Tula, Yola y Estela… de luz

Todo transcurría con tranquiidad, era una tarde de domingo cualquiera en el Centro. Los amigos iríamos a la expo de Ron Mueck en San Ildefonso pero la fila era una invitación a odiar el arte contemporáneo de por vida. En una ciudad como el DF la única diferencia entre VIP y la prole es que la fila de los primeros en menos larga que la de los segundos.

Fuimos a comer y estuvimos echando el chisme por horas de temas tan variados como los sanitarios de los restaurantes, el aparente engaño de los descuentos en las tiendas departamentales y claro, para no variar, intentábamos saber si el señor y el joven de la mesa de junto eran padre e hijo o daddy y chichifo. Al final decidimos que era más interesante hablar de muebles de baño y la decoración del lugar donde el rey va solo.

A uno de mis amigos, Edson, se le ocurrió que fuéramos a ver la Estela de Luz, monumento conmemorativo del Bicentenario de la Independencia de México (sic) inaugurado apenas un día antes por el flamante (sólo si se le acerca un encendedor mientras habla) presidente de la república y cuyo costo merecía que por lo menos una vez en la vida todo mexicano fuera a tomarle un par de fotos. Los más de mil millones de pesos gastados en el monumento vaticinaban un monumento que dejarían al Ángel y Bellas Artes como poste de luz en municipio metropolitano y circo de pueblo respectivamente. Llegando sobre Reforma se veía a lo lejos una armónica muy curiosa que también parecía riel de tren, Bocadín y hasta ballena del segundo piso del Peri.

Las luces de sonidero y la música de los éxitos del momento, en inglés, yhago énfasis porque se supone que el pretexto era una festividad mexicana pero una vez sacado totalmente de contexto pues qué importaba, aunque siendo honesto creo que el son de la negra desentonaría con la intención futurista-conceptual-de autor-sobria-Ibero del monumento. El chiste es que también había papelitos metálicos que caían sobre Reforma y que, casi seguro, un voluntario lanzaba desde el monumento para impregnar el ambiente con brillos de Luna llena.

Y así, sin previo aviso, los paneles de la construcción comenzaron a prender y apagarse formando figuras, líneas y grecas que subían y bajaban como en estéreo para auto de Sony, de esos que son el artículo de lujo en los más distinguidos microbuses de Av. Zaragoza. Si hubiera estado en el piso, aquello sería el sueño de John Travolta. Una disco ball habría combinado a la perfección pero ya no había otros mil millones. ¿Recuerdan al auto increible? Pues no pregunten. El arquitecto se creyó Michael y la Estela de luz su Kitt.

En fin, ya está ahí, crealo, trate de vivir con eso, contemple cómo Reforma ahora tiene un aire de casino y por si fuera poco, admire el espectáculo de lanzallamas distribuidos a los costados del monumento de piso a suelo. Una cosa maravillosa que nos recuerda los cruceros del DF y sus tragafuegos, al mítico Palladium de Acapulco o algún concierto de Britney, rave u Offer Nissim. Muchos nos quedamos con las ganas de ver aparecer bajo una nube de humo muy al estilo de vals de quinceañera, a la mismísima Tongolele que habría hecho de la fogosa ocasión un espectáculo digno de recordarse. No dudo que la diva haya rechazado la invitación porque denigraría su carrera. Del MGM pasamos a una versión muy pobre del Tropicana. No sé, tal vez en algún bar de Zona Rosa o Pantitlán se hubiera visto mejor. Esa extraña sensación cabaretera de un monumento histórico daba cosquillas. Al final, se encendieron algunos paneles donde se leía MÉXICO… por lo menos con acento.

Reforma dejó de ser señorial para siempre para convertirse en una avenida electro klash, blackeyedpeasera tropicalosamente fogosa. ¡Amo la posmodernidad! Lo que sea que eso signifique.

¿Bella? No. La estela de luz está chida.

¿Positivismo de izquierda?

 

Mire, yo sé que nos encontramos en un periodo que permite a muchos la mezcolanza desmedida de maneras de ser. Uno, se supone, ya tiene la libertad de ser bueno con unos y malo con otros, es decir, tiene la libertad de donar a cuanta causa desgarradora surge, previamente mediatizada y sazonada con el debido ingrediente dramático telenovelero, pero sin abandonar prácticas individualistas como el consumismo extremo, curiosamente el causante de muchos de los padecimientos que luego vienen a defender las causas “más nobles del mundo”. También a uno le puede gustar la música más alternativa y al mismo tiempo ser un as de la cumbia y la salsa. Dicen que las fronteras de los gustos comienzan a borrarse en aras de saborear todo tipo de mieles de la vida. La liberalización del cuerpo tiene mucho de eso. Ahora está de moda ser bisexual o por lo menos echarse una canita al aire con alguien aunque la propia orientación sexual se presuma distinta a la que se comete bajo el manto protector de la libertad de exploración sensual. Lo más gracioso es que la gente dice descubrir que es bisexual en sentido carnal pero no en sentido psíquico, es decir, sin dejar a un lado sus nociones sociales, roles, de macho y hembra, mujer u hombre.

En realidad, dicen que toda idea sólida, toda forma de ser de una sola pieza debe morir en pos de la libertad, aunque una vez adquirida, no se sepa qué hacer con ella, como muestran las actitudes sociales de los jóvenes, y cada vez más jóvenes, más chamacos pues. En fin, el asunto es que toda solidez se ha perdido para dar paso al estado líquido de la personalidad, y hasta cierto punto esto puede servir para poder convivir o hacer más llevadera esta convivencia en un ambiente relajado, cínico e indiferente.

Hoy se tiene la libertad para ser homosexual de derecha, católico de izquierda y si me presiona, hasta de ser marxista guadalupano, claro que sí. Ya todo se puede y se vale pero… ¿es en serio? ¿no hay límites? Veamos.

Auguste Comte

Orden y progreso, lema del positivismo, filosofía cuya tesis central era que las sociedades tendían a avanzar, desarrollarse hacia un estadio de plenitud y armonía que la ciencia, y sólo la ciencia, podrían brindarle. Para ello era preciso librarse de ataduras subjetivas como la disidencia, la religiosidad y la duda pues el camino trazado por el Estado científico era el idóneo, el único, es decir, el Juan Camaney de los caminos para por fin crear la sociedad de nuestros sueños. Habría que pasar por dos estadios previos antes de arribar al que gracias a un proceso evolutivo del pensamiento y por tanto también organizativo no podría caber duda de que era el definitivo; estos  son el teológico, el metafísico y el positivo.

Bueno, le cuento. Estas tesis fueron siempre asociadas a gobiernos autoritarios, represivos de toda discrepancia. La Santa voluntad del Estado es la  legítima y verdadera revelación que la ciencia le daba al hombre para guiar su destino pues se supone, en un plano ideal, el Estado se guiaba sólo por principios objetivos y ningún juicio de valor ejercía influencia sobre él; era pues, la manera única de salvación de la especie y la garantía absoluta de la vida en sociedad; fuera del positivismo todo era caos, suciedad, trastornos, vileza y muerte. Europa fue la primera en sufrir, desafortunadamente, los estragos de estas tesis, mismas que están en los cimientos de la ideología nazi, por citar el ejemplo más claro. Otra aplicación de éstas, es también la ideología estadounidense, aquella que mediante los bienes y servicios del consumismo tiene como fin garantizar la libertad y la felicidad total de la sociedad, so pena de no mirar nunca, claro está, lo que se necesita para sostener tales niveles de consumo (deforestación, contaminación de mares, ríos y océanos, mega minería a cielo abierto, y un interminable etc., eso sin contar con los trastornos psicológicos que esa ideología provoca). El positivismo siempre ha formado parte de esa manera de pensar policíaca. ¿Por qué no creer que lo que dice el positivismo es verdad? ¿Por qué dudar? ¿Por qué no aceptar, con gusto además, que ese camino trazado por gente supuestamente objetiva es el mejor para todos? Mire usted. Bruno Traven, un poeta, llegó a decir que el día que todos habláramos inglés dejaríamos de ser humanos, ¿por qué? Muy sencillo. No es algo particular contra ese idioma, sino por lo que el acto implica. Hablar sólo un idioma implica a su vez, sólo una manera de comprender el mundo y mire, la humanidad, una de sus características es precisamente la multiplicidad de maneras para ver los distintos escenarios que se le presentan. Si fuera verdad que sólo hay una forma, La Forma, de organizarnos, de hablar, de vestir, de convivir, etc., ¿no cree usted que hubiera sido así desde el principio? ¿No cree que, de otro modo, ya habría sucedido desde mucho tiempo atrás? Lo comento porque recientes estudios descubrieron el asentamiento humanos más antiguo, hasta ahora, que data de hace poco más de 780,000 años, tiempo suficiente, creo, para que ya hubiera madurado la especie desde por lo menos los primeros 100,000. ¿No cree usted que la constante humana es precisamente la diferencia, la variedad? Yo estoy seguro que sí; de lo contrario imagínese que en lugar de que la norma fuera ser heterosexual, lo correcto hubiera sido ser homosexual. Lo digo porque lo normal no es otra cosa que lo que entra dentro de la norma y la norma humana no obedece a principios naturales, sino a consensos sociales, es decir, a la cultura, que es una mezcla de intereses particulares, grupales y en esos términos, una laxa justificación de orden natural. En realidad lo normal es lo que un grupo decide qué es no porque sea lo correcto absoluto, sino porque es lo correcto relativo a ciertas particularidades.

En América Latina también hemos conocido al positivismo muy de cerca. En

Porfirio Díaz

México, por ejemplo, ya desde Juárez y su ideal de alfabetizar a todo el país el Estado se dio a la tarea de aniquilar comunidades indígenas enteras que no querían perder (legítimamente) sus lenguas, y los usos y costumbres que las acompañan. Claro que un país con más de 50 idiomas no es del todo sencillo de manejar, más cuando por manejar entendemos manipular, someter. Siempre será más fácil ejercer el dominio sobre muchos otros, si éstos todos son una población homogénea a la que uno mismo (el Estado) a forjado desde los cimientos y que por lo tanto conoce a pie puntillas. Ya después llegarían Porfirio Díaz y sus años de dictadura bajo la que el país conocería por fin la Modernidad de la que se había perdido desde hacía más de un siglo. Fue cuando se dieron a conocer grupos importantes como el de los científicos, que estaban a cargo de las tareas imprescindibles para eso que se llamó desarrollo nacional. La educación fue un tema elemental en estos sucesos. Nació la Escuela Nacional Preparatoria, cuyo lema ha sido desde entonces “Amor, orden y progreso”. Nadie niega los avances y aportaciones de la ciencia, como tampoco las del gusto afrancesado de don Porfirio. El Palacio de Bellas Artes y el ángel de la Independencia (Victoria alada) le quedaron hermosos. Sin embargo siempre queda la pregunta: ¿por qué tuvieron que ser así las cosas? Es decir, ¿qué necesidad de obligar a millones a suscribirse a esa lógica? ¿No se supone que cuando uno está convencido de algo lo hace por gusto y no por obligación? ¿No conoce el positivismo otra herramienta de convencimiento que la imposición? Parece ser que no. Desarrollo sin esclavitud era inconcebible; sacar a los indios de sus comunidades para enrolarlos en las filas del obraje fue el talante más consistente del porfiriato. Claro, los sueldos de miseria e incluso la absoluta ausencia de ellos también fue constante en este ímpetu desarrollista. ¿Puede existir desarrollo sin sometimiento? Un análisis riguroso nos lleva a la única respuesta posible: NO. No por lo menos bajo la lógica histórica de esta sociedad que data por lo menos de cinco siglos, cuando antes de ser ilustrada era católica y colonial. Tampoco hay mucha diferencia, a nivel filosófico y cosmogónico, entre estas dos corrientes, etapas, de Occidente pero ese es otro tema que se puede discutir con un tequilita. Si la única vía de persuasión es esa, entonces el rumbo al que se invita no puede ser en nombre del bien común, sino sólo en aras del bienestar particular.

La Ciudad de México enfrenta un panorama similar al de los “mejores” años de don Porfirio, y mire que fueron bastantitos. Arrasar con grupos de vendedores ambulantes en el Centro Histórico, fíjese bien el argumento, para limpiar las calles y liberarlas para que luzcan su esplendor, es una medida positivista por donde quiera que se la mire. ¿Limpiar, liberar? Los ambulantes, por consecuencia, ensucian y esclavizan las calles, situación que no es del todo falsa pero que ha devenido pérdida de vida en el corazón de la ciudad más importante de América Latina. ¿Qué oportunidades se le ofrecen a la población que ejerce el comercio ilegal? ¿Cómo llegaron ahí? Se dice que hay empleos formales para muchos de ellos pero la paradoja es tal que contrasta con el ideal de sociedad que vende promesas sin ton ni son. El salario que se ofrece es directamente proporcional a los sueños que puede comprar… pero en sentido contrario. Para obtener las dádivas de una sociedad que disfraza de pan y vino sus mercancías, es preciso echar mano de acciones ilegales, lo saben el vendedor ambulante y el empresario más rico del mundo. ¿Por qué no se les ofrece a todos una educación de calidad y empleos bien remunerados? Muy fácil; la sociedad no necesita que todos sean ilustrados. Algunos deben ser obreros y saber y aceptar su lugar como tales (sociedad de hormigas) y claro, los menos aptos sobran (darwinismo social) y son empujados a la ilegalidad; están fuera, no son necesarios.

Otro ejemplo, y este muy reciente, es la obstinación por la construcción de eso que llaman Súper Vía. Se trata de una avenida que conectará dos zonas por donde transitan vehículos de nada fácil acceso para la mayoría de la población y que de manera amplia benefician a gente de colonias muy adineradas. Es verdad que se reducirían contaminantes con esta vía pues hasta ahora el largo trayecto para conectar los los puntos en cuestión y el pesado tránsito vehicular generan muchos contaminantes pero de la mala planeación no tienen la culpa los habitantes de la colonia paupérrima que están demoliendo en aras de un beneficio que no es común. A esto hay que sumarle el daño ambiental que causará su construcción al contaminar ahora una zona boscosa, de esas que ya no abundan en la ciudad. Ante esto uno se pregunta cómo es posible que unos cuanto prefieran rapidez para visitarse en lugar de bosques fuertes y sanos que palíen la contaminación ambiental y cómo es posible que no les importe lanzar al hacinamiento a familias enteras, ¡a toda una colonia!

¿Así es como actúa la izquierda del siglo XXI? ¿Con acciones como esas quieren que todas las corrientes de izquierda en el país se inscriban a una candidatura que presume de representar los más altos ideales de nuestra cosmovisión? De ninguna manera podría considerarse que acciones como estas, que pudieran parecer epifenoménicas, sin importancia, pudieran salir de las filas de la izquierda. Y más si sabemos que son los detalles los que de verdad hablan, dicen algo (mucho) de la personalidad de sujetos y gobiernos. Hacer alarde de los leyes que benefician a grupos vulnerabilizados (porque ninguno la vulnerabilidad no es una condición natural de ningún grupo o sujeto, sino un lugar donde se los ha colocado) y tratar de sepultar acciones como las mencionadas, ¿a qué obedece? Se trata de querer cubrir lo que en verdad se es. El positivismo nunca ha sido un estandarte de la izquierda, no podría serlo. A esas tesis sólo acuden los enemigos de la vastedad, de la riqueza plural humana. Ese “deber ser” que nos recuerda a la milicia sólo puede ser defendido por fundamentalistas del orden, de lo que ellos creen correcto porque es lo apropiado para ellos y sólo para ellos. Ningún orden que orille a un ser humano al lugar del paria, de residuo, sobrante o escoria puede ser nombrado de izquierda. Tal ideal nos recuerda a la gobernadora de Arizona y su positivista-cuasi fascista ley anti inmigrantes. ¿Afear un estado o una ciudad? ¿Qué sería lo bonito y por qué eso es bonito y no también lo otro llamado feo? Es verdad, no hay estética sin ideología, lo que podríamos llevar a ese embellecimiento que tanto presume el gobierno local del Distrito Federal, un embellecimiento que huele a hospital, donde todo está dispuesto de tal modo que no hay espacio para la mancha, el desorden. Si no fuera porque mancha y desorden comparten significantes simbólicos con vitalidad, error y éste con humanidad, y específicamente desorden con duda y ésta con conocimiento, nada tendría en contra de las pretensiones ideológicas de limpiar calles, parques y avenidas que van más allá de la superficialidad de los hechos. Hágase un ejercicio hermenéutico, un análisis discursivo y más a profundidad, una arqueología del saber acerca de la gestión de este gobierno que se autonombra de izquierda.

No sé qué le habrán dicho al gobernador del Distrito Federal que es izquierda pero es claro que sus acciones distan mucho de tener como fundamento esta concepción del mundo. La objetividad racional que dice estar detrás de las acciones de este gobierno se llama razón instrumental, de la que se habló cuando se descubrió que Auschwitz no era producto de la descomposición de la sociedad, sino fruto de ese espíritu positivista, racional instrumental, objetivista, progresista de ese modo, de un desarrollo que para sostenerse tiene que erradicar lo otro distinto estorboso porque lo propio no le basta para reclamar la verdad unívoca que reclama para sí.

Usted sabrá por quién vota, el presente trabajo tiene como finalidad dar a conocer en un plano más estudiado aquellas políticas públicas locales, sus efectos y más aún, sus fundamentos teóricos. La decisión está en usted pero tómese a considerar lo aquí expuesto. Este es un análisis sociológico de un caso particular y sirva para contribuir a la crítica.

Marcelo Ebrard

Marcelo Ebrard

El positivismo no es ni nunca podrá ser de izquierda.

 

Aquí nos tocó beber I

La Ciudad de México, debido a la complejidad y aceleramientos de su oneroso estilo de vida, se ve en la penosa necesidad de contar con recintos donde las multitudes relajen la musculatura y suelten un poco las risas acompañados de una copita, tarro, jarro, vaso, jícara o botella.  Se trata de un espacio para darle gusto al cuerpo antes de comenzar el día o para acabarlo quizá con una sonrisa de oreja a oreja e incluso para dormir mejor, aseguran algunos que para todo mal su remedio es el mezcal, y para todo bien, también.

En la variedad está el gusto y claro, una ciudad como esta, que es sedimento de todas las culturas del mundo, se puede dar el lujo de disponer para sus tensos habitantes una gama nada despreciable de bebidas, que van desde las más antiguas y originarias como el pulque, pasando por las nacionalistas como el mezcal y el tequila, sin por ello menospreciar, sino todo lo contrario, darle la bienvenida con las gargantas abiertas a los vodkas, champagne, whisky y muchas otras importadas, pero también aquellas que encontraron en nuestro país tierra fértil para su producción como la cerveza, dicen que de las mejores del mundo y los vinos, nada despreciables para un paladar gustoso. Los licores locales no se hacen esperar según la región y son tantos como matices y lenguas hay en nuestra nación. Desde un cognac hasta un jerez, aquí por alegría no paramos, y si se trata de alegría o tristeza, los foros están a la orden del día incluso si lo único que se busca es ver y ser visto disfrutando la bebida de moda.

La verdad no podía ser de otra manera, una ciudad como esta requiere artillería pesada en todos los ámbitos del transcurrir cotidiano y la bebida se ha convertido en un salvavidas más que un producto nocivo para la salud. El bebedor alegre no tiene la culpa de que su cuerpo tenga defectos de fábrica que no soporten el ritmo preciso y magistral de la delicada melodía que es el impetuoso acto de beber. La intención al beber, en una ciudad como esta, tiene la función de equilibrar la balanza toda vez que un estilo de vida o las labores exigentes agotan al cuerpo, por lo que es preciso estimularlo, darle ánimos, aplausos, para que se relaje. No olvidemos que el estrés tensa los músculos y una copita puede contribuir a suavizar las carnes y los ánimos.

Hay que decirlo, las bebidas alcohólicas no tienen la culpa de nada, es el sentido que se le de al acto de ingerirlas. La pregunta sería entonces, cómo hace usted para darle sentido al acto de beber? ¿Le da sentido? ¿Tiene sentido? ¿Debería tenerlo?… Como sea, que esto, que el otro… ¡Salud!

Los gregarios y los de horda

Sí, somos más de veinte millones de habitantes en la ciudad de México y su área metropolitana, que más bien es como su ladilla o sanguijuela metropolitana, porque vienen a hacer el tráfico más pesado, a colmar el transporte público y desquiciar las calles pero no todos los impuestos que pagan se quedan aquí; una parte, la que se refiere al salario sí la retiene el gobierno del Distrito Federal pero obviamente, como viven del otro lado del espejo, los impuestos de recaudación predial, vehicular y similares se quedan en aquella vecina demarcación. Pero bueno, el chiste no es ese, si no fuera porque de vivir aquí, quién sabe cómo nos iría porque soportar esos tumultos en horario de oficina es una cosa, pero aguantarlos las 24 horas del día es otro cantar aunque tendría su chiste. No sé por qué hay gente que se fastidia cuando sale a la calle y se enfrenta con cientos de miles. Esta es una ciudad de enormes rituales, esfuerzos sobrehumanos para hacer llevadera la vida. Uno que otro golpe accidental a nadie le hace daño, incluso hay quienes puede convivir alegres en esos apretujones en horas pico, en el transporte público o en las calles, cada uno en su auto. Muchísima gente en las calles, tanta que pareciera ser una imagen de algún éxodo en el que cada quien huye de sus propios demonios para  tristemente encontrarse con los del resto. Ensimismados, pululan millones de almas en esos mausoleos de historias que los más simples llaman banquetas. Muchos los llamados y poco los elegidos para escuchar aquellas oraciones multitudinarias. Uno puede acudir a las avenidas más transitadas y sentarse o quedarse en pie a escuchar el vaivén de los autos, los camiones y demás vehículos que con el sonido que provocan motores, bocinas, balatas y mentadas de madre. No me crea, hágalo y verifique si existen similitudes entre los sonidos de las grandes avenidas en horarios tranquilos, porque aún los hay, y los que existen en el mar. Lo mismo, aunque menos audible la similitud, entre las horas pico y una tormenta. Este es un botón, una vivencia muy personal que no tiene la intención de compartir un momento agradable pese, o quizá gracias a los indoblegables talantes de este rincón del universo.

Uno de los pocos momentos en los que esas multitudes se agradecen son cuando se juntan por algún motivo. Las manifestaciones son un ejemplo de ello pese a que muchas de ellas están comandadas por gente no grata que usa los discursos para sacar provecho, pero eso no nos importa ahora; lo que a nosotros nos incumbe es la gente de a pie, esos cientos de miles que desahogan sus rabias contra un enemigo invisible, divino por sus características, pero que tiene una presencia tan arraigada que ha causado tantos trastornos físicos y mentales que si no fuera por esas válvulas de escape quién sabe qué sería de esa gente, pero bueno, no sólo existen esos encuentros dionisiacos de corte politicoide, también los hay bastante amenos y festivos e igual de vibrantes y estremecedores. Estamos hablando desde luego, de un concierto masivo, esos donde son más de ocho mil asistentes. Nadie que no sea fan va a uno de esos y la mayoría se sabe casi todas las canciones; corearlas, gritar y ver al artista prometido cantar tus temas favoritos es alucinante. El escenario, es decir el recinto, es muy importante; algunos conciertos adquieren una mística peculiar cuando se hacen en espacios abiertos aunque no por eso dejan atrás a los que llevan a cabo en foros hechos especialmente para ese fin. ¡Se me enchina el cuero nomás de recordar aquellos conciertos en el Foro Sol, el Zócalo capitalino, el Auditorio Nacional, el Palacio de los Deportes y otros tantos lugares. Lo cierto es que el artista es un medio entre todos y cada uno de los asistentes; podría jurar que éste lo sabe y por eso se rinde a su público, ofreciéndole un concierto digno del hecho heroico de hermanar a tantas almas en un mismo coro y frenesí. Los gritos, los gritos, los gritos, oraciones al vacío que tan necesario es rendirle honores de vez en cuando, son las voces que expresan de manera perfecta lo desbordante de la experiencia. A mí no me cuentan, estoy seguro de que algo implica a niveles biológicos la suma de tantas energías arrojadas en tan poco tiempo. A ver, siendo la música un vehículo transfigurador de la realidad, imagine usted su poderío cuando se le magnifica y se potencia el número de escuchas sumando a este binomio, la reunión. ¡Eso es una bomba energética! Lo digo sin temor a ser tachado de metafísico; sé además que la física y la química, si se busca un poco, estarán de mi lado, pero sé también que esas energías no comprensibles para los simples mortales ahí están y en última instancia ni usted ni yo necesitamos una comprobación de ese tipo aunque las ciencias nos pueden dar más luz acerca del tema… Usted y yo lo sabemos porque lo sentimos.

Y qué decir de un partido de fútbol en un estadio, o de su deporte favorito. Es el mismo principio. Aunque su seguro servidor lleva ya mucho rato sin ir a uno de esos encuentros, aún se guarda el recuerdo de aquel memorable México-El Salvador de hace ya más de 15 años en el estadio Azteca. ¡Qué evento, qué fiesta! Sólo recuerdo, del partido, que ganó la selección de mi país pero eso no importa, la fiesta estaba en las gradas. Todo mundo gritando GOL, es un momento que se tatuó en mis adentros, además claro, de las miles de personas que se pararon a bailar el famoso y mexicanísimo “jarabe tapatío”. Yo entre ellos. Sigo buscando quién quiera ir conmigo a uno de esos partidos pero casi todos mis amigos son reacios a mis invitaciones y los demás pues no sé porqué pero no hemos coincidido. En fin, el chiste es que si usted puede, hágalo, se lo recomiendo mucho aunque como a mí, a usted no le guste ese deporte que atrae a las multitudes, algo se puede hacer para remediar ese asunto… La pasarán bien, yo lo sé.

Y creo que hasta aquí estuvo bueno por ahora, ya no tocamos el punto de las marchas lgbttti porque eso requiere otro tratamiento.

Lo que hay que oír

Los sonidos del silencio

Este mundo desbocado, conocido a través de la ciudad, se va llenando cada vez más de ruidos que más que formar parte de la cotidianidad son interiorizados por las personas como elementos molestos contra lo que poco o nada se puede hacer. Ya desde finales del siglo XIX, con la irrupción de la máquina de vapor y las fábricas se anunciaba que a partir de entonces los ruidos serían de otro tipo, sórdidos y estruendosos, por muy refinados que, sin saberlo entonces, llegarán a ser poco más de un siglo después. Si bien es cierto que desde que el hombre es hombre ha estado acompañado por ruidos que no encuentran referente en la naturaleza, como los que se produjeron por primera vez cuando se prendió fuego de manera intencional o se picaron piedras para chozas o lanzas, sin dejar atrás el arado de madera y demás aperos precarios que hasta entonces se sucedían unos a otros de forma artesanal, paulatina y acorde a la época, hasta relajada.

La irrupción del automóvil daría inicio a una nueva etapa del ruido, es decir, comenzaría de una vez por todas la democratización del ruido. La fábrica, la máquina de vapor y sus ruidos no eran asequibles para las multitudes, en cambio el auto podía y puede penetrar, hacerse presente, en un número casi ilimitado de personas. La incomodidad de estas nuevas formas de ruido, también en sintonía con las anteriores en su propia época, hablará de un tiempo ansioso, histérico, escandaloso hasta el cansancio, a tal punto que comenzará dañando al oído y terminará desestabilizando, desde un sentido médico y más allá, a las personas. ¿Sabía usted las implicaciones físicas de perder el oído? Pero debido también al necesario crecimiento de las ciudades, las maquinarias comenzarán a formar parte del paisaje urbano en ciudades como ésta que están siempre inconclusas. Taladros, barrenas, tráilers y demás maquinaria útil para levantar edificios y puentes, desde su forma, es decir, su apariencia y hasta el aturdidor ruido que generan, son síntomas de una sociedad que requiere de ruidos ensordecedores porque quizá no soportaría el silencio que orillaría sin duda a escuchar las voces internas que mucho tienen que decirnos hoy día.

Sin embargo, en los últimos años hemos pasado de esa democratización a la personalización de ese ruido. Ya la cámara fotográfica nos anunciaba la llegada de tal apropiación. Muchos sufrimos los estragos de clicks y flashasos en algún evento académico o cultural. El que aquí firma ha sido víctima del asedio de esos ruidos cuando además del ruido, el portador busca la mejor toma, por lo que además de esas miles de fotos, el sujeto aquel tiene que moverse como perro recién soltado, por todo el lugar e incluso casi montándose en los expositores y el público asistente. No tengo nada contra los profesionales del flash, yo mismo me tuerzo cuanto sea necesario para capturar justo lo que quiero pero no lo hago en congresos, coloquios, misas o conciertos. Quizá por eso en esos templos ilustrados, las salas de conciertos para música clásica y los teatros, está prohibido tomar fotos. Pero como adelantábamos ya, estamos en otro periodo en el que cada quien puede elegir la manera en que hace ruido, contribuyendo poco a poco a la sordera de los adentros, lo que provocaría que griten cuando menos uno lo espere y quizá de maneras poco agradables. Peor aún es que ese ruido no se haga al exterior sino hacia uno mismo, gracias al iPod y celulares con reproductores mp3 o de radio. En las bibliotecas y las salas de conferencia cada vez son más comunes los dedazos en los teclados de las computadoras, sonidos que cambian de acuerdo sí, a la marca del aparato. La semana pasada una señora se cambió de lugar pues no soportó el ruido de las teclas mientras yo tuiteaba lo que consideraba más relevante de un coloquio.

Yo sé perfectamente que no puedo hacer mucho para hacer frente a tantos ruidos, incluso debo confesar que soy víctima, en ocasiones, de escuchar radio vía celular porque escucho las noticias pero no por mucho tiempo porque siento que tanto tiempo (el noticiario tiene una duración de dos horas) ausente de los ruidos de fuera y sólo escuchando las noticias me provoca un encierro sofocante. Prefiero sí, los ruidos propios de una ciudad como la mía, pese a lo incómodo que pudiera resultar. Hace poco escuché a un director de orquesta decir que los ruidos citadinos eran una suerte de sinfonía accesible para pocos y desde entonces trato de hallarles armonía y vaya que sí la tienen, es, creo, la armonía del caos y la beligerancia , sinfonía para la esquizofrenia. Desde que nació la abstracción en las artes podemos escuchar piezas cada vez menos rítmicas y melódicas en distintos géneros musicales, siendo el jazz experimental prueba absoluta de lo que aquí se dice, entre muchas otras como los géneros de rock y demás. La abstracción en las artes parte de la libre interpretación particular en cuanto a cualquier tipo de obra, donde toda opinión (supuestamente) está validada a priori. Como su nombre lo indica, se trata de abstraerse del mundo material para viajar a mundos que no tienen asidero en este terreno tridimensional y que de alguna manera nos ponen en contacto con esos adentros de otra manera, una intrincada pero que corre el riesgo de alejarse de eso que llamamos realidad disociando los vínculos con los demás. Regularmente esa abstracción cae en un mundo rosita o en realidad no es un medio para arribar a nuestros adentros y sus miedos aunque bien podría serlo. Para ser justos con la abstracción diremos que tal llegada dependerá de qué tan dispuestos estemos para enfrentarnos con nosotros mismos. El ruido armonizado nos puede hacer un llamado de atención a esos adentros si los escuchamos con detenimientos pues ese ruido extremo algo quiere decirnos, bramar. Tal vez debido a que esos ruidos ya están vociferando algo que no queremos escuchar es que el ruido comienza a interiorizarse. Estamos frente a la implosión del ruido.