El siglo XXI no será el siglo de los fundamentalismos

La Revolución Industrial del siglo XIX trajo consigo grandes avances a una velocidad insospechada hasta entonces, aunque a costos humanos altísimos. El progreso de la máquina estaba siendo pagado con las vidas de millones de obreros, quienes a paso de fuego fueron conquistando derechos laborales de forma paulatina pero consistente, derechos que hoy están en jaque ante la avanzada de la llamada nueva cultura laboral, que no es otra cosa que la puesta en marcha de las prácticas laborales decimonónicas, en plena era de la información.

La invención de la máquina de vapor parecía romper las barreras del tiempo y acelerar los procesos de producción, al tiempo que se creía el punto más alto de los valores proclamados siglos atrás; desplazarse a grandes velocidades por todo el mundo fue el estandarte de la libertad. Así pues, el siglo XX se abrió las puertas a la historia proclamando para sí, ser el siglo del progreso. Sin embargo, la historia tenía otros planes. La madrugada del 15 de abril de 1912, apenas unos años después de haber declarado victoria, el siglo XX sufrió su primer gran revés: horas antes del terrible acontecimiento, un famoso empresario de la época quería sorprender a la prensa neoyorkina haciendo uso de los valores de una época: más rápido, más alto, más fuerte. Pero la penumbra de la fría noche sorprendió a la máquina que ni Dios podía hundir. El RMS Titanic se hundió llevándose consigo 1514 almas de migrantes pobres que perseguían con la misma velocidad que el empresario, el mal llamado sueño americano. Tripulación e incluso pasajeros de primera clase perdieron la vida ante la arrogancia de una clase social, la burguesía, hambrienta de legitimar su anhelo, que apenas dos años más tarde terminó por derrumbarse con la inminente llegada de la primera guerra mundial, luego la segunda, la guerra fría, las dictaduras en todo el tercer mundo, el enriquecimiento ilícito de empresas supranacionales capaces de someter a su voluntad a los gobiernos, por ejemplo, de los que llamaron países bananeros, que para nosotros son, y han sido siempre, nuestros hermanos centroamericanos, aquellos que huyen de la miseria en sus países y cuyas historias conocemos muy de cerca en este México herido de muerte, en donde se asesina a los jóvenes, a los estudiantes. No está demás decir en este momento, que los homosexuales también somos Ayotzinapa. La intolerancia sistemática de gobiernos y grupos conservadores enemigos de un porvenir digno y justo, han propiciado los crímenes de odio por homofobia, transfobia, lesbofobia y bifobia más atroces, al amparo del poder.

Sin duda, el siglo pasado trajo consigo muchos de los capítulos más desconsoladores en la historia de la humanidad, pero la resistencia es un valor humano inalienable, desde que comenzaron a librarse también muchas de las batallas más loables que ha conocido nuestra civilización y que son fuente de inspiración para afrontar los retos de la época a la que asistimos. Fue el siglo de la liberación de la mujer, que logró el derecho al voto, al empleo y a la educación, entre muchos otros, pero que aún hoy es víctima de un tipo de violencia cada vez más sutil pero también más profunda y despiadada. El siglo XX también fue el siglo de los negros. Las luchas de Malcolm X y Martin Luther King en Estados Unidos, así como la del irremplazable y mítico Nelson Mandela, quien acuñó una frase que debe ser estandarte de guerra para quienes buscan la justicia. Madiba dijo, que todo parece imposible, hasta que se hace.

El siglo que nos precede también vio nacer el movimiento de liberación homosexual, que tuvo sus inicios no en las calles de San Francisco, sino en el corazón del socialismo, de donde emanaron muchas de las conquistas que disfrutamos. La revolución bolchevique de 1917 se planteó la necesidad de liberar al ser humano de todos los yugos a los que había sido sometido por la moral burguesa. El feminismo nació socialista, lo mismo que la emancipación del homosexual y con él, la de todas las poblaciones LGBT. Sin embargo, más temprano que tarde el proyecto comenzó a derrumbarse con la llegada de Stalin al poder, quien consideró la homosexualidad como una perversión urbano-burguesa y que acabó definitivamente con el proceso transformador del pensamiento socialista para imponer el autoritarismo que utilizan los menos leídos, hasta hoy, en sus críticas a lo disidentes del capitalismo.

Pero, ¿quiénes son esos, los homosexuales, que el último sábado de 1969, en un antro de mala muerte en Nueva York, pusieron un alto a las redadas y a los crímenes policíacos contra su dignidad y que desde entonces se han visto cara a cara enfrentados contra todo tipo de violencia? ¿Quiénes son los que se atrevieron a conquistar, en palabras de esos mismos activistas, quienes son los que se atrevieron a conquistar su derecho a la existencia? Y quiénes son, en México, los que desde un 2 de octubre de 1978, en el marco del décimo aniversario de la matanza de Tlatelolco, acompañaron la marcha con un contingente homosexual, siendo víctimas de señalamientos y homofobia por los líderes de la izquierda.

La diversidad sexual ha sido uno de los bastiones más sólidos de los gobiernos y las sociedades que se dicen progresistas y que además, buscan prosperar en términos económicos y políticos. Quienes nos dedicamos a la defensa de los derechos humanos de las personas LGBT, no sólo defendemos el legítimo derecho al matrimonio, a la identidad de género, a la educación, salud e inclusión laboral, sino que contribuimos al fortalecimiento de sociedades más justas, más libres y sin duda, más respetuosas. Así lo consideró el Constituyente de Sudáfrica, liderado por Nelson Mandela, cuando les tocó la tarea de reformular el pacto social en el país sudafricano golpeado por el racismo en una de sus expresiones más perversas. Un país que buscaba renacer de las cenizas, no podía darse el lujo de repetir prácticas discriminatorias en ninguna de sus formas, por eso fue que se consagró en la Constitución Política de Sudáfrica, el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo. Sin duda hubo una oposición por parte de gente que sin ser conservadora, no comprendía por qué los homosexuales debían tener los mismos derechos que el resto, porque la discriminación no sólo es una práctica consciente, sino muchas veces la interiorización de relaciones de poder que nos utilizan para sostener y propagar un estado desigual de nuestras relaciones sociales, que a su vez sostiene un régimen económico desigual basado en el principio de la acumulación de riqueza en cada vez menos manos y la pobreza como recompensa para quienes no se esfuerzan lo suficiente. Desigualdad que impacta en las relaciones entre hombres y mujeres, desigualdad laboral, educativa, de salud, alimentaria, entre otras. La lucha por los derechos LGBT, como lucha por la igualdad, busca contribuir desde esta trinchera al despertar de la necesidad de erradicar todas las barreras que no nos permiten comprender que nuestras diferencias siempre serán menos que nuestras semenjanzas. Quienes se oponen al avance de nuestros derechos, no son otros sino quienes se oponen a la eliminación de sus privilegios. Me refiero desde luego a ese alto clero enquistado en el poder de una religión que en otros momentos y en otras latitudes ha dado al mundo a grandes defensores de la humanidad, como Monseñor Romero, sacerdote católico que se opuso a las atrocidades de la CIA en El Salvador y que fue asesinado a quemarropa por el ejército de aquel país, a comienzos de la Guerra Civil que devastó a su pueblo, que desde entonces cruza nuestro país huyendo de los fantasmas de aquella masacre.

La diversidad sexual, es el reconocimiento sexogenérico de uno de los elementos que han hecho posibles la vida en este planeta: la diversidad biológica. La diversidad sexual es también el reconocimiento de un rasgo fundamental de la riqueza humana: la diversidad cultural. Homosexuales hemos existido desde el principio de la civilización y en todas las culturas. En Holanda el matrimonio igualitario vio por primera vez la luz del mundo, en Argentina y en la Ciudad de México, las personas trans tienen derecho a su identidad de género. Hasta hoy, 18 países reconocen las uniones civiles entre personas del mismo sexo, en México dos entidades federativas: Coahuila y el Distrito Federal, y en Estados Unidos, en 33 estados. En varios países del mundo los tratamientos médicos para controlar el VIH, como medicamentos y atención a la salud, son gratuitos, como en el Distrito Federal, donde además el acceso a la salud para lesbianas y personas trans comienza a cobrar relevancia en organizaciones de la sociedad civil.

Por otro lado, en muchos países africanos, árabes y en Rusia, la homosexualidad es condenada con cárcel, como la ley contra la llamada propaganda homosexual en Rusia, que promueve manifestaciones públicas de homosexualidad, así lo dice, porque consideran que la diversidad sexual no es parte de las particularidades del ser humano, basados en creencias religiosas y postulados pseudo científicos que quieren imponerse. Para los homosexuales de México, la criminalización de la diversidad sexual promovida por gobiernos, también es un crimen de Estado.

El matrimonio igualitario es una deuda histórica de la Modernidad con sus propios ideales de igualdad, libertad y fraternidad, que desde 2001, en Holanda, ha comenzado, con paso firme, a ser una realidad palpable al rededor del mundo. Mas el matrimonio igualitario no puede hacer una tarea que nos corresponde a todos desde cada uno de nuestros frentes, como mujeres, como jóvenes, como indígenas, como gente de izquierda. Habemos personas LGBT en todos los sectores que acabo de mencionar pero por desgracia, la diversidad sexual parece no estar presente en los discursos de muchos de estos segmentos de la población.

Sin duda, las reacciones de grupos conservadores han aumentado de forma considerable en los países donde se avanza en nuestros derechos, como ocurre en los países donde se legisla a favor de las mujeres o de los pueblos originarios, por ejemplo, y es lógico: el opresor no va a renunciar a sus prerrogativas, no cederá el poder con el que nos ha oprimido de forma voluntaria. En el DF, en 2010 cuando se legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo, se dejó venir una escalada de crímenes de odio no sólo en la capital, sino en todo el país. Lo mismo ocurrió cuando se despenalizó la interrupción legal del embarazo, grupos conservadores de todo el país comenzaron a mover sus influencias y por desgracia en varios estados lograron elevar a rango constitucional la ilegalidad del aborto, que significa sin duda, la criminalización de la mujer.

Terapeutas curagays, sacerdotes católicos y pastores protestantes que tratan de imponer sus creencias personales a la sociedad civil, en contra de los principios de laicidad que forjados con sangre, le han dado a este país una libertad religiosa y un estado de leyes, no de dogmas religiosos. ¡Hasta un payaso, Leito qué paique, evangelista de Guadalajara, promueve desde la infancia, el odio contra los homosexuales. Nos enfrentamos a un avance de los fundamentalismos religiosos. Asistimos a una época en la que la conquista de derechos traerá como consecuencia, por desgracia, el recrudecimiento de la violencia, es por eso que debemos unir nuestros esfuerzos para lograr el objetivo común: un porvenir digno y libre para todas y todos.

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Puntos principales para la conferencia de Veracruz 10.01.2015

1. Agradecimientos.

2. Sobre el concepto de diversidad sexual.

2.1 Naturaleza y sociedad.

2.1.1 Naturaleza y sexualidad.

2.1.1.1 La procreación.

2.1.1.2 La normalidad.

2.1.2 Las especies y la sexualidad.

2.2 La sociedad y la sexualidad.

2.2.1 La historia de la sexualidad.

2.2.2 La sexualidad en el cristianismo.

2.2.2.1 El pecado.

2.2.3 La sexualidad en el Estado laico.

2.2.3.1 El delito y la enfermedad.

2.2.4 La sexualidad y las ciencias.

3. El movimiento LGBT.

3.1 La URSS de Lenin.

3.1.1 La URSS de Stalin.

3.2 La Alemania nazi.

3.3 Los años 60 y la liberación sexual.

3.4 Stonewall.

3.5 Gay.

3.6 La primera marcha en México

3.7 El sida.

3.8 El neoliberalismo.

3.9 La conquista de derechos.

3.10 El matrimonio igualitario.

3.10.1 Los mismos derechos para todas las personas.

3.10.2 El mundo.

3.10.3 México.

3.10.4 La derecha cristiana.

3.10.4 La derecha laica.

3.10.5 La izquierda.

3.10.6 Transnacionales gay friendly

3.10.7 La ciudad de México.

La abstracción y la Guerra Fría: el panóptico como tecnología política en el arte contemporáneo

Agradecimientos a Casa Vecina, a la Fundación del Centro Histótico.

Dedicatoria de la ponencia a la salud de Gabriel García Mázquez, quien da nombre al Grupo Cultural Macondo.

 

Corría el año de 1968, en México  y en el mundo se respiraban aires de transformación. La imaginación tenía la consigna de conquistar el poder al paso que los homosexuales tenían la dura labor de conquistar la existencia. Nuestro planeta se conmocionaba por la energía de los jóvenes, motivados por la creciente escasez de oportunidades y recursos. Era el fin del milagro mexicano y de la bonanza económica de la posguerra, que más bien duró muy poco. La llama era nuclear no dio buenos frutos y sólo sirvió para armar a las principales potencias mundiales y lograr con ello, una calma muy tensa que perdura hasta nuestros días. La economía estaba a punto de derrumbarse, unos años más tarde, con la crisis del 73. Era sepelio del keynesianismo. El dólar nunca ha sido una divisa sana, sino una con una enfermedad crónico degenerativa incurable, pero con muy buenos medicamentos. La clínica es la servidumbre del capitalismo.

Pocos años atrás, se habían definido los bloques políticos que darían un sello particular al siglo XX. Capitalismo y Comunismo: Estados Unidos Vs la URSS. La Guerra Fría no sólo supuso la competencia industrial y tecnológica entre estas dos potencias, sino la lucha por el liderazgo de la manera de comprender el mundo. Mientras en la URSS se promovía la colectividad como valor fundamental de una sociedad socialista y al materialismo histórico como su teoría evangelizadora, en Estados Unidos comenzaba a maquinarse un andamiaje de valores que daba valor al individuo y su éxito, como signo inequívoco de progreso. En este marco nació en la URSS la idea del arte figurativo, que demostraba los logros de la revolución proletaria de manera muy clara y descriptiva. la consigna era que no había otra forma de interpretar el mundo, sino a través de lo que se ve. Color y vestido, música y plástica; todo sirvió a los intereses del Partido bajo la figura de la igualdad, entendida como la ausencia de matices, diferencias: abstracción.

Mientras, en Estados Unidos esa misma idea comenzaba a ser un lastre para la economía y existía la necesidad de transformar de forma radical el modelo de consumo. Duchamp, en 1917, presentó su obra “La Fuente”, que consistía en un mingitorio y que en su momento se consideró como un parteaguas en el arte. la idea era romper con la institución del arte y se procuraba descontextualizar los objetos, para exigir del espectador un ejercicio de pensamiento, de abstracción en torno a la obra. La consigna: romper los parámetros establecidos a favor de la libertad individual de expresión. Para Estados Unidos no bastaba con ir a la delantera de la competencia industrial y tecnológica. El colectivismo soviético representaba una amenaza más fuerte que las bombas nucleares, además de representar una dificultad máxima para irrumpir en la intimidad del sujeto: la masa no tiene forma; había que dividirla en sus componentes: paradójicamente, en individuos.

De ahí que surgieran discursos como la libertad sexual, los derechos humanos y el fortalecimiento de las tribus urbanas, los hippies; mujeres y homosexuales empoderados, entre otros. Si nuestros sueños no cabían en sus urnas, la libertad no cabía en lo visible. Jackson Pollock, junto con otros, inauguró una concepción innovadora del arte: el llamado subconsciente como motor de la obra del arte. La libertad de consumo tenía que basarse en los gustos propios, individuales, y no debía existir impedimento alguno para consumir lo que se quisiera. Es el paraíso del crédito y el surgimiento de los shampús para cada tipo de cabello. Las libertades sociales de los 60 y 70, eran el supermercado de los derechos humanos. Había que representar la libertad de maneras distintas; el subconsiente no podía representarse de forma tradicional, realista. Estamos en la época de la desmaterialización del arte y la desaparición del objeto a favor del concepto. Los valores del arte, como la armonía, el cromatismo, la composición, eran repudiados a favor de lo efímero, lo ausente, el proceso y la alegoría. Los valores establecidos se despreciaban, así como los convencionalismos: la juventud revolucionaria de 1968 apuntaló los valores del individualismo. En México, el 2 de octubre devino José Luis Cuevas; Tlatelolco provocó el nacimiento de Felguerez. La despenalización del aborto tardó demasiado. 

Debido a que era preciso propiciar formas de intercambio diferentes a las impuestas por el sentido, se tendieron las condiciones para dar un nuevo uso del tiempo y los espacios, nuevas disposiciones y moralidad del cuerpo. El individuo y sus libertades serían el as bajo la manga de Estados Unidos, para dar el tiro de gracia a la dictadura, literal, del proletariado. Fue así como esos ideales se convirtieron rápidamente en el aparato ideológico más efectivo para escudriñar al sujeto. Si la clínica desmembraba el cuerpo para estudiar y dominar individualmente cada una de sus partes, la economía política hará lo propio con la sociedad: para dominarla, es preciso atravesarla y recorrer sujeto por sujeto. El panóptico se erigió como el principio fundamental del nuevo proceder económico; sin embargo, como menciona mi difunto esposo Michel Foucault, el liberalismo no será una rama de la economía, sino una forma de gobierno. El panóptico, entonces, según Foucault, será la fórmula misma de un gobierno liberal. El panoptismo, para Bentham, es sin duda una fórmula política que no se limita a las instituciones, sino que sale a las calles a vigilar, a gobernar a cada uno. Y es que las libertades democráticas sólo se garantizan por medio de un intervencionismo económico denunciado como una amenaza para ellas; el arte liberal de gobernar, en Foucault, en definitiva, introduce de por sí o es víctima del interior de lo que podríamos llamar crisis de gubernamentalidad. La libertad y la seguridad, el juego entre una y otra, es eso lo que está en el corazón mismo de esa nueva razón gubernamental. Libertad y seguridad: esto animará dese adentro, para decirlo de alguna manera, los problemas de lo que llamaré la economía de poder propia del liberalismo. Lo que debe asegurarse no es ya, únicamene esa suerte de protección exterior del individuo. El liberalismo participa de un mecanismo en el que tendrá que arbitrar a cada instante la libertad y la seguridad de los individuos al rededor de la noción del peligro. Puede decirse que, después de todo, continúa Foucault, la divisa del liberalismo es “vivir peligrosamente”. Esto es, que los individuos se var a perpetuidad en una situación de peligro, o mejor dicho, que estén condicionados a experimentar su situación, su vida, su presente, su futuro, como portadores de peligro, como amenazas latentes a la libertad individual. Desaparición de los jinetes del Apocalipsis y, al contrario, aparición de los peligros cotidianos. Tómense como ejemplo las campañas de ahorro, véanse todas las campañas relacionadas con la enfermedad y la higiene; miren también todo lo que pasa en torno a la sexualidad y el miedo a la degeneración. No hay liberalismo sin cultura del peligro; no hay arte contemporáneo sin libertad no como derecho, sino como una obligación. 

 

San lunes: el placer acorralado

Desde hace algunos años, tanto en aplicaciones como en redes sociales de encuentro para hombres casi siempre homosexuales, hay una constante en los requerimientos que parecen más de una solicitud de empleo, que de un par que quieren pasar un buen rato. El tamaño del pene se ha convertido en un parámetro para decidir con quién se tiene sexo. Pero, ¿por qué? Bueno, la respuesta es sencilla al principio pero tiene un trasfondo más amplio.

La idea de que el tamaño importa, forma parte en principio de que entre más grande sea el pene, más placer se obtendrá y no se niega que esta suposición tenga algo de cierto. Al tener un tamaño mayor tanto en grosor como en el largo, un pene puede estimular más áreas debido a que provoca una mayor fricción. Pero el asunto no es el placer por el placer mismo, sino la necesidad social de obtener cada vez más placer a cualquier precio. Y es aquí donde la cosa se pone cada vez más dura. Resulta que como es más fácil obtener placer a través del pene, en los espacios mencionados más arriba parece ser requisito indispensable. Así también en las pláticas de amigos pasivos, de comadres, el tamaño del pene del hombre con el que se tuvo una aventura impresionante, resulta tema de conversación, cuando no al menos algo para presumir. Y es que el asunto tiene que ver más con cuestiones psicológicas en este punto. La idea de asociar el tamaño del pene con el éxito en una relación sexual, supone que aquel pasivo que tuvo sexo con un hombre con pene grande, goza no sólo de mayor placer, sino de un estatus superior, en tanto que él fue elegido por el “chiludo” o que éste fue elegido por el power bottom, término utilizado para llamar a los pasivos de alto rendimiento, quienes también deciden, de acuerdo a sus virtudes, quién habrá de penetrarlos. Pero paradójicamente, la cosa no para ahí. Derivado de este principio, resulta una patología: la creencia de que si no se tiene un pene grande o que si no se tiene sexo con alguien con un pene grande, no sólo no se obtendrá placer, sino que se caerá en el ancho mundo del fracaso. Es por ello que la depilación del pene ha tenido mucho éxito en el último año: sin vello púbico, el pene da la apariencia de mayor tamaño. En este momento, y aunque usted no lo crea, penetra sin miramientos otro principio: la lógica capitalista de la acumulación constante. 

Para todos es sabido que uno de los fundamentos del capitalismo es la acumulación de capital, hecho que sostiene la economía y que sirve para desarrollar las fuerzas de producción de forma incesante; así ha ocurrido desde hace algunos cuantos siglos y ya hemos visto algunos ejemplos de lo que se conoce como crisis de sobreproducción capitalista, que consta del exceso en la producción comparada con la escasez en la distribución de la misma. Se produce mucho pero se compra poco. Estas crisis son propias de este sistema en el que es preferible tirar a la basura toneladas de comida al año, antes que detener la producción de hamburguesas, por ejemplo. El hombre más rico del mundo, economía en desarrollo/crecimiento, la bolsa creció tantos puntos, etc; son frases utilizadas para enarbolar un discurso que encumbra al tamaño como un medio para obtener riqueza, éxito, desarrollo, plenitud. Pues bien, esta lógica también se introduce a la hora de elegir una pareja sexual y las consecuencias suelen ser las mismas. La crisis capitalista de la acumulación en el tamaño del pene, resulta en la paranoia colectiva de millones de homosexuales que buscan de forma voraz, encuentros con este tipo de hombres, así como la desvalorización de estos, como objetos de placer, y sólo gracias al tamaño de su pene. Muchos hombres no atractivos de acuerdo a los estándares comerciales de belleza pero con penes grandes, denuncian ser el placer culposo de muchos otros: “todos quieren coger conmigo pero nadie quiere ser mi pareja”. Otros lo toman como es y lo disfrutan, aunque el número de hombres insatisfechos sentimentalmente por el gran tamaño de su pene, también crece, irónicamente. Ya no son 17cm; parece que cada año la tasa de crecimiento sube un centímetro en promedio y al cierre del segundo semestre de 2013 se colocó en los 22cm. Negros, latinos y caucásicos son los más favorecidos con dicha tasa de crecimiento. 

“Nadie es monógamo con un pitochico”, decía un hombre homosexual de Ciudad de México, como para destacar este principio. Los hombres con un pene fuera de las exigencias sociales tienen que hacer gala de otros recursos para competir por carne en este rastro del deseo. Suele decirse que los hombres con pene grande no son buenos en la cama debido a que creen que sólo con sus medidas ya dan placer. Entonces quienes carecen de esos tamaños, usualmente son más dedicados a la hora del cortejo, aunque tampoco esto es una constante ni un deber ser. En redes sociales de contacto, quienes tienen un pene grande se describen menos que quienes no lo tienen. Las imágenes son suficiente presentación en muchos casos.

Se trata de la economía del placer: mayor satisfacción con el menor esfuerzo. Focalizar el placer en el tamaño del pene es más práctico que hacer uso de todo el cuerpo, pues esto implica un esfuerzo mayor, además de la necesidad de ocupar más tiempo; casi se trata de hacer una reflexión, y en una sociedad que no puede detenerse, es más sencillo, cuando se tiene un problema, empastillarse; en términos sexuales, es más útil recudirse al pene. Disfrutar del resto del cuerpo, implica además un mayor nivel de conocimiento tanto del propio cuerpo como del otro. Conocimiento, en una sociedad que apela por el carácter light de las relaciones sociales, implica cierto nivel de compenetración, de compromiso mutuo, por lo que debe desecharse en tanto supone hacer una pausa detener la producción social de placer, aunque éste tenga una duración ínfima a tal punto que es preciso recurrir a sesiones constantes para obtenerlo de nuevo.

Un amigo publicó en Facebook que aquellos que basan su placer en el tamaño de un pene, quizá tengan algún tipo de carencia, tanto emocional como económica o de otro tipo. Y quizá tenga razón en el sentido de que quien tiene un vacío buscará la manera de llenarlo (sin albur). En este sentido, el tamaño del pene podría ser una especie de neurosis colectiva, el desplazamiento de algún deseo. El tamaño de pene en estos términos implica la orientación, el encauzamiento perceptible de algo oculto en el interior. ¿Qué querrá decirnos el tamaño del pene como síntoma? 

Quizá asistimos a una época en la que el tamaño del pene habla de una crisis al interior del sujeto en una sociedad que le plantea muy pocos ámbitos para su propio crecimiento, ensanchamiento, ampliación, penetración, alza o desarrollo. Habría que comenzar a hablar del pene, en términos políticos.

 

Homofobia en la película “No se aceptan devoluciones”

La historia transcurre de forma normal, sin contratiempos, hasta que luego de seis años de abandono, aparece la madre de la hija de Valentino (Derbez), para reclamar la custodia de la infante. Hasta entonces, la vida de la niña había sido una fantasía construida por el padre, una mentira que la tenía feliz y sin tomarle importancia a un padecimiento cardiaco. Sin embargo, cuando aparece la madre, la historia da un giro de 180°. La mujer en cuestión, resulta ser lesbiana, exitosa y sofisticada; todo un estereotipo estadounidense del gay life style. Entonces la mentira se derrumba y sale a flote el padecimiento de la niña a tal grado que ella muere al final de la película, en los brazos del padre. 

Aunque no se especifica en la cinta, es notorio que la madre busca unirse a las filas de las familias homoparentales que se anuncian en los aparadores, al último grito de la moda en los derechos humanos. Su posición como una lesbiana exitosa y sofisticada, es un simbolismo propio del discurso promotor del matrimonio igualitario y el gay life style que lo sostiene. Se espera que sean este tipo de homosexuales quienes contraigan matrimonio y adopten/tengan hijos. Y la madre se valdrá de todos los recursos a su alcance, incluso de una prueba de paternidad de la niña que resulta desfavorable para el personaje que interpreta Derbez.

Nuevamente hablamos del discurso moralista que tacha a la homosexualidad como perjudicial para los infantes, al grado tal que puede causarles la muerte, según la cinta, dado que tras la aparición de la madre, comienza a derrumbarse el sueño/mentira fabricado por el padre, cuyo desenlace será la muerte de la niña. Todo iba bien mientras el padre se quedaba con la imagen de la típica gringa adolescente que fue a Acapulco a embriagarse y tener sexo con todo mundo y que abandona a su hija quizá en pos de seguir en la fiesta. El padre sostenía su mentira bajo el argumento de que no podía decirle la verdad a su hija, un pretexto que al parecer sirvió para separar a la niña del mundo exterior y volverla estúpida, tanto que no parecía percatarse que era la misma foto de su madre la que aparecía en todos los fotomontajes; incluso hasta no percatarse del error  ortográfico en el apellido de un futbolista. Pero es la misma madre, ya fuera de clóset, la que derriba la mentira que siempre había sido el orgullo de la niña a un nivel tal que ésta no podía distinguir entre ficción y realidad.  Es la madre quien rompe la relación neurótica entre el padre y la hija, caracterizada por una serie de trampas mentales que el padre le impone a la menor. La manipulación de éste sobre la niña, podría ser calificada de perversión: el padre juega con la voluntad de la niña a discreción hasta el punto que le hace creer que sólo con un amuleto que porta ella, él regresa de la muerte cada vez que realiza una escena como doble en cintas de cine.

¿Pero, por qué una lesbiana destruye el sueño de su propia hija en aras de su propio orgullo-emancipación-interés? Durante el juicio por la custodia, el argumento de la madre es que su empleo es más seguro que el del padre y que con ella, no habría riesgo de orfandad. Ella incluso tiene pareja; él, no. Él se ha dedicado por entero al cuidado de la niña. Al final, el juez otorga la custodio al padre y cuando la pareja de la madre duda de la paternidad de Valentino y la madre comprueba mediante una prueba que éste no es el padre de la menor, entonces ambos huyen de Estados Unidos y regresan a Acapulco, donde nadie cree las historias de valentía que cuenta la niña sobre su padre. Finalmente, la relación patológica entre el padre y la hija termina cuando ésta muere.

Al parecer, la misión de la madre era liberar del yugo manipulador a su hija, aunque con argumentos poco sostenibles. Nadie parece percatarse de que lo que en realidad quería el padre, es quedarse con la hija para tener la valentía que sin ella jamás tendría. Él se vuelve valiente no para cuidar a la hija, sino para disfrutar de una vida exitosa y utilizar a la niña como justificación. La audiencia prefiere la perversión controladora de un padre que devasta a su hija.

La discriminación en el asombro, el caso de los niños triquis

Lleva varias semanas circulando la sorprendente noticia de que unos niños triquis obtuvieron el campeonato infantil de basquetbol en Argentina; los medios han realizado coberturas de todo tipo al respecto y nos han mostrado en todos los noticiarios las condiciones marginales en las que viven, haciendo énfasis en la pobreza que sufren. Hablan, además, de las exigencias escolares que se necesitan para formar parte del equipo de básquet, pero no hablan ni de los trabajos de los padres o qué comen los niños cuando van a la escuela; mucho menos muestran, como era de esperarse, las escuelas donde estudian, porque tal vez sería manchar la imagen de la nota y de paso darle un punto a los disidentes de la “reforma educativa”.

Entrevistas con todos los niños con preguntas como “qué te gustaría ser de grande” o “quién es el que más anota” o solicitudes de demostración de los talentos, los medios nos han propinado una visión íntima de estos niños, pero como si se tratara de un descubrimiento inaudito, es decir, como si ahí donde no se esperaría encontrar algo, se hallara un tesoro. ¿Cómo es que unos niños indígenas que juegan descalzos pueden ser campeones del mundo? ¿Hay que ser campeón del mundo en un deporte para tener un lugar y un valor? Benito Juárez debe estar muy contento de “ver cómo esos niños salen adelante”.

En un programa que transmitió Canal 11, a propósito de esta hazaña, que mereció el nombramiento de programa ¡especial!, Javier Solórzano destacó, cuando entrevistó a las niñas, que a la edad en que participan en el equipo, según sus usos y costumbres ya deberían estar casadas; les preguntó si querían casarse a esa edad y todas, a una voz, dijeron que no. Los niños se divierten y les responden a los reporteros lo que quieren oír. Van de uno en uno preguntando lo mismo: “qué quieres ser de grande”, y todos responden lo mismo pero sin mucha preocupación: quieren ser jugadores de basquetbol. Las niñas muestran una variedad de expectativas y mencionan querer dedicarse a profesiones como profesora, enfermera, socióloga, psicóloga o pediatra, entre otras.

Solórzano preguntó a uno de los niños por qué creía que había tanto revuelo en torno al campeonato y uno de ellos le respondió, tranquilo y tajante, que la reacción fue tal, debido a que se trata de indígenas, que es de quienes no se espera nada, una acción y mucho menos el éxito. El niño pudo reconocer en ese momento, que detrás de esta excepcional cobertura, se esconde una violencia simbólica de gran calado, violencia propia de Occidente. El mundo civilizado sorprendido de las maravillas que pueden encontrarse aún hoy, después de siglos de devastación, en ese mundo salvaje, que no vive dentro de las bondades del Wi-Fi y los teléfonos inteligentes. 

Sorpresa y gusto por ver a quienes viven en la marginalidad, tratando de ganarse un lugar en el mundo de las libertades, que es, además, la única posibilidad que tendrían de ocupar un lugar en los medios, pues su cotidianidad rural, nunca sería noticia. En ese sentido, entonces el asombro no es porque sean buenos en algo, sino porque son buenos en una actividad que pertenece a la vida moderna y que jamás se pensaría podrían desempeñar, mucho menos de esa manera, unos indios descalzos. 

Así como el altruismo es un especie de paternalismo que impide el desarrollo del beneficiario, así como el asistencialismo ha sido el estandarte oficial en cuanto a políticas públicas dirigidas a las comunidades originarias, esta concepción mediática del asombro es un ejercicio que demuestra la comprensión de ese otro diferente como un otro inferior del que es preciso soprenderse cuando logra algo, porque bajo condiciones normales, están condenados al olvido y a la marginalidad. Desarrolismo aplicado a unos niños triquis, del que no se reprocha el esfuerzo y en efecto no se demerita el triunfo, sino lo que acarrea la manera de abordarlo. Parece que el mensaje del desarrollista del siglo XIX, con todo lo que ello implica, parece ser, en este siglo XIX, un fantasma, un fantasma que recorre Oaxaca.

Las emociones como instrumento de dominación

Históricamente la dominación y, en definitiva, el gobierno de unos seres humanos sobre otros se ha llevado a cabo por medio de diferentes mecanismos. En este sentido Maquiavelo hizo una gran aportación a la hora de definir las dos grandes formas de dominación de las que dispone un gobernante: la fuerza y la astucia. Maquiavelo explicó ambos conceptos aplicados al terreno político mediante la analogía del zorro y del león, pero al mismo tiempo puso de relieve la importancia de la astucia para obtener el consentimiento de los dominados para que, cuando esta no fuera suficiente, recurrir al uso de la fuerza para hacer valer la autoridad del gobernante.[1] Por tanto, para Maquiavelo la cuestión del poder se reduce en último término a una relación de fuerzas entre el gobernante y los gobernados, de manera que la disposición de unos medios de coerción propios son los que, en caso de crisis, garantizarán la conservación del poder.

Considerar la astucia como herramienta de control y dominación requiere una aproximación a su verdadero significado político en relación a los dominados. La astucia como tal tiene un valor estratégico en el ejercicio del poder al valerse de la manipulación de los individuos para crear en ellos una disposición que facilite la consecución de determinados fines. La naturaleza psicológica de esta herramienta queda patente al crear en el sujeto un estado de ánimo que permite al poder el logro de sus objetivos. Esta manipulación puede llevarse a cabo de diferentes maneras al utilizar mecanismos que Maquiavelo identificó con el amor y el miedo, pero a los que habría que añadir un tercero que es el odio. Aunque Maquiavelo se manifestó más partidario de utilizar el miedo antes que el amor,[2] el odio desempeña igualmente un papel relevante.

Tal y como afirmó Hans Morgenthau, “el poder político es una relación psicológica entre los que lo ejercen y aquellos sobre los cuales se ejerce. Da a los primeros el control sobre ciertos actos de los últimos, mediante la influencia que el primero ejerce sobre las mentes de los últimos. Esa influencia puede ser ejercida a través de órdenes, amenazas, persuasión o una mezcla de todas ellas”.[3] Pero esta relación psicológica es más patente cuando el poder busca el consentimiento social que hace aceptables sus decisiones. En la medida en que el ejercicio del poder implica la imposición de ciertos límites resulta necesario justificarlos para disponer de alguna legitimidad. Así, la legitimidad no sólo consigue la aceptación de los límites impuestos, sino que presenta como justas las intervenciones del poder incluso cuando estas conllevan el uso de la violencia. Por esta razón cualquier régimen más o menos autoritario requiere el consentimiento de aquellos sectores de la población que le son imprescindibles para mantener su dominio sobre el conjunto de la sociedad. Debido a esto el poder ha tenido que utilizar históricamente diferentes instrumentos para justificar sus intervenciones y asegurar el asentimiento de sus gobernados. En este sentido Gaetano Mosca afirmó que “|…| la clase política no justifica exclusivamente su poder únicamente con la posesión de hecho, sino que busca darle una base moral y legal, haciéndolo emanar como consecuencia necesaria de doctrinas y creencias generalmente reconocidas y aceptadas en la sociedad que esa clase política dirige”.[4] Para el poder es fundamental que sus decisiones concuerden con los valores y creencias dominantes en la sociedad, pues de esta manera tienen mayor legitimidad y cuentan con más probabilidades de ser aceptadas.[5] Aunque existen diferentes fuentes de legitimidad como las planteadas por Max Weber[6] y Norberto Bobbio[7] respectivamente, la modernidad, con todos sus avances tecnológicos, ha creado los medios materiales precisos, y por tanto las estructuras de propaganda y adoctrinamiento, para cambiar las ideas y valores prevalecientes en la sociedad con el propósito de adaptarlos a los intereses del poder establecido y disponer del correspondiente consentimiento social.

Históricamente el poder ha recurrido a la magia, la religión, etc., para justificar sus actuaciones.  Paradójicamente al mismo tiempo que la voluntad divina ha servido como base justificadora del poder también ha contribuido a limitarlo, pues su naturaleza fija establecía las rutinas y creencias de la sociedad que constituían al mismo tiempo un freno para su crecimiento ilimitado. La secularización del poder supuso el fin de estas restricciones y su expansión en una escala nunca antes conocida. El desarraigo, la pérdida de valores, la destrucción de cualquier referente ético y moral forman parte del proceso de secularización impulsado por la modernidad, lo que ha contribuido a una mayor degradación del sujeto al sumirlo en un estado de permanente confusión que lo hace más manipulable. Esto es lo que ha servido no sólo para destruir sociedades profundamente colectivistas basadas en redes de apoyo mutuo y solidaridad para, así, adecuarlas a los intereses estratégicos del Estado, sino que también ha servido como pretexto para justificar una mayor intervención y regulación de la sociedad por el ente estatal. Con esta pérdida de referentes han hecho su aparición toda clase de teorías justificadoras del poder que únicamente han contribuido a aumentarlo y que, en definitiva, han establecido una estrecha relación entre la obediencia y el crédito en tanto en cuanto el poder está sostenido no sólo por la fuerza, sino también por la opinión que se tiene de su fuerza así como por la creencia en su derecho a mandar.[8] De este modo la formación de las estructuras de adoctrinamiento y propaganda tales como la prensa escrita, la radio, la televisión, el cine, Internet, pero también el sistema educativo por medio de las escuelas, institutos y universidades, han desempeñado un papel fundamental para manipular al sujeto de cara a crear en él un estado de ánimo que facilite su aceptación del poder establecido. Así es como hizo su aparición la sociedad de masas en la que se ha impuesto como tendencia general una creciente homogenización de las opiniones, lo que ha servido para estandarizar una determinada percepción de la realidad entre los individuos y a sincronizar sus respectivas emociones conforme a los intereses del poder.[9]

El poder ha logrado dotarse de los correspondientes instrumentos en el plano comunicativo y formativo para adoctrinar y manipular, y en definitiva para crear unas condiciones subjetivas en la sociedad que generen la aceptación de sus actuaciones. Por medio de la propaganda el poder transforma la sociedad al crear las ideas, creencias, valores, opiniones, costumbres y tipo de relaciones que mejor se adaptan a sus necesidades e intereses, de manera que manipula a la sociedad para amoldarla a sus decisiones y garantizar su conformidad. A través de estos instrumentos el poder crea su propia legitimidad al insertar en la sociedad aquellas ideas y creencias que le favorecen, de forma que el sujeto es moldeado desde el exterior por las corrientes de opinión, las modas, las ideologías, etc., propias de una sociedad dirigida.

El poder requiere de aquella legitimidad que le provea del más amplio consentimiento social para evitar que su supervivencia recaiga única y exclusivamente en el uso de la fuerza. Por esta razón las estructuras de dominación cultural e ideológica, potenciadas y desarrolladas en grado superlativo por los avances tecnológicos que han originado la sociedad de masas, han permitido el desarrollo de la propaganda como forma de manipulación que tiene en las emociones sus principales instrumentos de sometimiento. Estas emociones primarias son, como ya se ha dicho, el amor, el odio y el miedo, las cuales operan en este orden como mecanismos previos de los que dispone el poder antes de recurrir a la violencia física cuando el consentimiento social ha desaparecido.

La naturaleza del poder es esencialmente egoísta al ser el mando su propio fin. Pero esto exige crear una disposición general a la obediencia que es el fundamento último del poder. El carácter parasitario del poder requiere ser contrarrestado por medio de una relación de cierta simbiosis con los dominados, de forma que no sólo se limita a explotarlos sino que también presta servicios y satisface las necesidades de la colectividad. Con ello el mantenimiento del poder queda vinculado a una conducta que beneficia a la mayoría de sus dominados para granjearse su afecto y, en última instancia, su obediencia. El poder se socializa al favorecer los intereses colectivos y al perseguir ciertos fines sociales, de forma que logra presentarse como un ente benévolo que cuida del bien común del que al mismo tiempo es su realizador. Aparece, entonces, como un gran protector de los dominados a los que garantiza seguridad y la satisfacción de sus necesidades. Esta tendencia se agudiza a medida que asume una cantidad creciente de prerrogativas y funciones, de manera que termina prestando una infinidad de servicios que lo hacen más necesario al incrementar la dependencia de sus súbditos. Así es como el poder se gana el amor de sus sometidos al prestarles inmensos e indispensables servicios, al presentarse como un gran servidor que atiende todas y cada una de las necesidades colectivas e individuales. De este modo el amor permite al poder no sólo granjearse la obediencia de sus súbditos sino también su disposición a sacrificarse voluntariamente. En lo que a esto respecta el amor no sólo crea el correspondiente consentimiento social al orden establecido, sino que también constituye un vínculo de obligación que facilita al poder conseguir que sus súbditos hagan lo que este desea.

Pero cuando el amor falla el poder se vale del odio para cohesionar a la sociedad contra un enemigo común. No sólo sirve para desviar la atención y reconducir cualquier posible malestar social en un sentido favorable para el poder, sino que desempeña un papel de gran importancia al establecer la distinción entre amigo y enemigo que es, a su vez, la distinción política específica a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos.[10] El odio permite identificar a un enemigo contra el cual se concentra la aversión colectiva, pues representa lo existencialmente extraño y distinto en un sentido intensivo al ser percibido como la negación de la identidad y existencia propias. De esta forma el odio adopta un carácter político al agrupar a los hombres y mujeres en amigos y enemigos, y es instrumentalizado por el poder para orientar y dirigir la conflictividad social según su propio interés. Asimismo, el odio es utilizado para una finalidad distinta a la de cohesionar a la sociedad como puede ser dividirla para mantenerla en un estado de permanente enfrentamiento dentro de los márgenes de una conflictividad controlada. Esta situación es la que impera en las sociedades del capitalismo avanzado donde las relaciones sociales se han deteriorado de forma alarmante, y donde esta desestructuración y debilidad social impiden oponer cualquier tipo de resistencia al poder.

Cuando el amor y el odio son insuficientes para manipular a la población y crear el correspondiente consentimiento social, el último recurso que queda antes de utilizar la violencia es el miedo. Existen dos tipos de miedo. Por un lado se encuentra el miedo al estigma social que puede generar un determinado tipo de opinión, comportamiento, opción política, religiosa, cultural, etc., que entra en contradicción con las prácticas y conductas imperantes que el poder constituido se encarga de mantener. Se trata de un miedo al rechazo y a la exclusión que significa dejar de ser, pensar y sentir como lo hacen los demás, y por tanto tomar una elección que significa escapar al dominio inconspicuo que ejercen los Otros que son quienes determinan el comportamiento y las posibilidades individuales del sujeto. Aquí es donde juegan un papel fundamental los discursos imperantes que, a través de la propaganda en los diferentes medios de comunicación y del sistema adoctrinador, sirven para transformar la sociedad al moldear sus costumbres, códigos de conducta, relaciones e ideas que articulan la visión del mundo que tiene el sujeto y que, en definitiva, dan forma al contexto en el que se mueve y que sirve de referencia para su desenvolvimiento. Este miedo a enfrentarse al Yo social, a los Otros, es lo que impide el desafío al orden establecido y mantiene al sujeto de forma indiferenciada en el contexto social al que pertenece.

Cuando el miedo al rechazo social no es suficiente para mantener el orden establecido existe la intimidación que supone el miedo al uso de la fuerza. Es el último recurso del que se vale el poder antes de utilizar la violencia. El aumento y presencia de los cuerpos represivos policiales y del ejército, junto al ensalzamiento del militarismo y la exhibición de las capacidades coercitivas del poder son utilizados para disuadir cualquier desafío al orden vigente. Además de esto la represión abierta hacia cualquier tipo de disidencia, unido a la propagación de los servicios secretos y sus confidentes, tienden a crear una atmósfera agobiante en la que la desconfianza y la paranoia incitan a la autorrepresión del propio sujeto por temor a padecer la violencia estatal. Este tipo de miedo entraña un grado de sufrimiento mayor que el daño físico debido al estrés y angustia permanente que provoca. El daño psicológico tiende a hacerse permanente al estar siempre latente la amenaza de padecer la violencia del Estado. Todo esto se ve agravado por crecientes medidas de control social que restringen la autonomía individual, de forma que todos o la mayor parte de los movimientos que realiza el sujeto son sometidos a una supervisión tanto secreta como abiertamente pública. Esto violenta el mundo interior del sujeto al obligarlo no sólo a cumplir con las prescripciones del poder sino sobre todo a guardar unas apariencias que eviten la más mínima sospecha, lo que finalmente le aboca a un exilio interior permanente. Se trata del dominio por medio del terror, lo que se inscribe dentro de una estrategia general de guerra psicológica contra la población con el fin de asegurar su obediencia. A través del terror se persigue anular todos los mecanismos de resistencia sociales, quebrar la voluntad colectiva y dinamitar la moral de la sociedad. Todo esto va unido a la desorientación e incertidumbre que el terror genera entre la población, lo que al mismo tiempo impide saber cuál sería la respuesta más adecuada para cambiar la situación a su favor. Estas circunstancias provocan un estado de ánimo de resignación que facilita la aceptación del orden establecido.

Si el miedo no es capaz de asegurar la obediencia el poder no duda en utilizar la violencia para forzar la voluntad de sus dominados. En estas circunstancias todo se reduce a una relación de fuerzas que sólo puede resolverse en un sentido o en otro a través de la vía armada. En este punto es cuando se establece una clara relación de amigo-enemigo entre dominados y dominadores. Esta relación marcada por el antagonismo sólo puede zanjarse por métodos violentos. De esta forma comprobamos que cuando las emociones dejan de ser funcionales para ser utilizadas contra la propia sociedad con el propósito de conseguir su consentimiento, la violencia es empleada de forma implacable para restaurar la obediencia perdida. Todo esto no deja de manifestar el carácter exclusivo y esencialmente egoísta del poder cuya única razón es la búsqueda y conservación del mando, por lo que cualquier oposición y resistencia no admite otra respuesta que el uso de métodos expeditivos para aplacarla.

Con información de: Esteban Vidal


[1] Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Madrid, Espasa, 2003, pp. 119-120

[2] Ibídem, p. 116

[3] Morgenthau, Hans J., “Poder politico” en Hoffmann, Stanley, Teorías contemporáneas sobre las Relaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 1972, p. 97

[4] Bobbio, Norberto, Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 120

[5] Vallès, Josep M., Ciencia Política. Una introducción, Barcelona, Ariel, 2004, pp. 40-41

[6] Para Weber existen cuatro fuentes de legitimidad del poder que son la tradición, la racionalidad, el carisma y el rendimiento. Weber, Max, El político y el científico, Madrid, Alianza, 1985

[7] Por su parte Bobbio hace referencia a tres fuentes de legitimidad que son la voluntad, la naturaleza y la historia que a su vez están compuestas de parejas antitéticas. Bobbio, Norberto, Op. Cit., N. 4, pp. 120-124

[8] Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011, pp. 72-73

[9] Virilio, Paul, Lo que viene, Madrid, Arena, 2005

[10] Schmitt, Carl, El concepto de lo político, Madrid, Alianza, 2005