Pulques gays

Sí, es verdad, la sola idea pareciera una ofensa para las buenas costumbres de quienes reclaman un desetiquetamiento de todo en pos de un anonimato social como el que se vivía hasta antes del inicio del movimiento gay a finales de los años sesenta. Quién los entiende, primero enarbolan una lucha social reivindicándose como homosexuales y luego, ya que Starbuck´s, Zara y el Registro Civil los reconocen, quieren desmarcarse. ¡Decídanse!

Por otro lado, sabido es que desde hace algunos años el pulque, bebida tradicional de estas tierras, diría más bien típica, ha tenido un auge sin precedentes. No sabemos si porque en verdad sea del agrado popular de las nuevas generaciones que buscan lo “novedoso” o porque a alguien se le ocurrió volverse fan y colgarse medallas de originalidad posmoderna. Lo cierto es que ya sea naturales o curados, estos elíxires han hecho del DF, un paraíso sofisticado de una bebida hasta hace poco, exclusiva de teporochos. No importa, lo mismo pasó con el tequila hace poco más de 15 años y con el mezcal casi a la par del pulque. ¡Y está perfecto, así es la vida!

La nueva fauna exploradora y aventurera atiborraba las viejas pulquerías ante el asombro de los clientes de toda la vida. La mezcla era digna de una ciudad que después de años en el abandono, parecía cobrarle a nuestros tiempos excéntricos todas las que le debía.

De la noche a la mañana ya todos hablaban de los curados, de los “buenos” y los “malos” pulques; miles de sommeliers pulqueros surgieron para ofrecer su propia teoría de lo que debe ser un buen pulque. Pero como las pulquerías típicas no tenían la capacidad para atender a esta creciente y exigente nueva clientela, comenzaron a surgir bares con nombre de pulquería donde para quienes no disfrutan del sabor y consistencia de éste, pueden acompañar a los que sí, con otras bebidas alcohólicas. Además, las nuevas pulquerías estaban diseñadas de acuerdo a los estándares de esta nueva grey. Muchas de las antiguas no contaban con sanitario para damas y si contaban con él, las condiciones propias de éstas, las hacían poco amistosas; había entonces que crear algo así como unas pulquerías bien. La decoración, la música y la ubicación serían determinantes para marcar distancia con respecto a las pulquerías antiguas pero también para ofrecer un ambiente más cómodo en todos los sentidos. No había necesidad de transformar a las viejas pulcatas en Frankensteins sofisticados pues no había necesidad; parte del renovado gusto era conservar los espacios tradiciones así como quedaron atrapados por la ola de la globalización.

Fue así como surgió hace unos días una pulquería en la calle de Florencia, en plena Zona Rosa, donde pareciera que los dueños tienen la intención de atraer un nuevo público al gusto por las mieles de los dioses. Y no podía existir mejor público para el pulque, por varias razones, de las que usted guste y el doble sentido pueda ofrecer. Si bien es cierto que no por estar ubicada en Zona Rosa tiene que ser de manera obligatoria una pulquería para ese segmento, parece que se juega, muy bien además, con los elementos sibólicos que envuelven al imaginario colectivo en torno a lo gay. También es cierto que muchos homosexuales asisten a las pulquerías contemporáneas sin el menor aspaviento porque para el pulque todos somos iguales. Eso significa que no es necesario crear un espacio exclusivo, insisto, para este grupo peculiar de la sociedad aunque no creo que sea la intención de la pulquería; es más, ningún lugar de los llamados “diversos” o “de ambiente” han sido lugares exclusivos ni excluyentes, sino todo lo contrario, se llaman así porque habrá clientes que sepan que ahí no serán discriminados, nada más.

Siendo así, la idea juguetona de la decoración, los muebles, la música y algunos otros elementos, hace de esta nueva pulquería un sitio que debe visitarse. Emborracharse tomando pulque y cantando a Rocío Jurado es un deleite que pocas veces puede uno darse. Además, la consistencia y los niveles de alcohol son más moderados incluso que en otras de las nuevas pulquerías, razón por la cual, nadie puede decir que sabe feo o algo así pues por si no fuera poco la suavidad, los curados se sirven con trocitos del fruto que le da sabor al alipús.

Para quienes ya tienen sus horas de vuelo en eso de los pulques, notarán la diferencia a la primera, razón por la que sería bueno contar con dos tipos de pulque: el fuerte y el ligero. En las pulquerías típicas el fuerte es el normal y el suave se conoce como picado que es rebajado con pulque de una fermentación más ligera. En la nueva pulquería, que por cierto se llama “La elegante”, podría ser al revés, es decir, que al suave, el normal, se le añadiera pulque blanco para quienes quieran saber lo que es bueno. Y ya entrados en clichés, hasta podría servir para que los dos tipos de pulques se ofrecieran como para activos y pasivos o para pasivos dominantes y activos holgazanes.

Si Guadalajara tiene sus tacos gays, no veo por qué el DF no podría tener sus pulques gays. No es por excluir o etiquetar, se trata de tomar las cosas un poco más a la ligera y tomar el hecho con buen sentido del humor. Ya veo a las jotas de blanco, moralinas del activismo, escupiendo fuego contra esta nueva pulquería pero la verdad es que es preferible disfrutar de una buena borrachera acompañando a los sentimientos con un curado de fresa y los éxitos de Vicky Karr, Selena Gómez y música por el estilo.

Es más…

Hasta como manifestación política es buena. Y que no me digan que no les gusta el blanco…

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La chica del clima

Cielo nublado, despejado o medio nublado; temperaturas máximas que oscilan entre tanto y tanto; humedad de cualquier porciento y probabilidad de lluvia de otra cifra cualquiera. La chica del clima se ha convertido en la sacerdotiza a la que se le revela el futuro, la palabra del mundo, el vaticinio de la desgracia. Para la sociedad transgénica el clima perfecto sería que no hubiera clima o mejor aún, que como con los semáforos, se le diera luz verde o roja al calor, el viento, la lluvia o el frío. Y es que en efecto, en las grandes ciudades, y ahora también parece ser que en las pequeñas, aspiracionales localidades donde tráfico vehicular intenso significa media hora o una hora de retraso; en fin, en las grandes ciudades, el clima no sirve para nada, no tiene sentido, lógica, motivo, razón de existir. Salvo cuando incomoda, muy pero muy pocas veces se hace referencia a él, pues de tornarse molesto puede ocupar el papel central en las pláticas de café de cualquier banqueta.

Es de suponer que el clima sea inútil en las grandes ciudades porque en verdad éstas no requieren de él para subsistir, y he ahí, en este hecho, depositada toda la arqueología de nuestro pensamiento moderno: la ciudad capitalista fue creada de tal modo que no necesita frío, lluvia, viento o calorPara contrarrestar las contrariedades del clima, existen los climas artificiales de autos y edificios. Pero tampoco la estandarización de un clima ideal, es decir, la repetición sin cesar del mismo tipo de clima aliviaría a la ciudad de la tragedia de convivir. Sabido es que en los países donde el clima es cuasi unívico o peor aún, cuando el día o la noche imperan sobre su par, son lugares desquiciantes por su monotonía, como cuando los conductores mueren al dormirse en carretera, porque ésta no tiene curvas; una traza recta para una carretera de largo trayecto hipnotiza o vaya usted a saber qué provoca, que muchos conductores se quedan dormidos, lo que ocasiona un sin número de accidentes.

Entonces, si bien el clima no es útil en las grandes ciudades, sí tiene al menos una función: recodarle a la gente que está viva, lo que en principio está bien, pero dadas las condiciones actuales del mundo, podría ser considerado un acto terrorista, considerando al terrorismo, desde la perspectiva de Slavoj Zizek (disculpen que no coloque sobre las Z, su putuación correcta pero no sé cómo hacerlo), como la interrupción del orden normal de las cosas. Seguramente la ciencia y la tecnología de hoy se preparan para jugar el rol de policía del clima para su futuro, quizá cercano, encarcelamiento.

Esto me recuerda otra serie de estudios, como los de sismología o vulcanología; en fin, tantos y tantos otros respecto a la tierra, el cuerpo humano y la mente de éste. Pero tranquilos, todo está bien mientras tengamos alimentos orgánicos en la mesa y los homosexuales se puedan casar…

Aquí nos tocó beber I

La Ciudad de México, debido a la complejidad y aceleramientos de su oneroso estilo de vida, se ve en la penosa necesidad de contar con recintos donde las multitudes relajen la musculatura y suelten un poco las risas acompañados de una copita, tarro, jarro, vaso, jícara o botella.  Se trata de un espacio para darle gusto al cuerpo antes de comenzar el día o para acabarlo quizá con una sonrisa de oreja a oreja e incluso para dormir mejor, aseguran algunos que para todo mal su remedio es el mezcal, y para todo bien, también.

En la variedad está el gusto y claro, una ciudad como esta, que es sedimento de todas las culturas del mundo, se puede dar el lujo de disponer para sus tensos habitantes una gama nada despreciable de bebidas, que van desde las más antiguas y originarias como el pulque, pasando por las nacionalistas como el mezcal y el tequila, sin por ello menospreciar, sino todo lo contrario, darle la bienvenida con las gargantas abiertas a los vodkas, champagne, whisky y muchas otras importadas, pero también aquellas que encontraron en nuestro país tierra fértil para su producción como la cerveza, dicen que de las mejores del mundo y los vinos, nada despreciables para un paladar gustoso. Los licores locales no se hacen esperar según la región y son tantos como matices y lenguas hay en nuestra nación. Desde un cognac hasta un jerez, aquí por alegría no paramos, y si se trata de alegría o tristeza, los foros están a la orden del día incluso si lo único que se busca es ver y ser visto disfrutando la bebida de moda.

La verdad no podía ser de otra manera, una ciudad como esta requiere artillería pesada en todos los ámbitos del transcurrir cotidiano y la bebida se ha convertido en un salvavidas más que un producto nocivo para la salud. El bebedor alegre no tiene la culpa de que su cuerpo tenga defectos de fábrica que no soporten el ritmo preciso y magistral de la delicada melodía que es el impetuoso acto de beber. La intención al beber, en una ciudad como esta, tiene la función de equilibrar la balanza toda vez que un estilo de vida o las labores exigentes agotan al cuerpo, por lo que es preciso estimularlo, darle ánimos, aplausos, para que se relaje. No olvidemos que el estrés tensa los músculos y una copita puede contribuir a suavizar las carnes y los ánimos.

Hay que decirlo, las bebidas alcohólicas no tienen la culpa de nada, es el sentido que se le de al acto de ingerirlas. La pregunta sería entonces, cómo hace usted para darle sentido al acto de beber? ¿Le da sentido? ¿Tiene sentido? ¿Debería tenerlo?… Como sea, que esto, que el otro… ¡Salud!

Lo que hay que oír

Los sonidos del silencio

Este mundo desbocado, conocido a través de la ciudad, se va llenando cada vez más de ruidos que más que formar parte de la cotidianidad son interiorizados por las personas como elementos molestos contra lo que poco o nada se puede hacer. Ya desde finales del siglo XIX, con la irrupción de la máquina de vapor y las fábricas se anunciaba que a partir de entonces los ruidos serían de otro tipo, sórdidos y estruendosos, por muy refinados que, sin saberlo entonces, llegarán a ser poco más de un siglo después. Si bien es cierto que desde que el hombre es hombre ha estado acompañado por ruidos que no encuentran referente en la naturaleza, como los que se produjeron por primera vez cuando se prendió fuego de manera intencional o se picaron piedras para chozas o lanzas, sin dejar atrás el arado de madera y demás aperos precarios que hasta entonces se sucedían unos a otros de forma artesanal, paulatina y acorde a la época, hasta relajada.

La irrupción del automóvil daría inicio a una nueva etapa del ruido, es decir, comenzaría de una vez por todas la democratización del ruido. La fábrica, la máquina de vapor y sus ruidos no eran asequibles para las multitudes, en cambio el auto podía y puede penetrar, hacerse presente, en un número casi ilimitado de personas. La incomodidad de estas nuevas formas de ruido, también en sintonía con las anteriores en su propia época, hablará de un tiempo ansioso, histérico, escandaloso hasta el cansancio, a tal punto que comenzará dañando al oído y terminará desestabilizando, desde un sentido médico y más allá, a las personas. ¿Sabía usted las implicaciones físicas de perder el oído? Pero debido también al necesario crecimiento de las ciudades, las maquinarias comenzarán a formar parte del paisaje urbano en ciudades como ésta que están siempre inconclusas. Taladros, barrenas, tráilers y demás maquinaria útil para levantar edificios y puentes, desde su forma, es decir, su apariencia y hasta el aturdidor ruido que generan, son síntomas de una sociedad que requiere de ruidos ensordecedores porque quizá no soportaría el silencio que orillaría sin duda a escuchar las voces internas que mucho tienen que decirnos hoy día.

Sin embargo, en los últimos años hemos pasado de esa democratización a la personalización de ese ruido. Ya la cámara fotográfica nos anunciaba la llegada de tal apropiación. Muchos sufrimos los estragos de clicks y flashasos en algún evento académico o cultural. El que aquí firma ha sido víctima del asedio de esos ruidos cuando además del ruido, el portador busca la mejor toma, por lo que además de esas miles de fotos, el sujeto aquel tiene que moverse como perro recién soltado, por todo el lugar e incluso casi montándose en los expositores y el público asistente. No tengo nada contra los profesionales del flash, yo mismo me tuerzo cuanto sea necesario para capturar justo lo que quiero pero no lo hago en congresos, coloquios, misas o conciertos. Quizá por eso en esos templos ilustrados, las salas de conciertos para música clásica y los teatros, está prohibido tomar fotos. Pero como adelantábamos ya, estamos en otro periodo en el que cada quien puede elegir la manera en que hace ruido, contribuyendo poco a poco a la sordera de los adentros, lo que provocaría que griten cuando menos uno lo espere y quizá de maneras poco agradables. Peor aún es que ese ruido no se haga al exterior sino hacia uno mismo, gracias al iPod y celulares con reproductores mp3 o de radio. En las bibliotecas y las salas de conferencia cada vez son más comunes los dedazos en los teclados de las computadoras, sonidos que cambian de acuerdo sí, a la marca del aparato. La semana pasada una señora se cambió de lugar pues no soportó el ruido de las teclas mientras yo tuiteaba lo que consideraba más relevante de un coloquio.

Yo sé perfectamente que no puedo hacer mucho para hacer frente a tantos ruidos, incluso debo confesar que soy víctima, en ocasiones, de escuchar radio vía celular porque escucho las noticias pero no por mucho tiempo porque siento que tanto tiempo (el noticiario tiene una duración de dos horas) ausente de los ruidos de fuera y sólo escuchando las noticias me provoca un encierro sofocante. Prefiero sí, los ruidos propios de una ciudad como la mía, pese a lo incómodo que pudiera resultar. Hace poco escuché a un director de orquesta decir que los ruidos citadinos eran una suerte de sinfonía accesible para pocos y desde entonces trato de hallarles armonía y vaya que sí la tienen, es, creo, la armonía del caos y la beligerancia , sinfonía para la esquizofrenia. Desde que nació la abstracción en las artes podemos escuchar piezas cada vez menos rítmicas y melódicas en distintos géneros musicales, siendo el jazz experimental prueba absoluta de lo que aquí se dice, entre muchas otras como los géneros de rock y demás. La abstracción en las artes parte de la libre interpretación particular en cuanto a cualquier tipo de obra, donde toda opinión (supuestamente) está validada a priori. Como su nombre lo indica, se trata de abstraerse del mundo material para viajar a mundos que no tienen asidero en este terreno tridimensional y que de alguna manera nos ponen en contacto con esos adentros de otra manera, una intrincada pero que corre el riesgo de alejarse de eso que llamamos realidad disociando los vínculos con los demás. Regularmente esa abstracción cae en un mundo rosita o en realidad no es un medio para arribar a nuestros adentros y sus miedos aunque bien podría serlo. Para ser justos con la abstracción diremos que tal llegada dependerá de qué tan dispuestos estemos para enfrentarnos con nosotros mismos. El ruido armonizado nos puede hacer un llamado de atención a esos adentros si los escuchamos con detenimientos pues ese ruido extremo algo quiere decirnos, bramar. Tal vez debido a que esos ruidos ya están vociferando algo que no queremos escuchar es que el ruido comienza a interiorizarse. Estamos frente a la implosión del ruido.