En las escenas de películas estadounidenses, porque eso sólo pasa en las películas de ese país, cuando de manera imprevista se detiene el elevador entre pisos, ya sea por un sismo, incendio, guerra contra extraterrestres, fin del mundo o cosa semejante, uno, desde la comodidad de su asiento, sólo contempla el hecho como un relleno sin sentido en la trama central.
Hoy en la mañana, salí de mi cada saludando al señor colibrí, a la señora nube mañanera y a todos los vecinos que veía en mi camin al edificio central del INBA, lugar donde todo pasó. Ya antes había ido a ese edificio y tomadouno de sus elevadores al séptimo piso, donde se encuentra la persona a la que buscaba. Pero nadie imaginó lo que pasaría unos segundos después de cruzar la puerta de entrada, con toda la actitud triunfadora de quien sabe que no hay otra persona en kilómetros a la redonda con el mismo ¡increíble! par de zapatos, que encajan con la selección de prendas; ahora que lo pienso, era demasiado para Bellas Artes…
“Al séptimo piso” Yo en pose de Xochimilco Next Top Model le decía a la pareja que subió antes que yo y que sólo iba un par de pisos arriba de la planta baja. Todo parecía normal hasta que, de repente, la puerta del elevador comenzó a cerrar lenta, muy lenta, sospechosamente lenta. Los tres creímos que era parte del show de visitar un edificio de gobierno con todo lo que ello implica, ya sabes, sillas rotas, escritorios opacos, computadoras Lentium y claro, puertas de elevadores a las que el presupuesto no alcanzó a cubrir. Por cierto, la gente de mantenimiento merece un congreso como el que hubo hace unos días por el día internacional de la mujer, pero titulado tal vez “Las aportaciones de los de Intendencia al Siglo XXI”.
La puerta cerró por fin y, oh sorpresa, el elevdador nos jugó una pequeña bromita llevándonos dos pisos abajo de la planta baja y luego otro arriba del piso al que iban mis acompañantes antes de llegar a éste. Los tres reímos asintiento y aceptado que esas cosas pasan tanto en películas de Damián Alcázar, patrullas y edificios públicos… Mis acompañantes salieron y me desearon un buen día. La puerta nuevamente se cerró lento y cuando por fin lo logró, presioné el botón del piso 7 pero sólo avanzó unos cuantos metros hacia arriba. La catástrofe había comenzado. Parecía que no había llenado de forma correcta la solicitud de ascenso o que mi código postal estaba equivocado, que me faltaba una copia o que las fotos tamaño infantil estaban mal porque tenían retoque; no sé, esa frustración cuando llevas hasta la credencial de la leche por si las moscas a un trámite y quien te atiende sale con la graciosada de que algo te falló, te faltó o te sobró. Tú no te vas a poner a discutir con la Licenciada; sólo tomas aire, sonríes y asientes. Eso hice. Pensé que el elevador me había contado uno de esos chistes sin gracia como los de las inuguraciones de alguna exposición de arte contemporánero en cualquier museo. Me relajé, porque alguien sofisticado no hace un escándalo por quedar encerrado ¡solo! en un elevador, pendiendo del aire, así nomás.
Me enojé pero en seguida mi traviesa mente me recordó que no soporto viajar en combis porque me aterra la idea de viajar en un transpote público tan pequeño en las deplorables condiciones del vehículo, del operador y de los usuarios; claro que estaba yo solo y el elevador tenía un espejo enrome y una iluminación muy buena pero ¡estaba encerrado! Presioné el botón 7 con fuerza y nada, luego presioné los de los pisos más cercanos entre los que supuse que estaba por si el elevador no daba para subir tantos pero tal vez sí para uno pisito para arriba o uno para abajo. ¡Nada!
Pensé que me quedaría ahí tres meses, que me aventarían comida por arriba, que sería inquilino del edificio para siempre; no sé, pensé mil estupideces antes de presionar el botón con una campanita, ese que siempre quieres presionar para bromear un poco con la gente de seguridad de cualquier edificio. Me vi con la barba crecida estilo Marx, la ropa sucia de meses de encierro y esas cosas. Presioné por unos pocos segundos ese botón en espera de una pronta respuesta pero ni un alma… Lo hice de nuevo y alguien afuera dijo “pero quién se quedó encerrado…” Como diciendo “Ay, joven, ¿no revisó bien los requisitos?” ¡Uf! Ya hasta había escogido una esquina para dormir un poco si es que tardaban en abrir; después de todo, qué más se puede hacer en esas circunstancias, ¿leer? Lo siento, pero no podría hacerlo pues de alguna manera sería como uno de esos castigos que uno imagina en la primaria cuando algún profesor te dice “no sales hasta que termines la tarea o algo así”. Presioné el botón con insistencia y la alarma sonaba contundente las mil veces que lo hice hasta que una voz desde arriba del elevador me dijo: “¿ya se abrió”? Y yo: “no”. Comenzaba a tener esperanza porque la puerta se movía, no se abría, pero ya se movía. Ah, porque también intenté abrirla pero era obvio que no lo lograría. Ese había sido el máximo esfuerzo físico que hacía en años.
Por fin la puerta se abrió, me agaché un poco y brinqué hacia la libertad esperando que afuera del elevador ya estuvieran las cámaras de la BBC, reporteros flashes, paramédicos y ambulancias para atenderme por “crisis nerviosa” pero no fue así, cuando salí no había un alma en el piso más que la gente del elevador de enfrente que justamente cuando iba saliendo cerraba sus puertas. Los rostros risueños de esa gente los tengo grabados, porque más allá del susto, la burla es lo que duele. Salí, se fueron y la voz dijo de nuevo: “¿ya abrió? Y yo: “¡sí, gracias!”. No volví a escucharle; me habrá mentado la madre por quitarle su tiempo y yo esperando un poco antes de tomar otro elevador por si alguien llegaba a preguntarme si estaba bien, a ofrecerme un calmante o por lo menos un bolillito pal susto pero nada. El otro elevador llegó, su puerta cerró normalmente y llegué al piso donde se encontraba la mujer con la que tenía una cita. Y claro que no iba a platicarle el percanse porque con esa carita de burócrata que se carga, hasta el susto se me quitó.
Al final te ríes y hasta agradeces que te pasen cosas fuera de lo común, y si lo piensas, hasta te sientes privilegiado porque esas cosas excepcionales, crees, son un buen regalo del día que podrían ocurrirle a cualquiera pero que tú bien sabes, no es así.
Ni a la gente amargada pero más, el día no le juega bromas a la gente ordinaria.