La abstracción y la Guerra Fría: el panóptico como tecnología política en el arte contemporáneo

Agradecimientos a Casa Vecina, a la Fundación del Centro Histótico.

Dedicatoria de la ponencia a la salud de Gabriel García Mázquez, quien da nombre al Grupo Cultural Macondo.

 

Corría el año de 1968, en México  y en el mundo se respiraban aires de transformación. La imaginación tenía la consigna de conquistar el poder al paso que los homosexuales tenían la dura labor de conquistar la existencia. Nuestro planeta se conmocionaba por la energía de los jóvenes, motivados por la creciente escasez de oportunidades y recursos. Era el fin del milagro mexicano y de la bonanza económica de la posguerra, que más bien duró muy poco. La llama era nuclear no dio buenos frutos y sólo sirvió para armar a las principales potencias mundiales y lograr con ello, una calma muy tensa que perdura hasta nuestros días. La economía estaba a punto de derrumbarse, unos años más tarde, con la crisis del 73. Era sepelio del keynesianismo. El dólar nunca ha sido una divisa sana, sino una con una enfermedad crónico degenerativa incurable, pero con muy buenos medicamentos. La clínica es la servidumbre del capitalismo.

Pocos años atrás, se habían definido los bloques políticos que darían un sello particular al siglo XX. Capitalismo y Comunismo: Estados Unidos Vs la URSS. La Guerra Fría no sólo supuso la competencia industrial y tecnológica entre estas dos potencias, sino la lucha por el liderazgo de la manera de comprender el mundo. Mientras en la URSS se promovía la colectividad como valor fundamental de una sociedad socialista y al materialismo histórico como su teoría evangelizadora, en Estados Unidos comenzaba a maquinarse un andamiaje de valores que daba valor al individuo y su éxito, como signo inequívoco de progreso. En este marco nació en la URSS la idea del arte figurativo, que demostraba los logros de la revolución proletaria de manera muy clara y descriptiva. la consigna era que no había otra forma de interpretar el mundo, sino a través de lo que se ve. Color y vestido, música y plástica; todo sirvió a los intereses del Partido bajo la figura de la igualdad, entendida como la ausencia de matices, diferencias: abstracción.

Mientras, en Estados Unidos esa misma idea comenzaba a ser un lastre para la economía y existía la necesidad de transformar de forma radical el modelo de consumo. Duchamp, en 1917, presentó su obra “La Fuente”, que consistía en un mingitorio y que en su momento se consideró como un parteaguas en el arte. la idea era romper con la institución del arte y se procuraba descontextualizar los objetos, para exigir del espectador un ejercicio de pensamiento, de abstracción en torno a la obra. La consigna: romper los parámetros establecidos a favor de la libertad individual de expresión. Para Estados Unidos no bastaba con ir a la delantera de la competencia industrial y tecnológica. El colectivismo soviético representaba una amenaza más fuerte que las bombas nucleares, además de representar una dificultad máxima para irrumpir en la intimidad del sujeto: la masa no tiene forma; había que dividirla en sus componentes: paradójicamente, en individuos.

De ahí que surgieran discursos como la libertad sexual, los derechos humanos y el fortalecimiento de las tribus urbanas, los hippies; mujeres y homosexuales empoderados, entre otros. Si nuestros sueños no cabían en sus urnas, la libertad no cabía en lo visible. Jackson Pollock, junto con otros, inauguró una concepción innovadora del arte: el llamado subconsciente como motor de la obra del arte. La libertad de consumo tenía que basarse en los gustos propios, individuales, y no debía existir impedimento alguno para consumir lo que se quisiera. Es el paraíso del crédito y el surgimiento de los shampús para cada tipo de cabello. Las libertades sociales de los 60 y 70, eran el supermercado de los derechos humanos. Había que representar la libertad de maneras distintas; el subconsiente no podía representarse de forma tradicional, realista. Estamos en la época de la desmaterialización del arte y la desaparición del objeto a favor del concepto. Los valores del arte, como la armonía, el cromatismo, la composición, eran repudiados a favor de lo efímero, lo ausente, el proceso y la alegoría. Los valores establecidos se despreciaban, así como los convencionalismos: la juventud revolucionaria de 1968 apuntaló los valores del individualismo. En México, el 2 de octubre devino José Luis Cuevas; Tlatelolco provocó el nacimiento de Felguerez. La despenalización del aborto tardó demasiado. 

Debido a que era preciso propiciar formas de intercambio diferentes a las impuestas por el sentido, se tendieron las condiciones para dar un nuevo uso del tiempo y los espacios, nuevas disposiciones y moralidad del cuerpo. El individuo y sus libertades serían el as bajo la manga de Estados Unidos, para dar el tiro de gracia a la dictadura, literal, del proletariado. Fue así como esos ideales se convirtieron rápidamente en el aparato ideológico más efectivo para escudriñar al sujeto. Si la clínica desmembraba el cuerpo para estudiar y dominar individualmente cada una de sus partes, la economía política hará lo propio con la sociedad: para dominarla, es preciso atravesarla y recorrer sujeto por sujeto. El panóptico se erigió como el principio fundamental del nuevo proceder económico; sin embargo, como menciona mi difunto esposo Michel Foucault, el liberalismo no será una rama de la economía, sino una forma de gobierno. El panóptico, entonces, según Foucault, será la fórmula misma de un gobierno liberal. El panoptismo, para Bentham, es sin duda una fórmula política que no se limita a las instituciones, sino que sale a las calles a vigilar, a gobernar a cada uno. Y es que las libertades democráticas sólo se garantizan por medio de un intervencionismo económico denunciado como una amenaza para ellas; el arte liberal de gobernar, en Foucault, en definitiva, introduce de por sí o es víctima del interior de lo que podríamos llamar crisis de gubernamentalidad. La libertad y la seguridad, el juego entre una y otra, es eso lo que está en el corazón mismo de esa nueva razón gubernamental. Libertad y seguridad: esto animará dese adentro, para decirlo de alguna manera, los problemas de lo que llamaré la economía de poder propia del liberalismo. Lo que debe asegurarse no es ya, únicamene esa suerte de protección exterior del individuo. El liberalismo participa de un mecanismo en el que tendrá que arbitrar a cada instante la libertad y la seguridad de los individuos al rededor de la noción del peligro. Puede decirse que, después de todo, continúa Foucault, la divisa del liberalismo es “vivir peligrosamente”. Esto es, que los individuos se var a perpetuidad en una situación de peligro, o mejor dicho, que estén condicionados a experimentar su situación, su vida, su presente, su futuro, como portadores de peligro, como amenazas latentes a la libertad individual. Desaparición de los jinetes del Apocalipsis y, al contrario, aparición de los peligros cotidianos. Tómense como ejemplo las campañas de ahorro, véanse todas las campañas relacionadas con la enfermedad y la higiene; miren también todo lo que pasa en torno a la sexualidad y el miedo a la degeneración. No hay liberalismo sin cultura del peligro; no hay arte contemporáneo sin libertad no como derecho, sino como una obligación.