagó caro la soberbia de Stalin y sus sucesores; aún hoy pagan un alto precio.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la llegada de la Guerra Fría no hizo esperar la batalla de los discursos. Por un lado Estados Unidos amagó con un discurso de libertades individuales de todo tipo, entre las que se encontraban la liberación sexual, la libertad de expresión y el arte contemporáneo como trincheras de un discurso individualista basado en el panóptico de Betham, mediante el cual se reconoció que el ejercicio del poder sobre el sujeto resultaba más efectivo cuando éste era separado de toda colectividad y vigilado en lo individual. Este tipo de control ofrecía individualidades y liberaciones como señuelos para hacerle creer al sujeto que él era dueño de su propia existencia, discurso tras el cual se escondía un nuevo tipo de prisión: el encarcelamiento en uno mismo, pero dentro de un tipo de sociedad estructurada, preestablecida antes de la “decisión” de la individualidad.

A ello el bloque socialista respondió con el endurecimiento de sus leyes y la criminalización de cualquier rasgo de aburguesamiento. La homosexualidad fue considerada desde Stalin una perversión urbano-burguesa, contradicción histórica irreconciliable dado que la homosexualidad no es una fabricación capitalista como la explotación o el sistema de acumulación de capital, ni mucho menos había surgido a partir de entonces. Presente en todo el mundo, en todos los pueblos, tiempos y espacios, la homosexualidad fue reducida a una práctica burguesa por la ignorancia de los conservadores estalinistas, quienes hicieron del socialismo un fascismo rojo. 

Tras la caída del muro de Berlín y la inminente desaparición de la URSS, Rusia se encontró en medio del huracán del neoliberalismo, que arrasó con lo que pudo pero fue incapaz de introducir su discurso de libertades individuales, que con mucho éxito introdujo en todo Occidente. El conservadurismo estalinista se unió entonces con la iglesia ortodoxa para controlar a uno de los países más grandes del mundo y someterlos al absolutismo, ahora completo. La iglesia ortodoxa vio con buenos ojos la represión a la homosexualidad y desde entonces ha sido piedra angular del apoyo que brinda a los gobiernos de aquel país que vive desde entonces en crisis económicas, políticas y sociales de todo tipo. 
En contraste, en los países europeos que formaron parte de la URSS, parecen tener posturas distintas respecto a la homosexualidad y a otro temas. Hoy, por ejemplo en Praga, se puede disfrutar de la vida sofisticada de la que gozan en ciudades  como París, con cafés en las calles, porno en Internet y jóvenes que exigen carros nuevos a sus padres, que nunca supieron lo que era tener un auto propio.

Es así como Stalin ha dejado una profunda herida en un país que se debate entre una población que vive en el pasado y otra que quiere entrar de lleno al progresismo sin tener más referencias que los diarios extranjeros. 

En 1917 la revolución bolchevique tuvo como uno de sus principales objetivos, acabar con los abusos de los zares, que tenían a Rusia sumida en el retraso. Por aquellos años era el único país donde todavía se utilizaba el arado de tierra, mientras que en resto de Europa ya era común el uso de tractores. Hoy parece ser que ciertos sectores del pueblo ruso se percatan que la tiranía se repite, casi 100 años después. Una Rusia que está al margen de la ola de avances sociales y que pareciera ir hacia atrás, como México con el regreso del PRI, pero allá en manos de Putin y ese fantasma que recorre Rusia, el venenoso fantasma del estalinismo.

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El pleito por México

Todo comenzó con el incidente que meses atrás, puso a temblar a la Secretaria de desarrollo social Rosario Robles, debido al escándalo protagonizado por funcionarios de la secretaría a su cargo, en el estado de Veracruz. Una serie de audios mostraban cómo operaban funcionarios estatales y de la SEDESO local, para incidir en las elecciones locales mediante la adhesión de los beneficiaros de programas sociales al PRI.

Semanas más tarde, se supo que el PAN ya no contaba con el número de afiliados suficientes para mantener su registro como partido pero autoridades competentes y medios de comunicación hicieron caso omiso de esta aseveración, entonces expuesta por un investigador de quien se dijo era cercano al PRI.
La jornada electoral del domingo pasado, nos ofrece un panorama de la situación política, pero también de las condiciones económicas en las que viven millones de mexicanos que por necesidad son presas de la rapiña electoral que busca comprar sus votos a cambio de una despensa.

Las alianzas entre PAN y PRD, la maquinaria del PRI operando mediante la coacción del voto y un sospechoso candidato felino que invitaba a votar por él en un estado donde impera la inconformidad hacia el PRI pero con uno de los votos duros más sólidos del país, son indicadores de una clase polítca despreocupada por el acontecer nacional y preocupada por sus cotos de poder y de acceso a los recursos públicos.

Quema de casillas, el asesinato de un joven que grababa la entrega de despensas, la invalidación del PREP en Baja California, la violencia, el abstencionismo y la ingerencia de gobernadores en los procesos electorales, son la mezcla perfecta para reconocer que en nuestro país la pobreza y el hambre son botines electorales de quienes no buscan contender por el país, sino para salir de su propia pobreza despachándose con la cuchara grande de la corrupción y la impunidad.

Se habla de un acuerdo político en Baja California para que no se vea afectado el Pacto Por México y se sigan aprobando las reformas estructurales que tanto le preocupan a la estructura oligárquica y explotadora de este país, ese grupo de familias adineradas insaciables, que necesitan más y más para poder sostener esa mentira que les hace creer que quien más tiene vale más.

Entre vendedores ambulantes te veas…

¿Qué es la homofobia?

 

La definición del diccionario de la RAE nos dice que se trata de la aversión obsesiva hacia las personas homosexuales, lo que quiere decir que hay algo en ella que tiene que ver directamente con algún transtorno psicológico que padece aquel que no puede convivir con personas homosexuales. Este tipo de padecimientos, la obsesión, se presenta como una perturbación anímica producida por una idea fija, que no es sino una reacción, una válvula de escape, de algo que está escondido dentro de la persona y que sale, se desplaza, a través de la homofobia. Se trata de un asalto a la mente, un secuestro a la tranquilidad.

Por otro lado, la homofobia también es considerada una reacción propia de quienes tienen frente a sí mismos un cuadro poco usual para los hombres, que se ven desarmados cuando otro hombre trata de seducirlos. El  miedo radica en que es un par quien se da a la tarea de la seducción, rompiendo toda normatividad acerca del cortejo, que dicta que es el hombre quien debe conquistar a la mujer. El cazador, se vuelve presa. De la mano viene otra concepción, en la que la homofobia es considerada la renuencia de un hombre, seguramente machista, a encontrarse en la situación en que él mismo ha puesto a tantas mujeres cuando les lanza piropos, por ejemplo. Aquí, el homofóbico no soporta la idea de ser él quien se encuentre ahora en circunstancias similares a las que se encuentra una mujer cuando éste trata de seducirla contra su voluntad. Desarmado, el homofóbico se reconoce vulnerable y reacciona, entonces, violento.

Pero también existen mujeres homofóbicas, quienes al momento de esgrimir una acción de homofobia, están reconociendo de facto la inferioridad de un homosexual frente a un varón heterosexual que es superior. Entonces, la mujer homofóbica se discrimina a ella misma, pues los valores que sirven para discriminar a un homosexual, han sido los mismos que se han utilizado para aludir a una presunta inferioridad de la mujer ante el hombre: delicadeza, fragilidad, etc., aunque ni homosexuales ni mujeres posean tales características por el simple hecho de serlo. Una mujer homofóbica se discrimina a ella misma, acepta su propia inferioridad.

Desde muchos ángulos la homofobia es un padecimiento, una desdicha, que sufren aquellos que no pueden aceptar la diferencia, la ambigüedad. Para ellos, la vida debe ser monolítica, unívoca, homogénea. Este tipo de pensamiento lo encontramos también en posturas políticas conservadoras, que no soportan la idea de cambio, transformación. Buscan que las cosas se mantengan como están y frenan cualquier signo de desarrollo o señal que implique algún tipo de variación,  como si la vida y la historia fueran estáticas, inmóviles. Niegan los principios básicos del mundo: alzamiento, rebelión; en fin, movimiento.

La homofobia es también un síntoma. Basta conocer un poco el perfil del homofóbico para saber que no es sólo odio o miedo lo que siente, sin que es el resultado de una serie de principios y valores que están inscritos en la propia cultura de Occidente moderno. La homofobia es sólo la focalización de un problema más complejo y más profundo. La homofobia no es el punto de origen, es tal vez sólo un punto de quiebre, de inflexión. En ese sentido no se trata de cuestionar la homofobia, sino la cultura que la hace posible. Mas sobre la pregunta ¿qué hacer con la homofobia, cómo atacarla? Tal vez sería conveniente, en lugar de tratar de educar a la ignorancia, brindar herramientas de defensa a los agraviados; es decir, dejar a un lado el paternalismo que supone que el discriminado es, en efecto, incapaz de defenderse. Muchas fracciones del activismo gay hoy en día son más discriminatorias al momento de querer esconder, en una especie de apartheid proteccionista para homosexuales, a aquellos que son segregados. Mientras exista un activismo proteccionista, no habrá una verdadera lucha contra la homofobia.

Es una pena que en pleno siglo XXI aún veamos esas manifestaciones de desprecio a la vitalidad del mundo y de la humanidad. Pero quizá pronto recordemos ésta con la burla con que miramos a aquellos que creían que la Tierra era plana y el centro del universo y del sistema solar. Porque la homofobia es miedo a la otredad, a lo diferente. Es suponer que es mejor el desierto estéril, a la selva pletórica de savia.

Ciberbullying, infancia y educación

Ciber bullying

Este día se celebra en México el “día de la infancia”, ocasión que nos permite reflexionar acerca del entorno actual en el que se desenvuelven los niños.

Las condiciones económicas y laborales han instigado a padres y madres a salir en busca de trabajos para satisfacer la demanda de bienes y servicios básicos que requiere en la actualidad una familia promedio. Como consecuencia de ello, la creciente desatención de los hijos y el ensanchamiento de la posibilidad de acceso a Internet, han propiciado el aumento de escenarios en los que los infantes acceden a información sin restricciones pero también desinformados.

La infancia atraviesa por un protagonismo social del que no había sido objeto en siglos anteriores. Ha sido hasta nuestros días que se ha puesto atención en ella por distintos motivos. Las campañas de protección al medio ambiente, responsabilidad social y cuidado de la salud, han virado hacia este público objetivo que permaneció en el anonimato durante siglos.

Fenómeno curioso es que a la par del crecimiento de la desatención paterna, surgen por todas partes cursos, talleres, clases de artes, deportes y otras disciplinas. Millones de niños son inscritos para sumar a su currículum infantil habilidades adquiridas en muchas ocasiones a capricho de los padres y en otras, por el reconocimiento de talentos innatos. El punto central es que, en muchas ocasiones, los padres inscriben a sus hijos a estas actividades en el marco de un espíritu competitivo del que ellos forman parte en su vida cotidiana y laboral. La cultura de las acreditaciones, certificaciones y calificaciones de nuestra sociedad en los ámbitos educativo y laboral, ha propiciado que muchos padres vean en sus hijos una oportunidad, incluso, de sumar a sus propios logros los de sus hijos. Para ello echan mano de estas actividades, durante el día, después de la escuela, en fines de semana y en vacaciones. Pero por otro lado, han surgido por doquier cientos de técnicas educativas para desarrollar habilidades de todo tipo en los infantes del siglo XXI. La formación de los niños como personas de éxito, sometidos desde temprana edad a las exigencias del mundo adulto, generan en ellos alto estrés, que pocas veces es concientizado y reconocido por los padres y por muchos profesionistas especialistas en el comportamiento humano y en educación.

La llamada cultura de la competitividad, de la mano de programas educativos basados en competencias, han favorecido la aparición de conductas que no se tenían hasta hace poco más o menos 10 años, al menos en México. Desde luego, no es que la competitividad sea perjudicial por sí misma, sino que la forma en que se ha interpretado en la sociedad actual, utilizando como base el individualismo, y por ende la búsqueda de una ascendencia económica individual antes que colectiva, en la que hay vencedores y vencidos, no puede tener como resultado, en los menores, otro fenómeno que no sea, por ejemplo el bullying, que no es otra cosa que la válvula de escape con que cuentan éstos para expresar una disconformidad con el mundo que les rodea.

En este mismo sentido, y sobre el sistema educativo basado en competencias, es preciso reconocer que hay en él aspectos que deben atenderse de manera urgente, entre los que destacan, por ejemplo, su tendencia economicista enfocada a la producción y al alto rendimiento. México cuenta con un Sistema Nacional de Competencias, que se enfoca en relaciones económico laborales, pero que sin duda, y así lo menciona en su primer párrafo, debe ser impulsado desde los inicios de la formación del sujeto: la educación en la infancia.

Sumado a ello, y centrados ya en el fenómeno del bullying, nos encontramos pues con niños que presentan altos niveles de estrés, que están formándose como especialistas en determinadas labores, desde niños. Infantes que acuden a cursos de todo tipo y que son educados bajo las normas especializadas de técnicas de aprendizaje que explotan sus habilidades pero no atienden al proceso que las genera, lo que de entrada es ya una falla en la comprensión y ejecución de las mismas. Ante esta situación, es preciso reconocer que el problema no está en la conducta de los niños, o que ésta es más bien el resultado de todo un entramado social que surte su efecto, atraviesa, a todos y a los niños en particular.

Internet, las redes sociales, no propician por ellas mismas estas conductas, sino que, como medios de comunicación y difusión, cumplen con su función social.  Lo que hay que cuestionar no es el papel de estos en el tejido social de este fenómeno, sino cuáles son las condiciones sociales imperantes en nuestra sociedad, que favorecen el nacimiento de tales o cuales formas de expresión. Es decir, no la difusión masiva del bullying en redes sociales, sino el por qué, quiénes son y qué motiva a ciertas personas, niños en este caso, a utilizar estos medios para propagar aquello que ya está inserto y que sólo busca la manera de abrirse paso para salir a la luz pública. La pregunta es, qué está archivado en la nube social, a la espera de ser descargado en los dispositivos móviles de la cultura.

Tenemos niños estresados por una educación basada en la especialización y la competitividad, al tiempo que es una infancia sobreinformada, sin las herramientas de formación del conocimiento para afrontarlas, asimilarlas. Nuestra sociedad debe recapacitar acerca de lo que espera de sus niños, ya que los modelos actuales están generando la existencia de problemas que no se comprenden en su compleja magnitud y que comienzan a poner en jaque a la infancia  de todo el mundo.

San Valentín

Como todas las mañanas, me subí al autobús que me lleva al trabajo, el famoso “Puma”, que desde hace más de 30 años brinda un servicio de dormitorio ambulante de reclinables asientos del centro Xochimilco a C.U. El trayecto se presta para “echarse una pestañita”, recurso Universitario para los que duermen tarde y se despiertan temprano.

Me gusta ir del lado de la ventanilla, tengo complejo de perro en carretera. Casi nunca pasa algo extraordinario pero justo hoy ocurrió algo que capta la esencia mágica de este día.

Dentro del autobús comenzaban a verse, conforme iba subiendo más gente, globos, osos de peluche, regalos y corazones multicolor que anunciaban la felicidad más chillante que se puede imaginar para demostrar afecto; no obstante, las escenas eran hasta cierto grado enternecedoras, casi misericordiosas. No me faltaron ganas para regalarle a los regaladores de globos algunos centavos para completar la comida romántica de alguna feliz pareja de enamorados. No lo hice porque quizá se ofenderían y no era mi intención romper por ningún motivo el idilio, y mucho menos que creyeran que soy como uno de esos programas de televisión abierta que regalan cenas de enamorados a la pareja que lleve el disfraz más ridículo o algo similar.

En fin, continúo. A un lado del “Puma”, se orilla un taxi; espera unos segundos y no pasa nada, hasta que la pasajera, en la parte de atrás del vehículo, abre la puerta para descender y ocurre la tragedia. Justo cuando abría la puerta, una señora vivaz, a la que se le hacía tarde para llevar a su hija a la escuela, se metió entre el taxi y el autobús, con su motocicleta de batalla. La mujer y la niña salieron volando (tampoco tanto) una contra el taxi y otra de plano contra el suelo, como si fuera Juan Pablo II la primera vez que vino a México. Desde luego ninguna de las dos traía casco. La jovencita, una adolescente entusiasmada por el furor del 14 de febrero, se baja con regalo y globos en mano para contemplar lo ocurrido pero en ningún momento emite palabra o gesto alguno: se queda perpleja y a ratos logra esbozar algún guiño de preocupación forzada para mostrar algo de interés en la escena, pero ahí no acaba todo. De repende, después de incorporarse, la mamá y su hija parecen comprender su parte en el asunto, cuando la jovenzuela trata de cerrar la puerta y no se puede porque el impacto de la moto la descuadró. En ese momento el chofer del taxi se baja para revisar los daños a su nave y la muchacha continúa en mutis, sin saber qué hacer. La señora comienza a reclamarle injustificadamente al taxista, la niña llora, el taxista le explica que él no tuvo nada que ver, la muchacha en mutis y el pollito pío…

La señora, gritando, le reclama al taxista por no poner sus intermitentes, punto para la señora, pero el nada listo taxista no alcanza a comprender que la señora cometió una falta al meterse entre dos automóviles, pues se supone que las motocicletas deben circular en un carril, como cualquier otro auto, además de no portar casco ni para ella ni para la menor, delito que ya no sólo es del orden de lo vehicular. Si me preguntan, yo le hubiera echado al DIF a la señora, por exponer a esa criatura de esa forma tan irresponsable.

Total que la señora y el taxista seguían haciéndose de palabras y la muchacha ahí como no queriendo sólo hacía su guiño de preocupación pero no decía absolutamente nada. Y usted se preguntará finalmente, ¿quién tuvo la culpa? ¡Exacto! La tonta que cree en el amor.

Giorgio Agamben, ¿Qué es lo contemporáneo? Fragmento

Aquellos que son verdaderamente contemporáneos, que en realidad pertenecen a su tiempo, son aquellos quienes no coinciden perfectamente con él ni se ajustan a sus pretensiones. Son por ello, en este sentido, irrelevantes (no actuales); pero, justamente por ello, justamente a través de esta diferencia y de este anacronismo, son capaces más que los demás de percibir y entender su tiempo. Aquellos que coinciden completamente con la época, que concuerdan en cualquier punto con ella, no son contemporáneos pues, precisamente por ello, no logran verla, no pueden mantener fija la mirada sobre ella.

Todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es, justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad, y que es capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente, ¿Pero qué significa “ver las tinieblas”, “percibir la oscuridad

Arte, información y derechos

Asistí a una mesa redonda organizada por una fundación que en mi vida había oído. El tema fue el conflicto que existe entre la propiedad intelectual, los derechos de autor y la reproductibilidad técnica; incluso uno de los dos ponentes citó brevemente a Benjamin, aunque al parecer se percató de su falta de conocimientos y sólo dijo que el aura se pierde cuando la obra se reproduce, según Benjamin.

La mesa giró en torno a la música y a la fotografía, dos paradigmas del conflicto que tiene en jaque, por un lado, a la industria discográfica, y a la capacidad de reclamar una propiedad intelectual, por el otro.

Todo iba bien hasta que los ponentes comenzaron a centrarse en leyes y formalismos, aunque al principio versaban acerca de la originalidad de las ideas y las obras, al final terminaron por defender a ultranza sus derechos y la propiedad de sus obras. Grave error. Pero para deslindarse del estricto marcaje que ejerce el mundo de las leyes, también hablaron de licencias como creative commons. Y aquí fue donde el tema comenzó a adquirir cierto grado de interés.
Mencionaron que no tenían problema en que sus obras fueran difundidas siempre y cuando se especificara de quién es la obra, en estos casos la fotografía o la melodía. Hablaron de tratados internacionales y leyes locales, que según el país protegen la propiedad intelectual.

Fue entonces cuando alcé la mano y pregunté qué pasaba si salíamos de ese escenario formal que planteaban y entrábamos a otro informal que está en marcha desde hace tiempo, y me referí a lo que hace la gente de a pie con el uso de tecnologías de información y comunicación. Es un hecho que no hay ley que pueda detener el paso firme de estas tecnologías, a las que los derechos y propiedades no representan un obstáculo. Por más que se prohiba un contenido o proteja, siempre existirá la forma de compartirlo sin pagar derechos o adjudicar propiedad intelectual alguna. Y fue aquí donde la puerca torció el rabo.

A ninguno de los asistentes agraviados les pareció lo que dije y menos cuando recalqué el inesperado giro que había ocurrido en el transcurso de las exposiciones, cuando al principio cuestionaban la originalidad de las ideas y al final defendían legalismos sobre ellas. Se podría decir que una forma no manifiesta, el supuesto autor sabe que la obra no es suya y por eso mismo tiene la imperiosa necesidad de protegerla, como sucede con los gobiernos y la democracia: ellos saben que las instituciones no significan democracia, sino todo lo contrario, y por eso hay que protegerse bajo el discurso de la seguridad, difusión mundial de la libertad, la lucha con el crimen organizado y otras. Hay algo en el supuesto autor que le hace creer que la propiedad intelectual de su obra realmente le pertenece, y eso es una mentira, un autoengaño. Si nos pusiéramos exquisitos preguntaríamos de dónde sacó ese autor sus ideas, ¿de la nada, de él mismo? No. Toda obra de inspiración tiene su origen en la materialidad de la historia. El autor, cuando mucho, es intérprete de los símbolos que están ahí, que siempre han estado.

La charla se nutrió cuando una de las asistentes declaró que tiene miedo de Google, Android y demás, porque no sabe el alcance de lo que implica que alguien sepa todo de ella, absolutamente todo. Y en ese momento se supo de qué cuero salen más correas.

Se dijo que Disney, por ejemplo, sí puede defender su propiedad intelectual y derechos de autor, pero un autor de a pie, difícilmente podrá defenderse de gigantes como Disney, Facebook, Google o Instagram. Entonces el problema adquiere otro matiz. Estamos hablando del alcance de la autoría de obras o ideas, pero también, de actos e información. Apelaban por la protección de la que gozan los autores en cada país por el tratado de Berna, frente a los intereses de las condiciones de uso de esos gigantes.

Y a lo que voy, es a lo siguiente:

Vivimos en una sociedad en la que mercado y Estado van de la mano, de hecho para que ambos puedan mantenerse en pie, es necesario que no se separen, de lo contrario el colapso sería catastrófico. En ese sentido, pronto veremos cómo se modifican las leyes en favor de estas corporaciones. No sería la primera vez. En Estados Unidos las leyes están al servicio de las empresas y en el terreno digital no tendría por qué ser distinto.

Google gana mucho dinero por la información que vende, pero ese no es su negocio. El verdadero negocio es el uso de la información, más allá de la venta de bases de datos, es decir, del poder de saberlo. ACTA y SOPA fueron claros ejemplos de esto; en ambos casos las corporaciones digitales, llámemoslas así, se mostraron en contra, porque el tráfico de información podría verse restringido por las leyes de derechos de autor que impedirían ese flujo. Lo que uno se pregunta entonces es por qué estas corporaciones defienden el libre tránsito de esa información, y la resuesta es que a éstas no les importa de quién es la obra, sino lo que pueden hacer con ella. Es decir, a las corporaciones lo que les importa es lo que se desprende del acto de compartir una imagen, modificar alguno de sus elementos; en fin, si alguien sube una fotografía a Facebook, éste puede aceptar que la imagen tiene un autor y que Facebook nunca se atreverá a decir que ésta es de su propiedad. Lo que le interesa a Facebook es quién la sube, quiénes le dan like, qué comentan, quiénes la comparten y desde dónde, porque para esto también importa qué tipo de imagen se subió y por qué tales le dan like, la comparten y comentan. Y en este mismo orden de ideas el asunto a tratar es que mientras los autores, los artistas, defienden su propiedad intelectual y sus derechos de autor, la verdadera obra, el verdadero trabajo que hacen, es generar una herramienta que le servirá a una corporación digital para conocer más a las poblaciones de individuos. En ese sentido, la verdadera obra es la información latente que acompaña a la obra final. Facebook puede decir que una imagen no le pertenece, pero un autor no puede decir que la información que está imlícita en su obra es de su autoría, y es justamente eso lo que importa en este asunto.

Si el panóptico es la forma misma de un gobierno liberal, entonces de lado de quién se pondrán estos autores, ¿de los derechos, digamos subjetivos, de las corporaciones digitales? O de los derechos comunes que permiten a la gente compartir sus obras inclusosin reconocer autoridad alguna.

La era de la información es entonces un síntoma. La gente percibe como signo de libertad, individualismo y derechos, el acceso a internet y a definir su perfil e identidad por medio de las tecnologías de información y comunicación, pero no sabe que cada check in, cada tweet, post, whatsapp, foto en instagram, están hablando cosas del generador y de los usuarios a los que estos alcancen, sin que alguien le pague a un artirsta este tipo de obras. En un mundo ideal de leyes y derechos, Google tendría que pagar por las búsquedas que hacen los usuarios, pues son información que derivará conocimiento y de éste un saber-poder invisible, que la gente acepta y al que se somete voluntariamente, si es que no considera los alcances subjetivos del mundo en que vive. Dominio disfrazado de individualismo. Eso que llaman libertad, es una forma de vigilancia muy refinada. Eso que denominan creación, le pertenece a la historia.