El siglo XXI no será el siglo de los fundamentalismos

La Revolución Industrial del siglo XIX trajo consigo grandes avances a una velocidad insospechada hasta entonces, aunque a costos humanos altísimos. El progreso de la máquina estaba siendo pagado con las vidas de millones de obreros, quienes a paso de fuego fueron conquistando derechos laborales de forma paulatina pero consistente, derechos que hoy están en jaque ante la avanzada de la llamada nueva cultura laboral, que no es otra cosa que la puesta en marcha de las prácticas laborales decimonónicas, en plena era de la información.

La invención de la máquina de vapor parecía romper las barreras del tiempo y acelerar los procesos de producción, al tiempo que se creía el punto más alto de los valores proclamados siglos atrás; desplazarse a grandes velocidades por todo el mundo fue el estandarte de la libertad. Así pues, el siglo XX se abrió las puertas a la historia proclamando para sí, ser el siglo del progreso. Sin embargo, la historia tenía otros planes. La madrugada del 15 de abril de 1912, apenas unos años después de haber declarado victoria, el siglo XX sufrió su primer gran revés: horas antes del terrible acontecimiento, un famoso empresario de la época quería sorprender a la prensa neoyorkina haciendo uso de los valores de una época: más rápido, más alto, más fuerte. Pero la penumbra de la fría noche sorprendió a la máquina que ni Dios podía hundir. El RMS Titanic se hundió llevándose consigo 1514 almas de migrantes pobres que perseguían con la misma velocidad que el empresario, el mal llamado sueño americano. Tripulación e incluso pasajeros de primera clase perdieron la vida ante la arrogancia de una clase social, la burguesía, hambrienta de legitimar su anhelo, que apenas dos años más tarde terminó por derrumbarse con la inminente llegada de la primera guerra mundial, luego la segunda, la guerra fría, las dictaduras en todo el tercer mundo, el enriquecimiento ilícito de empresas supranacionales capaces de someter a su voluntad a los gobiernos, por ejemplo, de los que llamaron países bananeros, que para nosotros son, y han sido siempre, nuestros hermanos centroamericanos, aquellos que huyen de la miseria en sus países y cuyas historias conocemos muy de cerca en este México herido de muerte, en donde se asesina a los jóvenes, a los estudiantes. No está demás decir en este momento, que los homosexuales también somos Ayotzinapa. La intolerancia sistemática de gobiernos y grupos conservadores enemigos de un porvenir digno y justo, han propiciado los crímenes de odio por homofobia, transfobia, lesbofobia y bifobia más atroces, al amparo del poder.

Sin duda, el siglo pasado trajo consigo muchos de los capítulos más desconsoladores en la historia de la humanidad, pero la resistencia es un valor humano inalienable, desde que comenzaron a librarse también muchas de las batallas más loables que ha conocido nuestra civilización y que son fuente de inspiración para afrontar los retos de la época a la que asistimos. Fue el siglo de la liberación de la mujer, que logró el derecho al voto, al empleo y a la educación, entre muchos otros, pero que aún hoy es víctima de un tipo de violencia cada vez más sutil pero también más profunda y despiadada. El siglo XX también fue el siglo de los negros. Las luchas de Malcolm X y Martin Luther King en Estados Unidos, así como la del irremplazable y mítico Nelson Mandela, quien acuñó una frase que debe ser estandarte de guerra para quienes buscan la justicia. Madiba dijo, que todo parece imposible, hasta que se hace.

El siglo que nos precede también vio nacer el movimiento de liberación homosexual, que tuvo sus inicios no en las calles de San Francisco, sino en el corazón del socialismo, de donde emanaron muchas de las conquistas que disfrutamos. La revolución bolchevique de 1917 se planteó la necesidad de liberar al ser humano de todos los yugos a los que había sido sometido por la moral burguesa. El feminismo nació socialista, lo mismo que la emancipación del homosexual y con él, la de todas las poblaciones LGBT. Sin embargo, más temprano que tarde el proyecto comenzó a derrumbarse con la llegada de Stalin al poder, quien consideró la homosexualidad como una perversión urbano-burguesa y que acabó definitivamente con el proceso transformador del pensamiento socialista para imponer el autoritarismo que utilizan los menos leídos, hasta hoy, en sus críticas a lo disidentes del capitalismo.

Pero, ¿quiénes son esos, los homosexuales, que el último sábado de 1969, en un antro de mala muerte en Nueva York, pusieron un alto a las redadas y a los crímenes policíacos contra su dignidad y que desde entonces se han visto cara a cara enfrentados contra todo tipo de violencia? ¿Quiénes son los que se atrevieron a conquistar, en palabras de esos mismos activistas, quienes son los que se atrevieron a conquistar su derecho a la existencia? Y quiénes son, en México, los que desde un 2 de octubre de 1978, en el marco del décimo aniversario de la matanza de Tlatelolco, acompañaron la marcha con un contingente homosexual, siendo víctimas de señalamientos y homofobia por los líderes de la izquierda.

La diversidad sexual ha sido uno de los bastiones más sólidos de los gobiernos y las sociedades que se dicen progresistas y que además, buscan prosperar en términos económicos y políticos. Quienes nos dedicamos a la defensa de los derechos humanos de las personas LGBT, no sólo defendemos el legítimo derecho al matrimonio, a la identidad de género, a la educación, salud e inclusión laboral, sino que contribuimos al fortalecimiento de sociedades más justas, más libres y sin duda, más respetuosas. Así lo consideró el Constituyente de Sudáfrica, liderado por Nelson Mandela, cuando les tocó la tarea de reformular el pacto social en el país sudafricano golpeado por el racismo en una de sus expresiones más perversas. Un país que buscaba renacer de las cenizas, no podía darse el lujo de repetir prácticas discriminatorias en ninguna de sus formas, por eso fue que se consagró en la Constitución Política de Sudáfrica, el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo. Sin duda hubo una oposición por parte de gente que sin ser conservadora, no comprendía por qué los homosexuales debían tener los mismos derechos que el resto, porque la discriminación no sólo es una práctica consciente, sino muchas veces la interiorización de relaciones de poder que nos utilizan para sostener y propagar un estado desigual de nuestras relaciones sociales, que a su vez sostiene un régimen económico desigual basado en el principio de la acumulación de riqueza en cada vez menos manos y la pobreza como recompensa para quienes no se esfuerzan lo suficiente. Desigualdad que impacta en las relaciones entre hombres y mujeres, desigualdad laboral, educativa, de salud, alimentaria, entre otras. La lucha por los derechos LGBT, como lucha por la igualdad, busca contribuir desde esta trinchera al despertar de la necesidad de erradicar todas las barreras que no nos permiten comprender que nuestras diferencias siempre serán menos que nuestras semenjanzas. Quienes se oponen al avance de nuestros derechos, no son otros sino quienes se oponen a la eliminación de sus privilegios. Me refiero desde luego a ese alto clero enquistado en el poder de una religión que en otros momentos y en otras latitudes ha dado al mundo a grandes defensores de la humanidad, como Monseñor Romero, sacerdote católico que se opuso a las atrocidades de la CIA en El Salvador y que fue asesinado a quemarropa por el ejército de aquel país, a comienzos de la Guerra Civil que devastó a su pueblo, que desde entonces cruza nuestro país huyendo de los fantasmas de aquella masacre.

La diversidad sexual, es el reconocimiento sexogenérico de uno de los elementos que han hecho posibles la vida en este planeta: la diversidad biológica. La diversidad sexual es también el reconocimiento de un rasgo fundamental de la riqueza humana: la diversidad cultural. Homosexuales hemos existido desde el principio de la civilización y en todas las culturas. En Holanda el matrimonio igualitario vio por primera vez la luz del mundo, en Argentina y en la Ciudad de México, las personas trans tienen derecho a su identidad de género. Hasta hoy, 18 países reconocen las uniones civiles entre personas del mismo sexo, en México dos entidades federativas: Coahuila y el Distrito Federal, y en Estados Unidos, en 33 estados. En varios países del mundo los tratamientos médicos para controlar el VIH, como medicamentos y atención a la salud, son gratuitos, como en el Distrito Federal, donde además el acceso a la salud para lesbianas y personas trans comienza a cobrar relevancia en organizaciones de la sociedad civil.

Por otro lado, en muchos países africanos, árabes y en Rusia, la homosexualidad es condenada con cárcel, como la ley contra la llamada propaganda homosexual en Rusia, que promueve manifestaciones públicas de homosexualidad, así lo dice, porque consideran que la diversidad sexual no es parte de las particularidades del ser humano, basados en creencias religiosas y postulados pseudo científicos que quieren imponerse. Para los homosexuales de México, la criminalización de la diversidad sexual promovida por gobiernos, también es un crimen de Estado.

El matrimonio igualitario es una deuda histórica de la Modernidad con sus propios ideales de igualdad, libertad y fraternidad, que desde 2001, en Holanda, ha comenzado, con paso firme, a ser una realidad palpable al rededor del mundo. Mas el matrimonio igualitario no puede hacer una tarea que nos corresponde a todos desde cada uno de nuestros frentes, como mujeres, como jóvenes, como indígenas, como gente de izquierda. Habemos personas LGBT en todos los sectores que acabo de mencionar pero por desgracia, la diversidad sexual parece no estar presente en los discursos de muchos de estos segmentos de la población.

Sin duda, las reacciones de grupos conservadores han aumentado de forma considerable en los países donde se avanza en nuestros derechos, como ocurre en los países donde se legisla a favor de las mujeres o de los pueblos originarios, por ejemplo, y es lógico: el opresor no va a renunciar a sus prerrogativas, no cederá el poder con el que nos ha oprimido de forma voluntaria. En el DF, en 2010 cuando se legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo, se dejó venir una escalada de crímenes de odio no sólo en la capital, sino en todo el país. Lo mismo ocurrió cuando se despenalizó la interrupción legal del embarazo, grupos conservadores de todo el país comenzaron a mover sus influencias y por desgracia en varios estados lograron elevar a rango constitucional la ilegalidad del aborto, que significa sin duda, la criminalización de la mujer.

Terapeutas curagays, sacerdotes católicos y pastores protestantes que tratan de imponer sus creencias personales a la sociedad civil, en contra de los principios de laicidad que forjados con sangre, le han dado a este país una libertad religiosa y un estado de leyes, no de dogmas religiosos. ¡Hasta un payaso, Leito qué paique, evangelista de Guadalajara, promueve desde la infancia, el odio contra los homosexuales. Nos enfrentamos a un avance de los fundamentalismos religiosos. Asistimos a una época en la que la conquista de derechos traerá como consecuencia, por desgracia, el recrudecimiento de la violencia, es por eso que debemos unir nuestros esfuerzos para lograr el objetivo común: un porvenir digno y libre para todas y todos.

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