Pulques gays

Sí, es verdad, la sola idea pareciera una ofensa para las buenas costumbres de quienes reclaman un desetiquetamiento de todo en pos de un anonimato social como el que se vivía hasta antes del inicio del movimiento gay a finales de los años sesenta. Quién los entiende, primero enarbolan una lucha social reivindicándose como homosexuales y luego, ya que Starbuck´s, Zara y el Registro Civil los reconocen, quieren desmarcarse. ¡Decídanse!

Por otro lado, sabido es que desde hace algunos años el pulque, bebida tradicional de estas tierras, diría más bien típica, ha tenido un auge sin precedentes. No sabemos si porque en verdad sea del agrado popular de las nuevas generaciones que buscan lo “novedoso” o porque a alguien se le ocurrió volverse fan y colgarse medallas de originalidad posmoderna. Lo cierto es que ya sea naturales o curados, estos elíxires han hecho del DF, un paraíso sofisticado de una bebida hasta hace poco, exclusiva de teporochos. No importa, lo mismo pasó con el tequila hace poco más de 15 años y con el mezcal casi a la par del pulque. ¡Y está perfecto, así es la vida!

La nueva fauna exploradora y aventurera atiborraba las viejas pulquerías ante el asombro de los clientes de toda la vida. La mezcla era digna de una ciudad que después de años en el abandono, parecía cobrarle a nuestros tiempos excéntricos todas las que le debía.

De la noche a la mañana ya todos hablaban de los curados, de los “buenos” y los “malos” pulques; miles de sommeliers pulqueros surgieron para ofrecer su propia teoría de lo que debe ser un buen pulque. Pero como las pulquerías típicas no tenían la capacidad para atender a esta creciente y exigente nueva clientela, comenzaron a surgir bares con nombre de pulquería donde para quienes no disfrutan del sabor y consistencia de éste, pueden acompañar a los que sí, con otras bebidas alcohólicas. Además, las nuevas pulquerías estaban diseñadas de acuerdo a los estándares de esta nueva grey. Muchas de las antiguas no contaban con sanitario para damas y si contaban con él, las condiciones propias de éstas, las hacían poco amistosas; había entonces que crear algo así como unas pulquerías bien. La decoración, la música y la ubicación serían determinantes para marcar distancia con respecto a las pulquerías antiguas pero también para ofrecer un ambiente más cómodo en todos los sentidos. No había necesidad de transformar a las viejas pulcatas en Frankensteins sofisticados pues no había necesidad; parte del renovado gusto era conservar los espacios tradiciones así como quedaron atrapados por la ola de la globalización.

Fue así como surgió hace unos días una pulquería en la calle de Florencia, en plena Zona Rosa, donde pareciera que los dueños tienen la intención de atraer un nuevo público al gusto por las mieles de los dioses. Y no podía existir mejor público para el pulque, por varias razones, de las que usted guste y el doble sentido pueda ofrecer. Si bien es cierto que no por estar ubicada en Zona Rosa tiene que ser de manera obligatoria una pulquería para ese segmento, parece que se juega, muy bien además, con los elementos sibólicos que envuelven al imaginario colectivo en torno a lo gay. También es cierto que muchos homosexuales asisten a las pulquerías contemporáneas sin el menor aspaviento porque para el pulque todos somos iguales. Eso significa que no es necesario crear un espacio exclusivo, insisto, para este grupo peculiar de la sociedad aunque no creo que sea la intención de la pulquería; es más, ningún lugar de los llamados “diversos” o “de ambiente” han sido lugares exclusivos ni excluyentes, sino todo lo contrario, se llaman así porque habrá clientes que sepan que ahí no serán discriminados, nada más.

Siendo así, la idea juguetona de la decoración, los muebles, la música y algunos otros elementos, hace de esta nueva pulquería un sitio que debe visitarse. Emborracharse tomando pulque y cantando a Rocío Jurado es un deleite que pocas veces puede uno darse. Además, la consistencia y los niveles de alcohol son más moderados incluso que en otras de las nuevas pulquerías, razón por la cual, nadie puede decir que sabe feo o algo así pues por si no fuera poco la suavidad, los curados se sirven con trocitos del fruto que le da sabor al alipús.

Para quienes ya tienen sus horas de vuelo en eso de los pulques, notarán la diferencia a la primera, razón por la que sería bueno contar con dos tipos de pulque: el fuerte y el ligero. En las pulquerías típicas el fuerte es el normal y el suave se conoce como picado que es rebajado con pulque de una fermentación más ligera. En la nueva pulquería, que por cierto se llama “La elegante”, podría ser al revés, es decir, que al suave, el normal, se le añadiera pulque blanco para quienes quieran saber lo que es bueno. Y ya entrados en clichés, hasta podría servir para que los dos tipos de pulques se ofrecieran como para activos y pasivos o para pasivos dominantes y activos holgazanes.

Si Guadalajara tiene sus tacos gays, no veo por qué el DF no podría tener sus pulques gays. No es por excluir o etiquetar, se trata de tomar las cosas un poco más a la ligera y tomar el hecho con buen sentido del humor. Ya veo a las jotas de blanco, moralinas del activismo, escupiendo fuego contra esta nueva pulquería pero la verdad es que es preferible disfrutar de una buena borrachera acompañando a los sentimientos con un curado de fresa y los éxitos de Vicky Karr, Selena Gómez y música por el estilo.

Es más…

Hasta como manifestación política es buena. Y que no me digan que no les gusta el blanco…

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Tula, Yola y Estela… de luz

Todo transcurría con tranquiidad, era una tarde de domingo cualquiera en el Centro. Los amigos iríamos a la expo de Ron Mueck en San Ildefonso pero la fila era una invitación a odiar el arte contemporáneo de por vida. En una ciudad como el DF la única diferencia entre VIP y la prole es que la fila de los primeros en menos larga que la de los segundos.

Fuimos a comer y estuvimos echando el chisme por horas de temas tan variados como los sanitarios de los restaurantes, el aparente engaño de los descuentos en las tiendas departamentales y claro, para no variar, intentábamos saber si el señor y el joven de la mesa de junto eran padre e hijo o daddy y chichifo. Al final decidimos que era más interesante hablar de muebles de baño y la decoración del lugar donde el rey va solo.

A uno de mis amigos, Edson, se le ocurrió que fuéramos a ver la Estela de Luz, monumento conmemorativo del Bicentenario de la Independencia de México (sic) inaugurado apenas un día antes por el flamante (sólo si se le acerca un encendedor mientras habla) presidente de la república y cuyo costo merecía que por lo menos una vez en la vida todo mexicano fuera a tomarle un par de fotos. Los más de mil millones de pesos gastados en el monumento vaticinaban un monumento que dejarían al Ángel y Bellas Artes como poste de luz en municipio metropolitano y circo de pueblo respectivamente. Llegando sobre Reforma se veía a lo lejos una armónica muy curiosa que también parecía riel de tren, Bocadín y hasta ballena del segundo piso del Peri.

Las luces de sonidero y la música de los éxitos del momento, en inglés, yhago énfasis porque se supone que el pretexto era una festividad mexicana pero una vez sacado totalmente de contexto pues qué importaba, aunque siendo honesto creo que el son de la negra desentonaría con la intención futurista-conceptual-de autor-sobria-Ibero del monumento. El chiste es que también había papelitos metálicos que caían sobre Reforma y que, casi seguro, un voluntario lanzaba desde el monumento para impregnar el ambiente con brillos de Luna llena.

Y así, sin previo aviso, los paneles de la construcción comenzaron a prender y apagarse formando figuras, líneas y grecas que subían y bajaban como en estéreo para auto de Sony, de esos que son el artículo de lujo en los más distinguidos microbuses de Av. Zaragoza. Si hubiera estado en el piso, aquello sería el sueño de John Travolta. Una disco ball habría combinado a la perfección pero ya no había otros mil millones. ¿Recuerdan al auto increible? Pues no pregunten. El arquitecto se creyó Michael y la Estela de luz su Kitt.

En fin, ya está ahí, crealo, trate de vivir con eso, contemple cómo Reforma ahora tiene un aire de casino y por si fuera poco, admire el espectáculo de lanzallamas distribuidos a los costados del monumento de piso a suelo. Una cosa maravillosa que nos recuerda los cruceros del DF y sus tragafuegos, al mítico Palladium de Acapulco o algún concierto de Britney, rave u Offer Nissim. Muchos nos quedamos con las ganas de ver aparecer bajo una nube de humo muy al estilo de vals de quinceañera, a la mismísima Tongolele que habría hecho de la fogosa ocasión un espectáculo digno de recordarse. No dudo que la diva haya rechazado la invitación porque denigraría su carrera. Del MGM pasamos a una versión muy pobre del Tropicana. No sé, tal vez en algún bar de Zona Rosa o Pantitlán se hubiera visto mejor. Esa extraña sensación cabaretera de un monumento histórico daba cosquillas. Al final, se encendieron algunos paneles donde se leía MÉXICO… por lo menos con acento.

Reforma dejó de ser señorial para siempre para convertirse en una avenida electro klash, blackeyedpeasera tropicalosamente fogosa. ¡Amo la posmodernidad! Lo que sea que eso signifique.

¿Bella? No. La estela de luz está chida.

La chica del clima

Cielo nublado, despejado o medio nublado; temperaturas máximas que oscilan entre tanto y tanto; humedad de cualquier porciento y probabilidad de lluvia de otra cifra cualquiera. La chica del clima se ha convertido en la sacerdotiza a la que se le revela el futuro, la palabra del mundo, el vaticinio de la desgracia. Para la sociedad transgénica el clima perfecto sería que no hubiera clima o mejor aún, que como con los semáforos, se le diera luz verde o roja al calor, el viento, la lluvia o el frío. Y es que en efecto, en las grandes ciudades, y ahora también parece ser que en las pequeñas, aspiracionales localidades donde tráfico vehicular intenso significa media hora o una hora de retraso; en fin, en las grandes ciudades, el clima no sirve para nada, no tiene sentido, lógica, motivo, razón de existir. Salvo cuando incomoda, muy pero muy pocas veces se hace referencia a él, pues de tornarse molesto puede ocupar el papel central en las pláticas de café de cualquier banqueta.

Es de suponer que el clima sea inútil en las grandes ciudades porque en verdad éstas no requieren de él para subsistir, y he ahí, en este hecho, depositada toda la arqueología de nuestro pensamiento moderno: la ciudad capitalista fue creada de tal modo que no necesita frío, lluvia, viento o calorPara contrarrestar las contrariedades del clima, existen los climas artificiales de autos y edificios. Pero tampoco la estandarización de un clima ideal, es decir, la repetición sin cesar del mismo tipo de clima aliviaría a la ciudad de la tragedia de convivir. Sabido es que en los países donde el clima es cuasi unívico o peor aún, cuando el día o la noche imperan sobre su par, son lugares desquiciantes por su monotonía, como cuando los conductores mueren al dormirse en carretera, porque ésta no tiene curvas; una traza recta para una carretera de largo trayecto hipnotiza o vaya usted a saber qué provoca, que muchos conductores se quedan dormidos, lo que ocasiona un sin número de accidentes.

Entonces, si bien el clima no es útil en las grandes ciudades, sí tiene al menos una función: recodarle a la gente que está viva, lo que en principio está bien, pero dadas las condiciones actuales del mundo, podría ser considerado un acto terrorista, considerando al terrorismo, desde la perspectiva de Slavoj Zizek (disculpen que no coloque sobre las Z, su putuación correcta pero no sé cómo hacerlo), como la interrupción del orden normal de las cosas. Seguramente la ciencia y la tecnología de hoy se preparan para jugar el rol de policía del clima para su futuro, quizá cercano, encarcelamiento.

Esto me recuerda otra serie de estudios, como los de sismología o vulcanología; en fin, tantos y tantos otros respecto a la tierra, el cuerpo humano y la mente de éste. Pero tranquilos, todo está bien mientras tengamos alimentos orgánicos en la mesa y los homosexuales se puedan casar…

Los diez mandamientos de la jota chilanga

1.- Amarás al Metro sobre todas las cosas.

2.- No tomarás el rol de activo en vano.

3.- Santificarás el día de la Marcha.

4.- Honrarás a Monsi y a Novo.

5.- No bufarás.

6.- No serás poliamorosa, ni ninguna otra barbaridad similar.

7.- No perrearás.

8.- No usarás PhotoShop en las fotos de tus redes sociales y páginas de contactos.

9.- No bailarás coreografías en Zona Rosa, ni vestirás de Zara, ni tomarás café del Star.

10.- No desearás al chacal de tu comadre.

¿Positivismo de izquierda?

 

Mire, yo sé que nos encontramos en un periodo que permite a muchos la mezcolanza desmedida de maneras de ser. Uno, se supone, ya tiene la libertad de ser bueno con unos y malo con otros, es decir, tiene la libertad de donar a cuanta causa desgarradora surge, previamente mediatizada y sazonada con el debido ingrediente dramático telenovelero, pero sin abandonar prácticas individualistas como el consumismo extremo, curiosamente el causante de muchos de los padecimientos que luego vienen a defender las causas “más nobles del mundo”. También a uno le puede gustar la música más alternativa y al mismo tiempo ser un as de la cumbia y la salsa. Dicen que las fronteras de los gustos comienzan a borrarse en aras de saborear todo tipo de mieles de la vida. La liberalización del cuerpo tiene mucho de eso. Ahora está de moda ser bisexual o por lo menos echarse una canita al aire con alguien aunque la propia orientación sexual se presuma distinta a la que se comete bajo el manto protector de la libertad de exploración sensual. Lo más gracioso es que la gente dice descubrir que es bisexual en sentido carnal pero no en sentido psíquico, es decir, sin dejar a un lado sus nociones sociales, roles, de macho y hembra, mujer u hombre.

En realidad, dicen que toda idea sólida, toda forma de ser de una sola pieza debe morir en pos de la libertad, aunque una vez adquirida, no se sepa qué hacer con ella, como muestran las actitudes sociales de los jóvenes, y cada vez más jóvenes, más chamacos pues. En fin, el asunto es que toda solidez se ha perdido para dar paso al estado líquido de la personalidad, y hasta cierto punto esto puede servir para poder convivir o hacer más llevadera esta convivencia en un ambiente relajado, cínico e indiferente.

Hoy se tiene la libertad para ser homosexual de derecha, católico de izquierda y si me presiona, hasta de ser marxista guadalupano, claro que sí. Ya todo se puede y se vale pero… ¿es en serio? ¿no hay límites? Veamos.

Auguste Comte

Orden y progreso, lema del positivismo, filosofía cuya tesis central era que las sociedades tendían a avanzar, desarrollarse hacia un estadio de plenitud y armonía que la ciencia, y sólo la ciencia, podrían brindarle. Para ello era preciso librarse de ataduras subjetivas como la disidencia, la religiosidad y la duda pues el camino trazado por el Estado científico era el idóneo, el único, es decir, el Juan Camaney de los caminos para por fin crear la sociedad de nuestros sueños. Habría que pasar por dos estadios previos antes de arribar al que gracias a un proceso evolutivo del pensamiento y por tanto también organizativo no podría caber duda de que era el definitivo; estos  son el teológico, el metafísico y el positivo.

Bueno, le cuento. Estas tesis fueron siempre asociadas a gobiernos autoritarios, represivos de toda discrepancia. La Santa voluntad del Estado es la  legítima y verdadera revelación que la ciencia le daba al hombre para guiar su destino pues se supone, en un plano ideal, el Estado se guiaba sólo por principios objetivos y ningún juicio de valor ejercía influencia sobre él; era pues, la manera única de salvación de la especie y la garantía absoluta de la vida en sociedad; fuera del positivismo todo era caos, suciedad, trastornos, vileza y muerte. Europa fue la primera en sufrir, desafortunadamente, los estragos de estas tesis, mismas que están en los cimientos de la ideología nazi, por citar el ejemplo más claro. Otra aplicación de éstas, es también la ideología estadounidense, aquella que mediante los bienes y servicios del consumismo tiene como fin garantizar la libertad y la felicidad total de la sociedad, so pena de no mirar nunca, claro está, lo que se necesita para sostener tales niveles de consumo (deforestación, contaminación de mares, ríos y océanos, mega minería a cielo abierto, y un interminable etc., eso sin contar con los trastornos psicológicos que esa ideología provoca). El positivismo siempre ha formado parte de esa manera de pensar policíaca. ¿Por qué no creer que lo que dice el positivismo es verdad? ¿Por qué dudar? ¿Por qué no aceptar, con gusto además, que ese camino trazado por gente supuestamente objetiva es el mejor para todos? Mire usted. Bruno Traven, un poeta, llegó a decir que el día que todos habláramos inglés dejaríamos de ser humanos, ¿por qué? Muy sencillo. No es algo particular contra ese idioma, sino por lo que el acto implica. Hablar sólo un idioma implica a su vez, sólo una manera de comprender el mundo y mire, la humanidad, una de sus características es precisamente la multiplicidad de maneras para ver los distintos escenarios que se le presentan. Si fuera verdad que sólo hay una forma, La Forma, de organizarnos, de hablar, de vestir, de convivir, etc., ¿no cree usted que hubiera sido así desde el principio? ¿No cree que, de otro modo, ya habría sucedido desde mucho tiempo atrás? Lo comento porque recientes estudios descubrieron el asentamiento humanos más antiguo, hasta ahora, que data de hace poco más de 780,000 años, tiempo suficiente, creo, para que ya hubiera madurado la especie desde por lo menos los primeros 100,000. ¿No cree usted que la constante humana es precisamente la diferencia, la variedad? Yo estoy seguro que sí; de lo contrario imagínese que en lugar de que la norma fuera ser heterosexual, lo correcto hubiera sido ser homosexual. Lo digo porque lo normal no es otra cosa que lo que entra dentro de la norma y la norma humana no obedece a principios naturales, sino a consensos sociales, es decir, a la cultura, que es una mezcla de intereses particulares, grupales y en esos términos, una laxa justificación de orden natural. En realidad lo normal es lo que un grupo decide qué es no porque sea lo correcto absoluto, sino porque es lo correcto relativo a ciertas particularidades.

En América Latina también hemos conocido al positivismo muy de cerca. En

Porfirio Díaz

México, por ejemplo, ya desde Juárez y su ideal de alfabetizar a todo el país el Estado se dio a la tarea de aniquilar comunidades indígenas enteras que no querían perder (legítimamente) sus lenguas, y los usos y costumbres que las acompañan. Claro que un país con más de 50 idiomas no es del todo sencillo de manejar, más cuando por manejar entendemos manipular, someter. Siempre será más fácil ejercer el dominio sobre muchos otros, si éstos todos son una población homogénea a la que uno mismo (el Estado) a forjado desde los cimientos y que por lo tanto conoce a pie puntillas. Ya después llegarían Porfirio Díaz y sus años de dictadura bajo la que el país conocería por fin la Modernidad de la que se había perdido desde hacía más de un siglo. Fue cuando se dieron a conocer grupos importantes como el de los científicos, que estaban a cargo de las tareas imprescindibles para eso que se llamó desarrollo nacional. La educación fue un tema elemental en estos sucesos. Nació la Escuela Nacional Preparatoria, cuyo lema ha sido desde entonces “Amor, orden y progreso”. Nadie niega los avances y aportaciones de la ciencia, como tampoco las del gusto afrancesado de don Porfirio. El Palacio de Bellas Artes y el ángel de la Independencia (Victoria alada) le quedaron hermosos. Sin embargo siempre queda la pregunta: ¿por qué tuvieron que ser así las cosas? Es decir, ¿qué necesidad de obligar a millones a suscribirse a esa lógica? ¿No se supone que cuando uno está convencido de algo lo hace por gusto y no por obligación? ¿No conoce el positivismo otra herramienta de convencimiento que la imposición? Parece ser que no. Desarrollo sin esclavitud era inconcebible; sacar a los indios de sus comunidades para enrolarlos en las filas del obraje fue el talante más consistente del porfiriato. Claro, los sueldos de miseria e incluso la absoluta ausencia de ellos también fue constante en este ímpetu desarrollista. ¿Puede existir desarrollo sin sometimiento? Un análisis riguroso nos lleva a la única respuesta posible: NO. No por lo menos bajo la lógica histórica de esta sociedad que data por lo menos de cinco siglos, cuando antes de ser ilustrada era católica y colonial. Tampoco hay mucha diferencia, a nivel filosófico y cosmogónico, entre estas dos corrientes, etapas, de Occidente pero ese es otro tema que se puede discutir con un tequilita. Si la única vía de persuasión es esa, entonces el rumbo al que se invita no puede ser en nombre del bien común, sino sólo en aras del bienestar particular.

La Ciudad de México enfrenta un panorama similar al de los “mejores” años de don Porfirio, y mire que fueron bastantitos. Arrasar con grupos de vendedores ambulantes en el Centro Histórico, fíjese bien el argumento, para limpiar las calles y liberarlas para que luzcan su esplendor, es una medida positivista por donde quiera que se la mire. ¿Limpiar, liberar? Los ambulantes, por consecuencia, ensucian y esclavizan las calles, situación que no es del todo falsa pero que ha devenido pérdida de vida en el corazón de la ciudad más importante de América Latina. ¿Qué oportunidades se le ofrecen a la población que ejerce el comercio ilegal? ¿Cómo llegaron ahí? Se dice que hay empleos formales para muchos de ellos pero la paradoja es tal que contrasta con el ideal de sociedad que vende promesas sin ton ni son. El salario que se ofrece es directamente proporcional a los sueños que puede comprar… pero en sentido contrario. Para obtener las dádivas de una sociedad que disfraza de pan y vino sus mercancías, es preciso echar mano de acciones ilegales, lo saben el vendedor ambulante y el empresario más rico del mundo. ¿Por qué no se les ofrece a todos una educación de calidad y empleos bien remunerados? Muy fácil; la sociedad no necesita que todos sean ilustrados. Algunos deben ser obreros y saber y aceptar su lugar como tales (sociedad de hormigas) y claro, los menos aptos sobran (darwinismo social) y son empujados a la ilegalidad; están fuera, no son necesarios.

Otro ejemplo, y este muy reciente, es la obstinación por la construcción de eso que llaman Súper Vía. Se trata de una avenida que conectará dos zonas por donde transitan vehículos de nada fácil acceso para la mayoría de la población y que de manera amplia benefician a gente de colonias muy adineradas. Es verdad que se reducirían contaminantes con esta vía pues hasta ahora el largo trayecto para conectar los los puntos en cuestión y el pesado tránsito vehicular generan muchos contaminantes pero de la mala planeación no tienen la culpa los habitantes de la colonia paupérrima que están demoliendo en aras de un beneficio que no es común. A esto hay que sumarle el daño ambiental que causará su construcción al contaminar ahora una zona boscosa, de esas que ya no abundan en la ciudad. Ante esto uno se pregunta cómo es posible que unos cuanto prefieran rapidez para visitarse en lugar de bosques fuertes y sanos que palíen la contaminación ambiental y cómo es posible que no les importe lanzar al hacinamiento a familias enteras, ¡a toda una colonia!

¿Así es como actúa la izquierda del siglo XXI? ¿Con acciones como esas quieren que todas las corrientes de izquierda en el país se inscriban a una candidatura que presume de representar los más altos ideales de nuestra cosmovisión? De ninguna manera podría considerarse que acciones como estas, que pudieran parecer epifenoménicas, sin importancia, pudieran salir de las filas de la izquierda. Y más si sabemos que son los detalles los que de verdad hablan, dicen algo (mucho) de la personalidad de sujetos y gobiernos. Hacer alarde de los leyes que benefician a grupos vulnerabilizados (porque ninguno la vulnerabilidad no es una condición natural de ningún grupo o sujeto, sino un lugar donde se los ha colocado) y tratar de sepultar acciones como las mencionadas, ¿a qué obedece? Se trata de querer cubrir lo que en verdad se es. El positivismo nunca ha sido un estandarte de la izquierda, no podría serlo. A esas tesis sólo acuden los enemigos de la vastedad, de la riqueza plural humana. Ese “deber ser” que nos recuerda a la milicia sólo puede ser defendido por fundamentalistas del orden, de lo que ellos creen correcto porque es lo apropiado para ellos y sólo para ellos. Ningún orden que orille a un ser humano al lugar del paria, de residuo, sobrante o escoria puede ser nombrado de izquierda. Tal ideal nos recuerda a la gobernadora de Arizona y su positivista-cuasi fascista ley anti inmigrantes. ¿Afear un estado o una ciudad? ¿Qué sería lo bonito y por qué eso es bonito y no también lo otro llamado feo? Es verdad, no hay estética sin ideología, lo que podríamos llevar a ese embellecimiento que tanto presume el gobierno local del Distrito Federal, un embellecimiento que huele a hospital, donde todo está dispuesto de tal modo que no hay espacio para la mancha, el desorden. Si no fuera porque mancha y desorden comparten significantes simbólicos con vitalidad, error y éste con humanidad, y específicamente desorden con duda y ésta con conocimiento, nada tendría en contra de las pretensiones ideológicas de limpiar calles, parques y avenidas que van más allá de la superficialidad de los hechos. Hágase un ejercicio hermenéutico, un análisis discursivo y más a profundidad, una arqueología del saber acerca de la gestión de este gobierno que se autonombra de izquierda.

No sé qué le habrán dicho al gobernador del Distrito Federal que es izquierda pero es claro que sus acciones distan mucho de tener como fundamento esta concepción del mundo. La objetividad racional que dice estar detrás de las acciones de este gobierno se llama razón instrumental, de la que se habló cuando se descubrió que Auschwitz no era producto de la descomposición de la sociedad, sino fruto de ese espíritu positivista, racional instrumental, objetivista, progresista de ese modo, de un desarrollo que para sostenerse tiene que erradicar lo otro distinto estorboso porque lo propio no le basta para reclamar la verdad unívoca que reclama para sí.

Usted sabrá por quién vota, el presente trabajo tiene como finalidad dar a conocer en un plano más estudiado aquellas políticas públicas locales, sus efectos y más aún, sus fundamentos teóricos. La decisión está en usted pero tómese a considerar lo aquí expuesto. Este es un análisis sociológico de un caso particular y sirva para contribuir a la crítica.

Marcelo Ebrard

Marcelo Ebrard

El positivismo no es ni nunca podrá ser de izquierda.

 

Aquí nos tocó beber I

La Ciudad de México, debido a la complejidad y aceleramientos de su oneroso estilo de vida, se ve en la penosa necesidad de contar con recintos donde las multitudes relajen la musculatura y suelten un poco las risas acompañados de una copita, tarro, jarro, vaso, jícara o botella.  Se trata de un espacio para darle gusto al cuerpo antes de comenzar el día o para acabarlo quizá con una sonrisa de oreja a oreja e incluso para dormir mejor, aseguran algunos que para todo mal su remedio es el mezcal, y para todo bien, también.

En la variedad está el gusto y claro, una ciudad como esta, que es sedimento de todas las culturas del mundo, se puede dar el lujo de disponer para sus tensos habitantes una gama nada despreciable de bebidas, que van desde las más antiguas y originarias como el pulque, pasando por las nacionalistas como el mezcal y el tequila, sin por ello menospreciar, sino todo lo contrario, darle la bienvenida con las gargantas abiertas a los vodkas, champagne, whisky y muchas otras importadas, pero también aquellas que encontraron en nuestro país tierra fértil para su producción como la cerveza, dicen que de las mejores del mundo y los vinos, nada despreciables para un paladar gustoso. Los licores locales no se hacen esperar según la región y son tantos como matices y lenguas hay en nuestra nación. Desde un cognac hasta un jerez, aquí por alegría no paramos, y si se trata de alegría o tristeza, los foros están a la orden del día incluso si lo único que se busca es ver y ser visto disfrutando la bebida de moda.

La verdad no podía ser de otra manera, una ciudad como esta requiere artillería pesada en todos los ámbitos del transcurrir cotidiano y la bebida se ha convertido en un salvavidas más que un producto nocivo para la salud. El bebedor alegre no tiene la culpa de que su cuerpo tenga defectos de fábrica que no soporten el ritmo preciso y magistral de la delicada melodía que es el impetuoso acto de beber. La intención al beber, en una ciudad como esta, tiene la función de equilibrar la balanza toda vez que un estilo de vida o las labores exigentes agotan al cuerpo, por lo que es preciso estimularlo, darle ánimos, aplausos, para que se relaje. No olvidemos que el estrés tensa los músculos y una copita puede contribuir a suavizar las carnes y los ánimos.

Hay que decirlo, las bebidas alcohólicas no tienen la culpa de nada, es el sentido que se le de al acto de ingerirlas. La pregunta sería entonces, cómo hace usted para darle sentido al acto de beber? ¿Le da sentido? ¿Tiene sentido? ¿Debería tenerlo?… Como sea, que esto, que el otro… ¡Salud!

Genealogía del verbo metrear

El Metro.

Transporte público de una ciudad convulsa, espacio donde se intercambian miradas, roces y aromas cinco millones de personas diariamente. El Metro del Distrito Federal ha sido desde siempre el espacio público por excelencia, dentro de nuestra capital. Quizá equiparable sólo con el zócalo de la ciudad, el Metro es testigo incómodo de los avatares de un espacio donde lo público en su carácter de anónimo posibilita un sinfín de acciones para sus habitantes. La ciudad, apuntan los sociólogos, es el espacio de la libertad, y agregaría que de la libertad fría, la libertad silenciosa.

Más a fondo, los espacios públicos.

~La calle y la marcha.

En la ciudad la interacción debe darse forzosamente en el espacio público para poder ser reconocida por la población. Los ritmos de vida que aquí se llevan hacen prácticamente imposible una convivencia a fondo, más seria y detallada acerca incluso de los grandes amigos. Los tiempos, su medición, son imprescindibles. De nada sirve un grupo de manifestantes encerrados en una especie de manifestódromo para luchar por sus demandas. La ciudad tiene que enterarse de lo que sucede, de lo contrario, nada existe. Lo privado se vuelve público debido a los altos niveles de despersonalización. “Ey, aquí estoy, dentro de todos los millones que somos, aquí estoy” es la consigna de los movimientos que se manifiestan en las calles. LA CALLE NO ES PUES, UN LUGAR DE TRÁNSITO, SINO DE EXPRESIÓN. LA CALLE ES EL VERDADERO FORO DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

~El Metro, lo público y lo privado.

Si la calle no es sólo un lugar de tránsito, entonces el Metro tampoco es sólo un medio de transporte. Éste funge también como espacio para las artes, el comercio formal e informal, la alimentación y para algunas autoridades, es también la mina de oro que tiene a este transporte en el estado deplorable en el que se encuentra. El Metro es el espacio de la corrupción mucho antes que ser el lugar idóneo para el encuentro entre similares.

¿Por qué el Metro?

Todos sabemos que mucho ante de que existiera la aún hoy reducida gama de bares para no ser molestados por gente homofóbica, el encuentro se llevaba a cabo en sitios para hombres como vapores y sanitarios, entre otros. En muchos casos, a falta de internet, se corría la voz y la gente iba conociendo nuevos lugares propicios para llevar a cabo tales acciones. Así nació la leyenda del Metro, en una ciudad que no atiborraba los vagones. El último siempre fue el menos accesible debido a la holganza citadina que propiciaba una movilidad muy corta más allá de los vagones centrales. El espacio pronto fue acogido por cientos de parejas homosexuales que viajaban más seguras en aquel vagón, lejos de las calumnias, ofensas y posibles abusos por parte de gente conservadora y también por varios solteros posiblemente amanerados que hallaban en ese vagón un lugar de refugio y descanso al acoso. Pero seamos honestos, el espacio sirvió también para el intercambio de miradas, roces y cuerpos. Y no hay nada de qué escandalizarse, así lo han hecho también parejas heterosexuales cuando tienen la oportunidad, en cualquier lugar en que ésta se les presente. Es una característica humana transgredir el espacio, romper con su linealidad objetiva. Y es este parámetro, el de lo objetivo, el que habla para oponerse a esta actividad que como hemos visto, no sólo es de índole sexual, sino que esconde también ciertas reservas respecto a los posibles tratos que hay por parte de gente homofíbica, fuera del llamado jotivagón. Estar en grupo suele ser más seguro que ir solo.

¿Por qué lo hacen?

Una de las tesis más importantes al respecto es que el homosexual al cobrar consciencia acerca del papel que tiene en las relaciones sociales, en tanto disidente del canon conductual, se libera de las que considera ataduras o de manera más sencilla, se apropia del estigma y lo transfigura de tal modo que actúa con base a las características de las que se le inviste, en este caso, al no participar del matrimonio lleva a cabo conductas opuestas a éste.

Otra de las teorías menciona que muchos homosexuales encuentran una salida a la pesadumbre que les causa la insatisfacción de lo cotidiano en el sexo. Tal tesis apela a la actividad sexual impulsiva como escapatoria de una realidad no placentera. Sin embargo, hay quienes mencionan que pese a que esta tesis sea altamente sostenible, no se reconoce porque es parte de la actividad no consciente del sujeto y por tanto no se reconoce y es de difícil estudio.

Una más menciona que tales conductas son posibles dentro de un marco social que propicie el liberalismo sexual, es decir, una sociedad hedonista que apele por la frivolidad del goce antes que cualquier otro rasgo o característica. Liberal al sujeto de todo formalismo, incluyendo el de la pareja monógama. Esta tesis se esgrime siguiendo los lineamientos de la sociedad de consumo.

La última se sostiene bajo el fundamento político de saber que lo que se hace es un ataque a cualquier orden establecido, más aún si se hace en espacios públicos. La clandestinidad será una respuesta a la normalización. Actuar bajo las sobras, a escondidas de un poder que vigila sin cesar es burlarse de él y gozarlo.

Sea cual sea el posible origen de este acto, lo cierto es que forma parte de las actividades que se realizan en toda urbe del tamaño de la Ciudad de México y que impone a sus habitantes condiciones tales que propicien actividades de éste y otros tipos. El sexo clandestino en lugares públicos se suma a la resignificación de los espacios como las marchas en las calles, los cafés en las banquetas y ahora las poco usuales e irruptivas bicicletas que transitan en aceras inundadas de gente y avenidas infestadas de autos. En la ciudad no se dispone mucho tiempo para planear las cosas y hay que hacerlas cuando se presenta la oportunidad. En la ciudad, el Metro es un refugio para el sujeto socavado.